viernes 27 de noviembre de 2009

El Hijo de Puta Cabrón: Capítulos 11 a 16


11
Las letras del A.D.I.O.S.

S
oñé todas las noches con el encuentro. Incluso me masturbé idealizándolo. Pero no aconteció como tantas veces había deseado. Fue diferente. Ninguna de las expectativas soñadas se cumplió. Tuve que aceptar aquel frío encuentro en la sala de visitas. Había soñado que accedería a un paseo por el jardín, y que caminaríamos separados pero cercanos. Iríamos hasta la fuente, y bajo el abeto más alto del parque podría leer mi texto a la espera de recibir un último beso suyo. Los dos con lágrimas en los ojos y nuestros labios juntándose de nuevo. Sin embargo, no accedió. Su “no” fue rotundo e insalvable. Se sentó en la misma mesa que yo, pero muy distante y sin una mínima mueca de simpatía. Había previsto esta actitud. Nunca soñado, pero sí la había barajado como posible. Arrojó un “hola, ¿qué tal?” con excesiva desgana, como si estuviera frente a un desconocido. Su gesto me irritó. No me gustaba su pose. “Si no quería verme, que no hubiera venido”, pensé enrabietado. No iba a soportar que aquella visita fuera mera lástima por mí. Creí que tenía todas las herramientas físicas y mentales para luchar contra lo peor.
Decidí ignorar su mal gesto y disfrutar de su presencia. Adoraba aquel rostro que había maltratado. La miré. Apenas una leve cicatriz en la ceja conmemoraba nuestra pelea. Sonreí y me introduje la mano en el bolsillo. Percibí el tacto del papel. Las palabras tronaron en mi cabeza. Había leído decenas de veces aquel texto y no había cambiado ni movido una sola palabra.
-¿Sigues con el tipo ese? –solté de pronto con el tacto de la hoja entre los dedos.
-Sergio, no he venido a esto –atajó con sobriedad.
-Lo sé –lamenté sin sacar un milímetro la hoja del bolsillo del pantalón.
-¿Qué querías darme, leerme...? –apresuró a preguntar, incómoda en aquella silla.
-Es un gilipollas –insistí obcecado-. Lo sabes.
La mesa blanca rectangular creció aún más. La distancia nos abofeteó. Estábamos abriendo un mar entre los dos. Ni estirando nuestras manos podríamos tocar nuestros dedos. Laura me miraba fijamente, con la cabeza ladeada, buscando un gesto; un movimiento; una palabra. Yo me la jugué. Mantuve la tensión, la quietud y escupí un órdago suicida.
-Nunca te tenía que haber puesto la mano encima. Aquellos puñetazos eran para él...
-¡Me voy! –interrumpió-. Adiós...
Su cuerpo se levantó. A la vista quedó por completo su vestido morado, el que tantas veces había quitado para ver y amar su cuerpo desnudo. Se puso de pie con tanta energía que sus pechos dieron un pequeño respingo. Los imaginé; saboreé y acaricié. Ni siquiera me lanzó una última mirada. Dio un giro y comenzó a andar hacia la salida. Yo no pude moverme, sólo contemplar su caminar.
A la izquierda observé a dos cuidadores. Fruncí el entrecejo y odié estar vigilado y encerrado. Seguramente, de no ser por la medicación hubiera estallado en cólera, golpeado la mesa con los dos puños, firmando en alto y con presencia mi autoridad. Y al segundo, hubiera corrido tras ella. “Sólo quería saber si estaba con él, el gilipollas ¿Por qué? ¡Por qué!” me gritó el cerebro lagrimoso. “Porque la muy zorra sigue follándose a ese hijo de puta” susurré en respuesta desde el corazón.
La situación era una cuenta atrás. Los movimientos que me restaban para evitar el ‘jaque mate’ se podían contar con los dedos de una mano. Llegaba el momento que jamás hubiera querido poner en escena. Tenía que utilizar mis últimas armas. Se escapaba y era mi última oportunidad. Si anhelaba luchar por una reconquista tenía que actuar ya. No habría más opciones si huía. Si desaparecía tras aquella puerta el adiós sería definitivo.
-¡Laura! –chillé.
Mi voz brotó amplia, grave, desesperada. De inmediato mi mano emergió veloz del pantalón. Deshice la hoja de papel que llevaba sujetando en todo momento, la posé sobre la mesa y la empujé. Se deslizó veinte centímetros, dio una vuelta de campana y aterrizó suavemente en el centro. Ella giró la cabeza y me miró a los ojos con lástima. Yo respondí con mis ojos llorosos. Emanaba tristeza pese a que traté de evitarlo. Y en esa conversación visual irrumpieron más jugadores en el terreno de juego.

La mano la sentí fuerte, pesada y caliente sobre mi hombro.
-Sergio, cálmese –dijo el cuidador en mi oreja.
-Vamos –me invitó otra voz desde la izquierda.
Los dos buscaron apresarme por los codos y lo lograron. Laura seguía de pie al fondo, mirándome, pero con el cuerpo dirigiéndose hacia la salida.
Sentí pánico. Por un momento me creí perdedor; cobarde. No quería tener que recurrir a mi último cartucho. No me veía con valentía. Sin embargo, todo apuntaba a que era mi única posibilidad en aquel instante. Me iba a ganar una verdadera fama de loco, pero no podía dejarla escapar y ver que mi texto moría sobre la mesa, en soledad, y sin su dueña.
Los dos cuidadores consiguieron girar mi cuerpo y empujarme hacia la dirección opuesta. Sufrí un nuevo pero pequeño empujón. Luego me vi arrastrado con la punta de mis pies rozando el suelo. Alcancé a mirar atrás. Laura ni siquiera iba a molestarse en ir a por el papel. “Quizá no lo había visto”, me engañé. En ese instante avisté la lástima que desprendían sus ojos. Laura bajó la mirada, giró la cabeza y sus pupilas desaparecieron. Entonces, el botón rojo que da pánico presionar se hundió hasta el fondo. No pensé. Aún hoy recuerdo todo como un sueño.

Antes de actuar pude saborear muchos sentimientos. Uno de ellos dormía en mi estómago, donde tenía cinco puñaladas aún vivas. Me herían. Era ese posible adiós definitivo. Cinco puñaladas, una por cada letra, las últimas que me había susurrado, mirándome a la cara mientras yo aún podía respirar su aroma. Se alejaba y me moría viendo cada uno de los pasos que la alejaban de mí. Abandonado, dolorido, inmóvil, odiándola, solitario. Repitiéndome estas palabras, estallé.
-¡Laura! ¡Espera! –aullé con la mandíbula desencajada.
Unos segundos antes había relajado todos los músculos de mi cuerpo. Me había dejado llevar sin tensión, lo que facilitó la relajación de los cuidadores. Tiré de mis brazos hacia atrás, me desaté, giré mi cuerpo y entonces grité su nombre. El silencio y la perplejidad se adueñaron de la sala. Los dos trabajadores reaccionaron, pero entonces yo puse sobre el tapete mi estrategia; toda la carne en el asador. No había vuelta atrás. Había conseguido desenfundar un pequeño cuchillo de mantequilla con una minúscula sierra. Carlos iba a matarme en cuanto me lo confiscaran, pero ¿Qué narices hacía él con un cuchillo en el armario? Haber encontrado aquella alternativa sustituía con creces a tener que utilizar uno de los alambres del somier.
Sobre mí tenía hasta quince miradas distintas. Todas acechándome. Trabajadores del centro, pacientes y visitantes. Y entre todas ellas faltaba la que yo quería.
-¡Laura! –volví a gritar, esta vez desgañitándome la laringe.
La última ‘a’ voló durante segundos por todo el centro. Di cinco pasos corriendo y cogí el papel de la mesa.
-¡Sergio! ¡Quieto, por favor! –oí.
Todo había sido instintivo. Todo aquello lo había considerado muy pocas veces porque no quería plasmarlo en la realidad. Si bien, ahora estaba atrapado por mis hechos y debía avanzar hasta el final. Nunca creí que Laura llegaría a desaparecer.
-No hagas nada –dijo otra voz más sosegada-. Tranquilo, por favor.
Tenía el cuchillo en mi cuello. Toda la sierra se hundía sobre mi piel. Mis ojos continuaban vidriosos, rojizos. Los nervios, pese a la medicación, se me habían disparado. El metal bailaba aceleradamente en mi yugular como una ola.
-Buscar a Laura –supliqué atropellado-. Decirle que venga y no haré nada.
-¿Quién? –preguntó la última voz.
No hizo falta que me explicara. Marta, una de las chicas de administración, la que más cariño me había ofrecido desde que llegué, salió veloz en su búsqueda. Verla correr despertó en mí una leve mueca de felicidad y calma. Poco a poco la tensión se esfumaba. Mi brazo dejó de hundirse en mi cuello. Fueron cinco segundos tan sólo, porque cuando vigilé a mi espalda y vi que me acechaba una bata blanca, me volvió a conquistar la rigidez.
-¡Marchaos! –amenacé dando un salto atrás.
-Tranquilo, Sergio –dijo enseñándome las palmas de sus manos.
-¡Qué todos se coloquen pegados a las paredes y ventanas! –ordené mientras giraba sobre mí-. No quiero que las de la limpieza tengan hoy un trabajo extra.
Mi socarronería me resultó extraña y absurda, pero tras haberla pronunciado me había oprimido más si cabe. Sentí que el cuchillo vencía mi piel, y una lágrima roja comenzó a hormiguear por mi cuello. No me asusté. Yo no la veía. Aunque sí percibí varias miradas de asombro. Como una gota de sudor, ésta recorrió mi garganta y se perdió en mi pecho. No la quise limpiar. La dejé descender. Y quizá, esa sangre fue la que cambió de verdad la escena. Las veinte personas que tenía como testigos se pegaban ya a las principales paredes de la sala a la espera del espectáculo final. Sin duda, el ‘adiós’ definitivo, pero como yo quería. Estaba tan concentrado, que hacía rato que no lograba escuchar las palabras y frases que llegaban desde el entorno. Sólo me había centrado en vigilar y mantener la distancia.
Su presencia por sorpresa me sobresaltó. Retomé la llorera nada más verla. Los nervios la habían secado, pero de nuevo, al ver su cara, resucitó. Observé su mirada, sus labios, su frente, su nariz. Ella ofrecía un gesto complicado con una mezcla de pánico y preocupación. No pude moverme. Únicamente pregunté suavemente.
-¿Lo leerás?
Su cuerpo de pie era hermoso. Ella estaba a escasos centímetros de Marta, reluciente, guapísima.
-Lo voy a leer –respondió.
No había terminado de decir aquellas palabras cuando mi brazo libre ya se había levantado hasta alcanzar una posición horizontal. El texto quedó suspendido apuntando hacia ella. Laura dio dos pasos y se separó de Marta, quien no hizo nada por evitar nuestra unión. Estiré más mi brazo. Laura continuó avanzando. Nos mirábamos. Yo pretendí ofrecerle mis ojos más sinceros, tristes, pero sinceros. Volví a mirar a alrededor, a los espectadores. Apenas se habían movido un paso. Laura llegó hasta mí, pero mantuvo en todo momento una distancia prudencial. Avanzaba temblorosa. Estiró su brazo y sin siquiera tocarme los dedos, tiró del papel con firmeza. Yo no me resistí y ella lo atrapó.


No lo abrió allí. Antes se retiró. Concretamente dio tres pasos atrás, y sin perderme de vista. Cuando estuvo segura de su seguridad desdobló la hoja. El absurdo cuchillo seguía en mi cuello, pero de nuevo más relajado. Sonreí un instante y mantuve esa mueca feliz. Volví a vigilar dando un giro sobre mí mismo. El brote de felicidad golpeaba cada vez más fuerte en mi organismo. No sabía por dónde ni por qué llegaba, pero me inundaba. Reí por un impulso, y recordé el día que Laura y yo fumamos marihuana por primera vez. Fue en Ámsterdam. Los dos no podíamos parar de reír inmersos en aquella cortina de humo.
Mis labios continuaron creciendo y arqueándose hacia el cielo. Mi mirada se abrió. Se secó. Miré a Laura intensamente, que con la hoja extendida comenzó a leer.
-En voz alta, por favor –pedí.
Su voz sonó seca, dulce y nerviosa. Oírla me hizo olvidar todo.

Tengo tiempo de encontrar tu mirada. Quiero ver y dibujarte cada mañana al despertar. Tu cuerpo está desnudo y mi piel se excita en cada uno de los miles de poros que respiran en mí. Tu aroma es gris, pero el colorido de tus besos son un manjar para mí. Quiéreme, aunque sea sólo un instante, y yo beberé cada resquicio que me ofrezcas. La noche contigo es un segundo en el cielo. Una caricia es un orgasmo. No hay vida si paseas conmigo. Un trozo de nube se convierte en nuestro hogar. Estoy loco. Quizá por ti. Seguro por mí. Repito tus besos en todos mis sueños, y si no los sueño, me duermo hasta recogerlos, aún vivos. Es esa la droga que me da la vida. A la que soy adicto desde que te vi. La primera vez que pude saborear el tacto de tu piel... Aún tengo en mi brazo el recorrido de tus dedos, y si me miro, me excita saber que volverás a mí. Pero todo son sueños. Sueños de una tarde de primavera bajo un manto de polen. Allí en ese parque estoy cada tarde. Allí, vivo un beso tuyo y trato de recordar si fue verdad. Sueño que es verdad, pero cuando la noche invade el parque y me regala la soledad, lloro. No estás. Tal vez nunca estuviste. Sin embargo, tengo la fortuna de imaginar, de cerrar los ojos e imaginar los tuyos, mirándome. Tus labios. Y recuerdo que te desnudo, que te acaricio, que tus dedos me excitan, me besas. Y al querer hacerte el amor, siempre despierto abrazado fuertemente por la locura.
 

12
La soledad

V
idriosa. Recordaría esa mirada aún en mi lecho de muerte. La había visto besarme, regalarme sentimientos, abrazarme con fuerza, pero sobre todo, decirme “te quiero”. Musitármelo al oído mientras me besaba detrás del lóbulo descendiendo con suma suavidad hasta mi cuello. Vi que su mirada daba un paso hacia mí. Sonrió. Incluso corrió, saltó sobre mi cintura y la cogí como tantas veces la había cogido; con sus piernas abrazando mi cadera, sus brazos rodeando mi cuello y los dos abrazados fuertemente para terminar besándonos. Oí aplausos, oí algún grito y oí risas. Era el paraíso y nadie había decidido terminar con mi vida.
Toda aquella realidad voló cuando el peso de la alegría desapareció para dejar paso al lastre de la tristeza. Mi pecho se ahogó, y entonces no me quedó más remedio que despertar. Supe que el único peso que tenía encima era el de dos cuidadores que se habían aprovechado de mi abstracción en la inopia para atacar. Me retorcían los brazos y me pedían tranquilidad; que me calmara. Traté de levantar la cabeza, pero mi mejilla estaba presionada contra el frío suelo de los azulejos. Giré los ojos todo lo que pude y alcancé a ver sus zapatos, luego sus piernas y finalmente llegué a su cara. De pronto, me pusieron de pie. Yo era un muñeco muerto, sin fuerzas. La única firmeza que mantenía se veía en mis ojos, que no perdían de vista a Laura. Sin embargo, el gesto que había idealizado anteriormente no lo veía por ninguna parte. Había muerto. Divisé una lágrima seca en su mejilla derecha. Aún sostenía la hoja entre sus finos dedos, los que tantas veces había podido coger, acariciar sin darme cuenta que los acariciaba. Porque aquellos dedos habían podido vivir entre los míos sin necesidad de pedirlo. Era algo rutinario; un simple gesto que tantas veces había plasmado por inercia y pocas veces me había parado a saborear. En aquel instante, tener sus dedos conmigo era un deseo imposible de cumplir.

No tuve fuerzas de decirle todas las palabras que atropellaban a mi cerebro. Ideas, frases, súplicas, preguntas; verdades que durante segundos llegaban con rabia al corazón. Cada segundo más lejos en el terreno físico. En el sentimental un abismo devoraba lo que tanto nos había unido.
Lloraba. Lo hacía constantemente sin poder evitarlo. Me ahogaba y me alejaba. Entraba sin remedio en un estado de tristeza abocado a la soledad. No lo he vuelto a sentir en lo que llevo de vida. A punto de abandonar la sala de visitas, taladrado por la voz sosegada de ya un solo empleado que me sujetaba por la espalda, escuché dentro de mí la necesidad de saber. Por alguna maldita razón Laura continuaba allí, de pie, mirando la nota, releyendo y viendo que me alejaba sin poder o querer hacer nada. Debía saber el porqué. “¿Aún me quería? ¿Le había conmovido mi nota? ¿Quería darme una oportunidad? ¿Iban a cambiar algo mis letras?”.
Necesitaba oír de su propia voz una opinión; un pensamiento; un sentimiento. Al menos una palabra, aunque fuera vacía. Un suspiro al menos. Lo tenía que pedir. Lo podía pedir. Mi boca; mi voz, aunque acongojada y seca por haber oído (disfrutado) en ella mis palabras, seguía viva y libre. Nada me impedía hablar. Únicamente el tiempo corría en mi contra. Las voces de los presentes cuchicheaban y yo debía elegir la frase correcta. Tal vez sólo podría pronunciar una. Pensé velozmente infinidad de propuestas. Estuve a punto de preguntar de manera directa, “¿Me quieres?” O exclamar sin miedo, “¡Te quiero!”. Sin embargo, aquello no era una fantasía ni un cuento con final feliz obligado. La realidad me abofeteó en los labios, me los partió, sangré e incrementé mi llorera intensa. El odio me arrancó el corazón y chilló.
-¡Laura! ¡No! –Respiré acelerado durante tres segundos pestañeando una y otra vez-. ¡Zorra! ¡Eres una puta zorra!


Nunca supe si fue premeditado, pero aquel gesto resultó claro y evidente. Había un adiós con todas las letras mayúsculas. Me sentí como una res a la que queman a fuego. Su acción me quedó sellada en el corazón. Además, el gesto vino acompañado por los ingredientes perfectos para cocinar una sabrosa venganza. La mirada de pena o lástima se convirtió en odio. Sonrió y me enseñó los dientes con clara evidencia de rabia y venganza. Finalmente, marcó con claridad el inicio, el nudo y desenlace del acto. Del amor al odio dicen que hay un paso. Allí sólo hubo un gesto. Y quizá es la misma distancia que separa a la compañía de la soledad. Observado por más de veinte personas, amarrado por un cuidador y frente a la persona que creía el amor de mi vida, me sentía más solo que nunca. Sentí que un abismo negro me engullía. No obstante, desde la oscuridad podía ver con nitidez aquella agria escena. Desde la lejanía remota, mis ojos lograron aproximarse como si hicieran un ‘zoom’. Me sentí pegado a ella cuando sus dedos índice y pulgar izquierdos cogieron la hoja por la parte superior de mi texto. Lo vi con un enfoque perfecto cuando la mano derecha hizo el mismo gesto.  Después me buscó la mirada, la encontró y mordió. Preso, sin poder retirar los ojos de los suyos, ella sonrió y disfrutó. Acto seguido rompió en dos mi corazón de papel. De arriba abajo y con suma lentitud, saboreando la acción, mimando el crujido que desprendía la hoja al romperse y quemando la herida que se perpetraba en mí. Cuando terminó sonrió más, puso los dos trozos juntos, uno encima del otro, en horizontal, y repitió la acción con el mismo desprecio. Fue entonces cuando mi voz explosionó, mis brazos pelearon sin victoria, mis piernas patalearon de odio y mi voz volvió a chillar sin tener en cuenta a la razón. No sé qué ocurrió después. La nitidez se nubló y toda mi vitalidad se desplomó. Mis párpados comenzaron a derrumbarse y a ser excesivamente pesados. Jadeante, sólo alcancé a ver que la puta de Laura escupía sobre unos pequeños trozos de papel, los pisaba y salía huyendo con mucha prisa. La soledad me devoró.


Tardé semanas en recobrar el habla. No tenía nada que decir. Y articular una sola palabra me asustaba tanto, que sólo intentar pronunciarla me secaba el paladar. Era como si lloviera arena del desierto en mi lengua.
La cama de aquella habitación se había convertido en el escenario de mi vida. Cientos de fantasías sin sentido caminaban por mi mente. Las adoraba retener, pero huían cuando despertaba. En esos sueños siempre tenía compañía, miradas y gestos para mí, e incluso el tacto de otra piel viva. Nacían cuando recordaba las palabras que un día escribí para ella y que aún tenía intactas en mi memoria. En cambio, mi realidad sólo tenía el paseo vacío de mi compañero de habitación. Sin “hola”, y menos aún una mirada.
Estuve más de cinco semanas en aquella cama sin salir de la habitación por voluntad propia. Necesitaba un castigo y me lo impuse. Mis únicas salidas y paseos eran obligados: charlas, medicación y actividades que realizaba sin entusiasmo. Viví aquellas semanas de mi vida sin luz. La noche había tomado todo el entorno que me rodeaba. Ni siquiera cuando Carlos llegaba y subía la persiana hasta el techo y la luz natural de la calle entraba por los amplios ventanales e invadía la habitación me sentía con vida. Más de una noche me creí literalmente muerto.

Nunca supe qué fue ni quise saberlo. Quería que pasara el tiempo. Sabía que la medicación me empequeñecía. Seguro que también ayudó la soledad, el desamor, el silencio y mi cerebro. Todos tuvieron libertad y fuerza para hundirme psicológicamente. Lo que sí sé es por qué salí poco a poco de aquel maloliente pozo negro. Una razón estuvo en los colores de ciertas pastillas. La otra radicó en que Carlos decidió hablarme.
Aquel chico fuerte y alto se sentó a mi lado, sonrió con la boca abierta y relajada, y me miró con los ojos agudamente vidriosos y entrecerrados. En la cama, yo anotaba decenas de palabras que surgían de miles de pensamientos inconexos; vivencias. Sostenía el cuaderno que había dado vida al texto que escribí para ella. Entre tanto, él me analizaba divertido. Podía oler su aroma a sudor seco, pero no le miré pese a la sorpresa de su presencia. Incluso tuve miedo. Era la primera vez que me sentía tan débil y cobarde.
-¿Cuándo vas a preparar tu próximo espectáculo en el centro, loco? –Preguntó socarrón con voz pastosa.
No pude por menos que alzar la mirada y enfrentarme a sus ojos. Estaba mucho más cerca de lo que intuía. Me asusté. Podía ver los poros de su piel. Descubrí que ofrecía un inusual rostro afeitado, pero el mismo pelo rapado sobre su mirada abierta y jovial.
-Aquí es mejor que te relaciones si quieres salir pronto –continuó-. Quieres, ¿no?
Afirmé sin poder decir un absurdo sí. Hubo un corto silencio.
-Yo nunca me he enamorado, loco –prosiguió relajado y recolocando su posición en la cama-, así que no sé si lo que hiciste fue locura o amor. Sí sé que me debes una. Me ha costado demasiado recuperar el cuchillo.
Carlos se apoyó casi en la pared, en perpendicular a mi posición. Introdujo una mano en el bolsillo y sacó el mismo cuchillo que yo había pegado a mi cuello durante largos minutos. Sentí un escalofrío y escondí la cabeza. Me lo mostró sin que pudiera evitar ignorarlo. Sonrió y se introdujo la otra mano en el bolsillo contrario de sus pantalones anchos. De pronto me di cuenta que vigilaba sus movimientos de manera intermitente, nervioso y desconfiado. Quería seguir escribiendo mis pensamientos, pero me era imposible. No me llegaba una sola palabra, por lo que abandoné el cuaderno bajo la almohada.
-¿Fumas? –preguntó.
Negué y al segundo observé. En su mano tenía un pequeño cogollo de marihuana. Lo machacaba sobre la palma de su mano y con el cuchillito lo despellejaba.
-Me he enganchado a esto, loco –confesó-. No lo saben...

Hacía demasiado tiempo que no tenía contacto con las drogas de la calle. “Una cerveza...”, pensé. Demasiado tiempo. Y no había reservado un segundo de mis días en echar de menos a esa bebida que tanto adoraba antes. Tampoco pensaba en mis amigos. Únicamente recordaba a mis padres, que después del ‘espectáculo’ habían decidido visitarme una o dos veces por semana. Mi madre hablaba durante media hora conmigo mientras yo escuchaba. Mi padre esperaba en el coche.

Cuando sus dedos machacaron la hierba en el tabaco me llegó el de sobra conocido aroma; “increíblemente fantástico”, me dije. Carlos extrajo una boquilla y papel de liar, y cuando nuestras miradas volvieron a juntarse, él ya tenía el cigarrillo entre los labios.
-Me han dicho que la chica tenía un polvazo... ¿Erais novios desde hace mucho?
La palabra ‘polvazo’ me removió en la cama. Cambié mi posición, levanté la cabeza y amenacé dejando atrás mi rostro neutro. Recogí las piernas y traté de asegurarle que no era el camino. Sin embargo, él no me miró.
-Yo nunca he tenido novia. –Cogió el mechero, encendió, aspiró y fumó- Debe de ser maravilloso...
Afirmé sonriendo.
-Follar cuando quieras –reflexionó sonriente al tiempo que daba otra calada al porro-, follar como quieras...
Me puso un gesto picarón, rió y volvió a darle otra calada. En ese momento me miraba con intriga. Fumaba, se tocaba la cabeza rapada con la mano libre y volvía a mirarme en busca de algo. Finalmente se lanzó.
-Loco, ¿cómo es tocar una teta?
Por primera vez en mucho tiempo sonreí. Quizá fue el tono de sus palabras. Me resultó gracioso. Su gesto y sinceridad. “¿Cuántos años tendrá?”, pensé.
-¿Quieres? –invitó colocándome el cigarrillo casi entre los dedos.
Fue un impulso. Tal vez ayudó el delicioso aroma que ya embriagaba el cuarto y flotaba libremente en la habitación. Dos segundos después, tenía el calor de la boquilla en mis labios, y el aroma y el humo en mi paladar y pulmones. Tragué todo el humo que pude y lo expulsé suavemente, disfrutando del instante. Resucité.

-No me quiero morir sin tocar una –perseveró mientras con su mano derecha imaginaba tocarla en el aire-. A veces lo sueño y me empalmo, ¿tú no? Y suelo correrme... No quiero despertar del sueño, pero lo hago y me veo en la cama, empapado ahí abajo. Siempre solo.
Me miró esperando algún comentario, pero me mantuve en silencio con el porro entre los labios. Estiró la mano y se lo di. Sonreí. La marihuana era buena. Me levanté, fui a por un vaso de agua. Lo bebí de un tragó y volví a sentarme.
-Loco, ¿tú cuántas tetas has tocado?
No pude evitarlo. Ni siquiera estaba acomodado en la cama y dentro de mí estalló una carcajada. Él me acompañó y lo agradecí. Fueron segundos felices. Cuando los dos estuvimos de nuevo en silencio, el porro descansaba de nuevo entre mis dedos. -A mí me gustan las tetas grandes y redondas –continuó-. ¿Has tocado muchas de esas?
Ahora sí me clavaba la mirada. Muy serio. Yo sólo podía sonreír, aunque algo me volvía intranquilo por momentos.
-¿Cómo eran las tetas de tu chica?
Las vi antes de que hubiera terminado la última palabra. Por instinto, sin pensar, respondí mi primera palabra en semanas.
-Preciosas. –Al instante suspiré.

Decidió hablar unos minutos más de tetas. Imaginó todas las tetas, en ocasiones con mi ayuda. Le conté alguna experiencia brevemente, inventé alguna otra y los dos reímos hasta que el dolor de nuestras tripas nos hizo parar. Entonces él decidió dar un paso más. Era sin duda lo que le había traído hasta mi cama. La pregunta llegó después de largos segundos de silencio.
-¿A ti te han tocado mucho la polla?
-Lo suficiente... –Mentí, sabiendo que nunca era suficiente.
-Debe de ser maravilloso que alguien te haga una paja...
Su mirada entonces me aterró y supe que me estaba pidiendo un favor. Tragué saliva y comencé a buscar la manera de salir de allí.
13
Cruzar la raya

M
e sentí preso. A oscuras. En tinieblas. Congelado. Sólo una leve luz entraba cortada por una escueta ventana. El haz de luz llegaba justo hasta la punta de mis pies, en tiras, construidas por los barrotes que cubrían parte del espacio de la pequeña abertura cuadrangular que se vislumbraba en lo alto de la pared. Cuatro paredes. Las cuatro completamente lisas. Eran grises como el cemento. La cárcel estaba vacía, sin un solo mueble. Ni una cama. Tampoco una silla. Atrás, a mi izquierda, divisé de reojo una puerta metálica de color verde, de tal grosor, que abrirla sin la llave precisa se me antojaba imposible. Permanecía quieto, sentado, con las piernas recogidas, las rodillas bajo mi frente y los brazos cruzados. Estaba desnudo. El frío me ahogaba. Y lloraba o había llorado. No sabía cómo había llegado allí, y tampoco cómo iba a abandonar. El silencio me aterraba. Ni siquiera oía correr el aire. La brisa debía de atravesar la ventana, pero no podía sentirla. Traté de percibir el silencio hasta el límite extremo. “¿Cómo era escuchar ese silencio? Espantoso”, pensé. Afiné mis oídos. Escuché con mayor precisión, cerrando los ojos con fuerza, sin embargo, poco a poco el silencio desapareció. Logré oír. Nunca creo que hubiera podido oír ese vaivén en cualquier otro escenario del planeta, pero en el mío sí. Era un hilo de aire que nacía a escasos metros de mí. Volaba hasta introducirse en sus pulmones y regresaba hasta mí, suave como una pluma, queriendo acariciarme. Era constante, tranquilo y relajante. No obstante, su presencia me estremecía. ¿Quién o qué lo causaba?

De pronto, sin mirarle pude ver con claridad su posición. Su gesto, su cuerpo desnudo como el mío. Por alguna razón, poco a poco, el frío fue desapareciendo de aquella gélida sala. La temperatura apresaba mi organismo; mi piel, que se suavizaba por segundos. Mi respiración comenzó a azorarse. Aceleró un poco más. La suya se mantuvo en esa calma dominante.
Un nuevo sonido llegó nítido a mis oídos cuando mi pene comenzó, por alguna extraña explicación, a enderezarse. Entre mis piernas trataba de asomar. La planta de uno de sus pies se alzó levemente. Sentí cómo su piel se despegaba del suelo con suavidad, y una vez en el aire volvía a caer; más cerca. El golpe fue seco, pero en absoluto brusco. El sonido y el movimiento se repitió. El calor creció y la respiración continuó zumbando en el ambiente. La mía atropellada. La suya sosegada.
Su aliento sobrevolaba tan cerca de mi cabeza que ya no me quedaba duda de quién era la persona allí presente. Mi erección creció y el glande asomó. Era el único movimiento de mi cuerpo junto al de mi pecho, provocado por mi respiración. Apreté los párpados creyendo que así iba a desaparecer, pero sólo conseguí que su piel desnuda se fotografiara con mayor nitidez en mi mente. Perfecta en aquel fotograma. Estaba de pie. Yo reconocía cada poro de su piel. Una piel limpia, con escaso pelo corporal y sin apenas lunares ni granos. Tampoco cicatrices. Un ombligo perfecto. Un cuerpo curvado pero al mismo tiempo sexual. “Excitante”, pensé. Descendí la mirada y visualicé su vello púbico recortado pero rizado. Era en el único punto donde nacía una leve oscuridad; en sus genitales colgados y adultos.

Oí otro golpe seco y desnudo sobre el suelo. En esta ocasión la vibración del golpe llegó a mis nalgas. Mi excitación continuaba presente por mucho que intenté eliminarla. Respiré profundamente. Le olí. Era su sudor seco ahogándome. El acelerado latir de mi corazón resonaba como un tambor en aquella cárcel vacía, con eco incluido. Y de pronto, cuando parecía que esa bomba estallaría dejando mi cuerpo en migajas, sus dedos me quemaron en el hombro izquierdo. Me asusté. Abrí los ojos sin que lo ordenara mi cerebro y contemplé su pie completamente desnudo, bajo mi pene erecto. La sangre me hinchaba las venas. Levanté la cabeza y entonces descubrí la realidad de su cuerpo. No muy distinto de lo que imaginé. Solamente cambiaba su erección, casi idéntica a la mía, con su glande asomando a la altura de mis ojos. Miré sus ojos y todo el vello de mi piel se erizó. Nuestra excitación creció y la voz sonó dulce y convincente.
-¿Follamos?


Estaba húmedo. Abrí los ojos y vi el techo oscuro. Estaba sobre la cama. Sudaba. Mi entrepierna mostraba una mancha humedecida bajo el pijama. El aroma del cuarto aún olía a marihuana. Respiré con fuerza, relajándome y tratando de recolocarme. Quería regresar de aquel sueño de inmediato, no obstante, éste me había atrapado tanto, que mi cerebro volvía a gatas, torpe y muy despacito. Me revolví entre las sábanas. Sentí la incomodidad bajo los calzoncillos Miré a la izquierda. Carlos dormía. Como un bebé. Sonreí y recordé la tarde que habíamos vivido, por primera vez, juntos. Era un bebé atrapado en un cuerpo de adulto con necesidades de adulto. Ahora, dormido, parecía tan distinto; relajado. Nunca le había observado en ese estado somnoliento. Tampoco le había visto en el extremo de aquella tarde; íntimo y humano.
Continué mirándole, sin saber la razón, con media sonrisa. Se me hacía muy diferente. No era el chico desnudo que había invadido mis sueños en la cárcel solitaria. Mismo rostro, quizá idéntico cuerpo, e incluso aroma, pero distinto. Más real, tal vez.
Había tenido un día extraño. Aún las imágenes me golpeaban sin que yo pudiera evitarlo. De vivir de la nada a tener que sumergirme en una tarde repleta de nuevas y demasiadas emociones. Entendía que mi mente hubiera decidido regalarme aquel sueño. Lo que no comprendía, o no quería comprender, era que mi cuerpo hubiera disfrutado con aquel sueño. Volví a removerme dentro de las sábanas. Levanté la goma del pijama, observé y decidí cambiarme.
Bebí agua en un vaso de plástico en cuanto estuve con ropa limpia. De pie, en calzoncillos, sonriente, apoyado junto a la ventana y mirando sin disimular al grandullón. “¿Por qué me hacía feliz?”, susurré en voz alta. “¿Tendría algo dentro de mí que él me ayudaría a expulsar?”, musité. Reí y terminé el agua de un solo trago. Necesitaba un trago. Necesitaba una buena copa de ron, con apenas un hielo y en un vaso de cristal. Sentarme, utilizar mis dedos desnudos para jugar con el borde del cristal, acercarme el vaso a la nariz para oler suavemente el aroma dominicano, arrimármelo a los labios y saborear el principio del licor entrando poco a poco. Sintiendo con cada sorbo el dominio de los efectos del alcohol. Entonces, los verdaderos sentimientos e impulsos aflorarían. Hacerlo podría una manifestación de las verdades que ahora, sobrio, era incapaz de expulsar. No quería oírmelas decir, y sin embargo, tenía una necesidad extrema de hacérmelas sentir. Pero allí era imposible conseguir una sola gota del alcohol. Me arranqué el pensamiento de la cabeza y volví a ver el vaso de plástico vacío.
“¿Estaría desnudo bajo las sábanas?”, pensé.
Volví a beber un vaso de agua sin abandonar en ningún momento aquella sonrisa estúpida. Sentí un cosquilleo en el estómago que descendió y removió mi pene, justo cuando me imaginé retirando levemente las sábanas y dejando a la vista su torso ¿desnudo?, su mano derecha, la que me había acariciado los dedos horas antes, estaba a la vista. “¿Me excitaba su cuerpo desnudo? ¿Por qué?”, rumié mientras mordisqueaba el borde del vaso. Mis dientes habían dejado ya su huella, pero insistían. Traté de recordar a Laura desnuda, pero la mente, caprichosa aquella noche, me lanzaba una y otra vez a una escena más reciente.


Nunca pude imaginar que los dos llegaríamos a estar así. Descubrí una mirada violenta, disfruté de unas pupilas electrizadas y bebí el relax con el que me abandonó.
Cuando la punta de su cuchillo me pinchó la nariz con aire juguetón, la idea de huir desapareció de mi mente.
-Tienes que masturbarme... –Susurró pinchando tres veces en la punta de mi nariz e indicándome con la mirada la situación exacta de sus genitales.
-No puedo... –Mentí.
-Sí, puedes y me lo debes –respondió-. ¿Te ayudo, loco? Piensa que nadie me ha tocado aún. Hoy necesito saber cómo es que me toquen.
Me pareció ver una lágrima en uno de sus ojos. O la inventé. Mis manos comenzaron a sudar. Las yemas de mis dedos comenzaron a frotarse en mis palmas constantemente. Mi cerebro se rindió y no encontró excusa. Y cuando embriagado por la marihuana empecé a buscar la puerta de salida, Carlos atrapó mi mano con excesiva ternura y la llevó a su entrepierna. No sé si drogado o por voluntad propia. Aún no he querido darme una respuesta. “¿Para qué?” La verdad es que no opuse resistencia. No tenía fuerzas, y por alguna razón desperté a mi curiosidad.

Fui yo el que bajé aquella cremallera y desabotoné el botón del pantalón. Usaba calzoncillos ‘slips’, blancos; de algodón. Los levante con suavidad y encontré su pene, insólitamente flácido todavía. Incluso el mío se mostraba más rígido en aquella situación. Miré a Carlos buscando una pista para continuar, pero él ya miraba al techo dejándose hacer. Se había acomodado, colocando su cuerpo casi tumbado por completo.
“¿Me creía un experto?”, cavilé cuando estaba a punto de apresarle.


Mis dedos se aferraron a la base, junto a los testículos. Sólo con el tacto de mis dedos ya tembló. Sin pausa, inicié un leve movimiento hacia arriba y abajo, con una suavidad y timidez excesiva. Su piel, arrugada, comenzó a estirarse muy despacio. Era como si aquello, por primera vez ajeno a mí, tuviera vida. Me gustaba aquella situación. Empecé a descubrir en varias ocasiones su glande, pero nunca lo vi. Únicamente sentí que la piel, retirada hacia atrás lo desarropaba y él exprimía mayor rigidez. Mis manos pidieron oprimir más, justo al tiempo que mi vaivén se aceleraba y su sangre ganaba terreno allí abajo. Latía y yo me dejaba llevar por su respiración. No creo que aún hubiera alcanzado su plenitud eréctil, pero yo decidí acelerar. Él me dejó unos segundos, pero de pronto me detuvo. Cogió mi mano con su mano y marcó un ritmo más suave, casi a cámara lenta. Placentero para ambos. Sus dedos abrazaron mis dedos mientras mis dedos abrazaban su pene. Los dos con una misma cadencia; unidos; cosidos. Subiendo al cielo, bajando al infierno, a la espera del gran final. Cada ascensión, cada descenso, martilleaba en mí provocando un cosquilleo delicioso. Sin duda, la sensación era en ambos. La tensión de su cuerpo aparecía y desaparecía al ritmo del contoneo, al compás que proponían nuestras manos. Sus dedos libres apretaban con fuerza mis sábanas. Sus ojos cerrados. Eran mis manos las que dominaban aquel cuerpo.
Con suavidad extrema, sus dedos fueron despegándose de los míos. Sentí de nuevo el hormigueo cuando me abandonaba con delicadeza. Quería ignorarlo, pero yo también estaba empalmado. Quería que él me hiciera una paja, pero no me atreví a pedirlo. Solamente continué. Abracé su pene con más fuerza, sintiendo que el pellejo acariciaba suavemente su glande. Lo hacía cada vez más rápido, vigilando como se estrangulaba su cuerpo con cada uno de mis movimientos. Aquel juego me estaba gustando. Lejos de la sexualidad de cada uno, estaba sintiendo que mis dedos regulaban su éxtasis. Lo dominaba y quería hacerlo explotar. No sabía si con su explosión llegaría la mía, pero al acelerar y ver su contracción yo también me tensé. En mis testículos algo se removió, y cuando aceleré hasta alcanzar una sacudida inaudita en mi muñeca, pude sentir que volábamos. Los espasmos quemaron mis dedos, que decidieron aferrarse más para sentir cómo se derramaba cada milímetro de placer. Eran pequeños disparos, y cada uno era un chispazo apresándome. La velocidad extrema había desaparecido en mi mano. Tan sólo mantenía un pequeño baile, arriba y abajo, mientras él disfrutaba aún de cada una de las sacudidas eléctricas de aquella explosión. Unidos, me era difícil perder el contacto. Sentí que su pene perdía la erección, y finalmente fue Carlos el que con suavidad, me desató de él.
-Lo haces muy bien –dijo mientras se acercó a una de las mesas de la habitación y cogió un pañuelo de papel para limpiarse.
-Es mi primera vez –apunté a decir.
-Y la mía...
“Y la mía”, había dicho. No estaba seguro. Caminé despacio por la habitación. Me acerqué a él. Mantenía aquel sudor seco en su piel. Me gustaba. Tenía los ojos cerrados, respiraba suave y el brazo izquierdo colgaba de la cama. Supe que ahora era él el que me debía una. Con la masturbación reciente en mi mente, quería pedírselo. La necesitaba. No sabía si quería despertarle, pero tal vez el azar, buscado o no, hizo que todo se precipitara.
La botella de plástico estaba junto a su cama, y cuando me puse de cuclillas para contemplarle de cerca, moví un pie lo justo para darle una patada a lo que sabía que estaba allí, pero no había visto. La botella cayó de pronto. La ausencia de tapón permitió que el agua se derramara, el líquido comenzó a fluir. Yo me puse de pie. Me asusté. Miré al suelo buscando la causa del alboroto. Vislumbré la botella y me lancé a ella para evitar que el derrame fuera mayor. Dos segundos después oí su voz...
-¿Qué haces, loco? –Sonó pastosa, lenta y dormida.
-Nada, perdona –respondí nervioso-. Tropecé con tu botella...
Abrió más los ojos y trató de sentarse sobre el colchón para ver mejor la escena.
-¿Y qué haces en mi cama? –Preguntó algo más despierto.
El silencio se mantuvo. Fui a por un paño húmedo, recogí el agua poco a poco, de rodillas. Miré buscando su posición. Me miraba, con los ojos cada vez menos entrecerrados, sin una mueca clara.
-Dime –insistió.
-Te miraba, lo siento –confesé.
-¿Por?
-Soñé contigo –continué sin dejar de limpiar el poco agua que ya restaba. Corrí a escurrir el paño y regresé a la escena del crimen.
-¿Qué soñaste?
-Estábamos los dos en una cárcel, desnudos. Un sueño raro –le revelé con nerviosismo.
-¿Algo erótico, loco? –dijo con tono socarrón-. ¿Había escenas sexuales?
-No.
Fui conciso y claro, pero cuando le miré sabía que no me estaba creyendo, o no quería creerme.
-¿No hacíamos nada en el sueño?
-Bueno... –recapacité- Me desperté en ese momento.
-¡Vaya! Qué pena... ¿no? –Su cara empezó a mostrar una sonrisa picarona- Y querías hacer algo, ¿verdad? Llevar tu sueño a la realidad, ¿verdad, loco?
La boca se me secó. Agaché la cabeza y por primera vez sentí pánico ante el sexo. Quería enfrentarme y quería huir. Él seguía mirándome serio, ya casi despierto. Yo seguía con el trapo en la mano, húmedo, junto a la botella, sin lograr mantenerle la mirada
-¿Verdad, loco? –Insistió.
-Tenía curiosidad...
-¿De qué?
-Quiero que me devuelvas el favor...
-¿Sólo eso? –Bromeó.
Fue entonces cuando pensé de verdad cómo sería practicar sexo con un hombre. Fue entonces cuando me planteé si quería probar aquello. Los dos nos miramos, y aunque los ojos lo decían, fue más difícil plasmarlo en palabras. Alguien tenía que hablar.


14
Tiempo de romper hilos

U
n día desperté, y al recoger mi primer pensamiento supe que toda mi vida había cambiado en apenas unos meses. Por primera vez era consciente de ello. Tenía recuerdos e imágenes en mí que ya no devolverían mi vida a tal y como era en el pasado. No quería abandonar el rumbo ni algunos de los estados en los que me había sumergido, pero sí tomar de nuevo las riendas y decidir. Nunca quise borrar nada, únicamente lo asumí como una parte más de mi existencia en este planeta. Sin duda, ciertos hechos sí querían que viviesen escondidos en un rinconcito más oscuro. No obstante, si el deseo me lo volvía a pedir, mordería sin miedo.
Era el momento de volver a conducir. Arrancar, acelerar, frenar y aparcar siempre que yo lo decidiera. La dificultad era máxima después de tanto tiempo en coma, pero debía ser valiente.
El día que lo decidí llevaría más de medio año encerrado en aquellas instalaciones. Mi despertador digital marcaba las 8.34 de la mañana. Boca arriba, con los brazos bajo mi cabeza y los ojos abiertos como platos empecé a ver mi nueva realidad con perspectiva; conseguí abandonar mi cuerpo y hacer un recuento de todo lo que me había pasado; desde el cielo; a vista de pájaro, que es como mejor se aprecia lo que a uno le sucede. Y desde allí, por primera vez, mis ideas apuntaban con convencimiento hacia una salida. Me urgía recuperar mi día a día. Había llegado el momento de abandonar aquel nido de locos. Tomar vuelo de nuevo en solitario. Para lograrlo, sólo necesitaba saber la manera de cortar los dos hilos que me ataban con fuerza a aquel sitio. Uno, si lo cortaba, iba a herir. El otro era cuestión de cortarlo con las tijeras de la cordura.
Inicié el regreso hacia la sensatez de inmediato. Esa misma mañana. Dar de comer a mi pasotismo y hermetizarme en una burbuja velada, escondiéndome del mundo, sólo me había transportado a un encierro mayor. Esa actitud distaba mucho del “buen comportamiento” que ellos solicitaban. Tenía que ser lo que ellos consideraban unirme a la lucidez. Abrazarme con fuerza. Era la única manera de lograr la rúbrica que abría las puertas hacia la calle. Requería trabajo, excesivo para mí. Más después de tanto tiempo sometido por la apatía. Me exigiría una actitud constante. Aquella mañana de otoño lo tenía decidido. Abandonaría y regresaría a casa. Vuelta a empezar.
Era huir en cierta medida. A lo mejor. Pero al tiempo que escapaba sabía que iniciaba un enfrentamiento. La huida no sabía si deparaba un escenario mejor, pero necesitaba volver a pisar la realidad urbana sin sentir una vigía; un dominio. Iba a tener que armarme de paciencia. Me removí en la cama y volví a reafirmarme. Mi línea de pensamiento se obcecaba en ser la hormiguita que hasta la fecha nunca había sido. El hilo entonces se desharía solo...
En cambio, deshacer el otro ovillo tendría mayor complicación. Lo tenía frente a mí cada día. Había visto cómo se había forjado cada noche con motitas de polvo sentimentales. Yo sólo buscaba sexo, pero él había decidido correr más lejos. Yo sólo quería saciar un apetito que se había despertado por azar. Los orgasmos que no podía disfrutar junto a un cuerpo femenino, los había encontrado en un cuerpo masculino sin alcanzar a creérmelo del todo. No dudaba de mi heterosexualidad. O tal vez no dudaba de mi no homosexualidad. ¿Bisexual? Jamás me lo planteé. Disfruté de aquellos momentos.
Realmente, fue toda una sorpresa. Nunca imaginé que mi vida podría bucear en aquellos retozos sexuales masculinos sin que la conciencia me torturase minutos después. Una noche me encontré disfrutando de aquella nueva manera de vivir el sexo, y por alguna razón que no llegué a quererme explicar, continué bebiendo de la fuente. El único inconveniente apareció en Carlos. La noche que descubrió mi sueño los dos cruzamos la raya, y tal vez ninguno dio pie para regresar de nuevo al origen. Yo no había perdido de vista a aquella línea, pero él en cambio sabía que sí. Estaba perdido en su desierto particular. Y después de dos meses, yo ya dudaba que quisiera regresar al día antes en el que empezó todo.

En una cama. Allí empezó todo. No sabía el camino ni la manera de andarlo, ni si me iba a gustar la ruta o el mero hecho de profanarlo, pero cuando aún sujetaba la botella sin tapón él decidió darme un empujón. Puso las dos palmas de sus manos en el borde de la cama, se inclinó y de repente sus labios cayeron suavemente sobre los míos. “¿Me gustaba?”.

Fue un beso silencioso, delicioso, calmado e investigador. Sin duda, únicamente fue raro el tacto de su escasa barba sobre mis labios. El resto comenzó a convertirse en excitante y placentero. Cada segundo que pasaba, nuestros labios se buscaban y pegaban más. Él me cogió el cabello, los dos sumergimos nuestras lenguas en las bocas con calma, pero tensos, y poco a poco abandonamos aquella fase de prueba para adentrarnos sin miedo en un terreno exclusivamente impulsivo. El cerebro desapareció. Nuestras lenguas se bebieron; nuestros dientes mordían con suavidad y los labios se friccionaban sin cesar. Y sin embargo, el momento de mayor excitación me abofeteó en la pausa, cuando nos detuvimos, nos separamos unos centímetros y nos miramos. El fuego estalló, creció la llama y los dos nos lanzamos el uno contra el otro como suicidas. La piel se fundió y extraña y dificultosamente conectamos el uno con el otro hasta que desgañitado entre sudores, grité lo que dictaba el final de aquella segunda escena.Tardé en descubrir de la vida de Carlos. Aquella primera noche sólo me dejé llevar, tanto, que diez minutos después, los dos desnudos, mientras él bailaba con mi pene, y cuando yo aún estaba retorciéndome sobre la cama, explotó lo que llevaba meses dentro de mí. No ocurrió más aquella noche. Nos abrazamos, piel con piel, mirándonos, sin decir una sola palabra, sin pensar, y nos dormimos.

Carlos era albañil. Lo fue en una vida pasada. Me lo contó la noche siguiente, la que él bautizó como la noche de la virginidad. Así fue. Incluso yo sentí perderla de nuevo. Sentí que mi pene, al lograr introducirse en él al quinto o sexto intento recogía otra medalla como desvirgador. La tercera.
Carlos tenía 28 años y me aseguró que jamás había estado con nadie, ni con un hombre ni con una mujer. Le creí. Además, me permitió ser el líder de aquella expedición amorosa, lo que agradecí. No sabía si estaba preparado para acoger su placer. De hecho, era el único papel que deseaba tener en aquel terreno homosexual. Me sentía igual de inexperto en ambos campos, pero dirigir el concierto con la batuta no me asustaba.
Carlos llevaba año y medio en el centro psiquiátrico. Tenía brotes sicóticos y esquizofrenia, me reveló. Un día en la obra perdió los papeles, y atacado por los nervios arrojó dos cubos de cemento a dos compañeros. Y a un tercero, que vino a increparle, le tiró de un quinto piso con sólo un empujón. Murió en el acto. Me confesó todo esto al segundo mes bajo un ambiente embriagador, sustentado por la marihuana. También añadió que él no recordaba nada de aquello.
Carlos apenas se relacionaba con dos personas más en todo el centro. Uno era su médico particular. El otro era Mateo, su mejor amigo y su supuesto contrabandista. Éste era el que le pasaba la marihuana y otros utensilios a través de un contacto secreto. No me dijo más. Le pregunté si era posible conseguir alcohol. Carlos sólo negó y me besó. Yo le mimé, le besé más y le pedí si era posible que yo lo intentara pidiéndoselo directamente a Mateo. Sin embargo, en ese instante se separó de mí, cambió el rostro y negó con mayor rotundidad.
-En la puta vida hables a Mateo de nada de esto –advirtió con excesiva seriedad-. La marihuana no existe, ¿entiendes?
-Perfectamente –respondí confuso.
Él se acercó despacio y me besó, tal vez arrepentido por la refriega verbal. Traté de volver a hacer una pregunta, pero entonces él levantó su dedo índice y me lo puso suavemente en los labios. Me agarró la mirada con la suya, me la hirvió y negó levemente con las pupilas. Sentí demasiado miedo, pero no hice nada. Sólo permanecí quieto. Vislumbré un nuevo gesto en Carlos. Cambiaba su rostro por completo. La pasión seguía, pero tras ella podía verse claramente un brillo distinto. Nunca más volví a preguntar.

Siempre creí que el lado masculino era distinto. Que si había surgido la homosexualidad en este planeta meramente era para liberarse sexualmente. Había creído que esa opción sexual venía motivada por la mojigatez femenina. El hombre buscaba en el otro hombre el sexo rápido y directo, y sin complicaciones, que negaban tantas mujeres. Tenía claro que dos hombres no buscaban amor. No lo entendía así. Me parecía imposible.
Hoy sí veo que existe esa posibilidad. Comencé a advertirla la noche que Carlos comenzó a besarme de forma distinta. Sus besos habían cambiado. Ya no eran únicamente pasionales. Incluso sus caricias. De pronto empezaron a multiplicarse los mimos después del acto. Poco a poco me incomodaban, cada vez más. Me alimentaban la ira y empujaban con rabia a levantarme de la cama e irme a la mía. Nunca lo hice. Ni siquiera cuando me susurraba frases vacías que él llenaba de piropos emocionales sobre el maravilloso momento que atravesaba su vida gracias a mí. Su voz era más suave y sedosa. Sonreía por nada. Pronunciaba palabras que no había oído en la vida, y las lanzaba, creía yo que con malicia, para clavármelas en el corazón con excesiva dulzura. Sé que quería despertar mi lado más tierno, pero no sentía nada. Estando los dos desnudos, viviendo aquel momento, me sacudió un frío y eterno escalofrío. Me recorrió todo el cuerpo y percibí que mi estómago se retorcía. Los testículos se me encogieron y tuve ganas de orinar. Me apresaron las nauseas. Las rodillas me temblaron y supe que era miedo. El hilo ya era una soga. Y continuar con aquella farsa sexual, cercada por el amor, iba a alimentar el grosor de aquella cuerda. Y romperlo en ese instante, a demasiados meses de abandonar aquel centro, suponía un elevado riesgo. No lo quería afrontar. Mi vida desembocaría en un escenario que no quería pisar ni vivir. Los focos me quemarían y el público me abuchearía y no descartaba que el mobiliario cayera sobre lo que iba a ser mi cadáver. Y al tiempo sabía que, dejarlo engordar y luego huir no era la solución. Aquella noche callé. Y la siguiente. Y muchas más. Era mi sino. Sin embargo, Carlos decidió dar un paso de gigante en nuestra historia.

“Y cena con velitas para dos” cantó en cuanto abrí la puerta de la habitación. Yo había pasado el día entero en la biblioteca, ese espacio que él desconocía y a mí me liberaba. Tenía que reconocer que cada día huía más de él. La biblioteca se había convertido en mi soledad. Y con todo, mi distanciamiento no eludía el sexo nocturno. De hecho, sólo era a esas horas cuando manteníamos relaciones. Rara vez había ocurrido a lo largo del día. Y nunca fuera de nuestro cuarto. Nadie sabía de nuestra aproximación y contacto corporal. O eso creía yo.

Me sorprendí. Yo escondía un libro entre mis manos. Carlos lo ignoró. Él, hijo único, con padres separados y olvidados por ambas partes, sin tener terminada la que una vez llamaban ‘EGB’, no veía en las letras de los libros utilidad alguna. Mientras hubiera películas, la lectura podría seguir esperando dormida y cerrada entre dos tapas duras. Yo en cambio me había vuelto un adicto a la fuerza. La escena era preciosa. El libro se me cayó de las manos. El golpe en el suelo fue seco. Abrí los ojos como platos. Examiné la escena de nuevo, sonreí nervioso y vi cómo Carlos se acercaba feliz. No sé cómo, pero había conseguido velas y fuego. Inaudito. Los platos, vasos y cubiertos eran de plástico. El menú exquisito. Había gulas al ajillo, jamón ibérico, paté con tostadas, queso cortado en cuñas y seis langostinos para cada uno. Grandes y deliciosos. Y junto a todo aquello, lo que me disparó más aún la mirada: Vino. Una botella parpadeaba en el centro de la mesa al vaivén de la llama...
15
La verdad duele

S
ólo pude balbucear. Me agarroté, como un tonto con los ojos abiertos sin apenas pestañear. Balbuceé de nuevo, pero no conseguí decir nada. Carlos dio un paso más y se situó a un escaso palmo de mí. Me cogió la mano y dejó volar sus labios hasta los míos. Seguí inmóvil. Me sujetó las dos manos con suavidad y me guió lentamente. Cuando quise arrojar mis primeras palabras ya estaba sentado sobre la silla, mirando a la ventana. Carlos estaba enfrente, sonriente, sumido en su plena satisfacción. Al observarle, daba la sensación de no tener problema alguno en la mente. Sólo disfrutaba de ese instante. Su felicidad plena estaba en aquella mesa.
No sé de dónde, pero alcanzó dos copas enormes de cristal.
-Debo devolverlas intactas –señaló sin desdibujar su sonrisa.
-¿A qué se debe? –Acerté a preguntar al fin, mientras Carlos me cedía una copa y vertía el vino dentro.
-A nosotros –respondió-. ¿No te parece suficiente?


Hundí la cabeza. Zambullí mi nariz en la copa de vino y me concentré en la mezcla de aromas que embriagaban mi olfato. Él elevó la copa y la inclinó suavemente hacia mí. Su mirada ardía. Brillaba en aquel ambiente tenue más que ninguna de las dos velas. Agarré la copa con más fuerza y golpeé la suya dócilmente. Después la acerqué de nuevo a mí, sintiendo como el borde del cristal se posaba en la base de mi nariz. Leí la etiqueta de la botella: 'Ramón Bilbao'. Su aroma me avivó el ansia de beber, y cuando lo hice, el paladar enloqueció de felicidad. “¿Por qué tragar?”, vacilé. Posé la copa en el mantel anaranjado de papel. El vino, finalmente, desfiló por mi garganta. El éxtasis me conquistó, y de repente sentí el calor de sus manos sobre las mías.
-Está delicioso –dije con la voz temblorosa y colocando torpemente la servilleta de papel fuera del plato, a mi izquierda, logrando así separar nuestras manos.
-Lo sé –afirmó-. Tan delicioso como tú.
Aquel vómito de palabras me dio nauseas. Me asustó. Agaché aún más la cabeza, sostuve el silencio y bebí de nuevo con media sonrisa. Sin mediar más palabras, los dos comenzamos a despellejar los langostinos. Él sé que se detuvo y me miró. Me observaba; me analizaba; me estudiaba con detalle. Yo decidí evitar sus ojos. Ignorarlos y concentrarme en quitar las últimas cáscaras que se apegaban con fuerza a la piel del langostino. “¿Cómo había llegado a esa maldita escena?”, me pregunté mientras masticaba y bebía y veía que me miraba.
-Exquisito –mascullé- ¿Cómo lo has conseguido?
-Es secreto... –Respondió infantil- Como tú y yo.
-¿Mateo?
-¡Sshh...! –Mantuvo un silencio y tomó mi mano derecha, que casualmente estaba libre de actividad-. Disfrutemos de este momento. No preguntes, disfruta.
El tono de voz me tranquilizó. Él se alzó y sin esfuerzo llegó con sorprendente facilidad a mis labios.

Después del beso la cena fue rápida. Excesivamente silenciosa para mi gusto. Creo que él la disfrutaba únicamente con cada uno de mis gestos; con los obligados encuentros visuales. Entre los dos y sobre la mesa seguía firme la botella, que se aclaró también con excesiva velocidad. Cuando sostenía la última copa, mis párpados barrían mis ojos con elevada frecuencia. Mis manos limpiaban mi cara buscando la nitidez. Carlos en cambio mantenía los ojos abiertos, acechándome con la misma firmeza. En ese instante no quedaba nada en la mesa. Nos habíamos saturado con todos los alimentos, acompañados por escuetas conversaciones vacías. Un diálogo repleto de anécdotas sin importancia y recuerdos del día y un pasado cercano. Siempre sin que nuestras palabras nos transportaran fuera de aquel recinto. Él evitaba escupir palabras que llevaran a su cerebro a crear imágenes suyas fuera del centro.
-¿Postre? –Me sorprendió con la copa columpiándose en mis labios.
-¿Cuál? –Indagué alzando la mirada y las cejas, y sin separar un ápice la copa de mi boca.
-¿Lo dudas? –Jugó.
Se me atragantó el vino. No quería sexo. Lo tenía claro. Iba a evitarlo. Estaba envalentonado y quería aprovecharlo. Poco a poco, con los dedos temblorosos posé la copa en el mantel. “No me apetecía sexo”, volví a repetirme mientras me lamía los labios y trataba de sostener su mirada. Seguía candente. Esperaba una respuesta que llevara palabras. Pero tardó en llegar.
El sexo con estos preliminares era ‘hacer el amor’. Hacerlo estaba muy lejos de mis intenciones. Menos cuando en mi cabeza azotaba firme el martillo de la ruptura. Dolería, pero debía arrojarle la verdad. Sin duda, aceptar sexo aquella noche era aceptar su juego; su amor; nuestra relación.
-Entonces, ¿Quieres postre? –Insistió.
Tragué saliva, entrecerré la mirada y me concentré en sus ojos. Repentinamente me puse de pie.
-Necesito ir al baño.
Él cambió la mirada, pero no la movió un ápice de mis ojos. Yo sonreí e hice algo que no entraba en mis planes. Lo hice porque creía que era la única llave para salir del aquel romántico escenario. Me incliné, le cogí la mano y le besé con ternura.
-Ahora vuelvo –suspiré.
-Te espero.
Cuando dijo esas palabras ya me había liberado y caminaba hacia los baños del centro. Por primera vez recorrería aquellos pasillos en estado etílico. Todo era extraño. Demasiado difícil de comprender. Tenía que apostillar un plan en apenas dos minutos.


Nunca supe el orden de sus planes. A veces uno planea, otras veces las cosas surgen y en ocasiones le cogen por completa sorpresa. Siempre creí que Carlos había organizado la cena mucho antes de que descubriera que yo tenía firmes intenciones de abandonar el centro. ¿Me equivoqué? ¿Era un puñetero órdago? La noche me había sumido en un maldito bucle con la locura como única salida.
Sí sabía que Carlos no quería abandonar el centro, de manera que enterarse de mi mejoría, incluida la posible cura mental, en absoluto irrumpía en sus proyectos de futuro, ni a largo ni a corto plazo. Para él, aquello era como si nuestras vidas se hubieran parado en el tiempo y tuvieran predestinado morir allí. Él no quería salir de allí porque allí era feliz, libre y valiente. Afuera, sin lugar a dudas, era un preso del miedo. Y enseguida, una irremediable tristeza le devoraría y obligaría a dejarse devorar por la demencia.

Cuando abrí la puerta de la habitación él no había modificado en exceso su posición. Uno de los postres lo acerté. En cuanto me acerqué a la mesa me lo hizo saber al oído mientras me supervisaba su mirada más picarona. El otro no lo adiviné pero lo descubrí sobre su mano derecha, descansando en pequeñitas hojitas verdes. A su izquierda, el papel, la boquilla, un mechero y su nueva navajita plegable con un mango de madera, mucho más útil y fácil de ocultar. Bebí un trago de vino en cuanto mi culo recuperó la silla. Era el último sorbo. Se acabó. “Necesitaba un whisky”, deseé.
-Tenías que haber conseguido un licor, un whisky... –solté nervioso.
-Relájate, loco, ahora fumamos, nos relajamos, y luego nos damos el chupito de adrenalina que necesitamos. Con más alcohol te me dormirías...
Contemplé a Carlos. Liaba un perfecto canuto mientras el eco de aquel mote seguía resonando en mi cabeza. Hacía mucho que no me llamaba ‘loco’. Sonreí. En ese instante, las velas casi derretidas sirvieron para encender el porro. Lo romántico desapareció de un bofetón. Yo permanecía risueño. Carlos no follaba hasta que no terminaba el canuto por completo. “Tenía tiempo”, creí.
Sus caladas me daban silencio para pensar. El porro se coló entre mis dedos, fumé, me mareé y volví a fumar. Lo estaba disfrutando. Se lo devolví. Me dijo algo que apenas escuché y decidí que no podía pensar tanto, que tenía que actuar. Si bien, todo se precipitó. La palabra que quería detener el inminente acontecimiento sólo resonó en mi interior cuando sus labios mordieron los míos y sus manos se posaron en mi trasero.

"¿Me estaba convirtiendo en un verdadero experto en tener que decir adiós?" Mi vida sobrevivía escalando a la cima de pequeñas emociones sentimentales, que después yo derrumbaba de alguna manera. Mi vida sentimental cojeaba y no encontraba el bastón adecuado. Todo el que había utilizado hasta ahora lo había partido en dos. Una vez más, iba a suceder.
Sin embargo, de todas mis rupturas, ésta sería la más sincera. Al menos por mi parte. Yo tenía que dar el paso. En otras quizá hubiera sido también el culpable del roto, pero nunca tuve la voluntad de romper el lazo. Allí, en cambio, sí. Necesitaba convertirme en el autor de la herida. Anhelaba ser el dueño de la frase: “Se acabó”. No quería construir una falsa relación prefabricada sobre una enorme base de mentira. Sentimientos de mentira y verdad enfrentados sin saberlo. Era una bomba de goma dos alimentándose constantemente.
Iba a enseñar mis cartas cuando Carlos se puso de pie. Retiró la silla, apagó el porro sobre el plato y sopló una de las velas para matar su llama. Se pegó a mi lado. Me giró el cuello y levantó mi cabeza para que los dos nos miráramos. Me mantuve sentado en la silla mirándole. Tuve ganas de llorar, de que algo me hiciera desaparecer, pero nada de eso ocurrió. Nos separaba medio palmo. Yo seguía haciendo trampas con mis cartas boca abajo. En esta ocasión no podía hacer creer que tenía una mejor jugada y esperar que el contrincante se retirara. Él no iba a retirarse. No podía vivir aquel amor con todos los ingredientes que conllevaba y esperar a decirle adiós el día que las maletas me empujaran a la cordura. Era injusto.
Actué. Alcé las cejas, levanté mi cuerpo y mis brazos muertos se hicieron con un poco de fuerza. Mis dedos apretaron sus hombros. Sus ojos achispados por algo distinto al alcohol se sorprendieron. Él posó sus manos en mi trasero y me besó cuando mi primera palabra iba a tocarle los labios. Tuve que pedirle una pausa retirándole dócilmente. Posé mis manos bajo sus orejas y le pedí que me mirará sin decirle una sola palabra. Lo hizo. En un primer instante dibujó media sonrisa. Luego torcería el gesto.
“Era mi momento”, me repetí. “¡Dilo!”.
Quería hablar mirándole pero no podía mantener su mirada. Me dolía, y él lo notaba. Los latidos de mi corazón tronaban en la habitación. Mi respiración volaba incómoda en las idas y venidas, y me ahogaba. Me asfixiaba de miedo. “¿Por qué? Pánico de una relación, ¡qué absurdo!”, pensé.
-¿Qué pasa, Sergio? –Se adelantó sobrio.
Reí al oír su voz. Me balanceé, caí de nuevo en la silla y reí a carcajadas. La maría parecía aturdirme, y pensar que iba a tener que pedirle a un hombre que dejara de besarme me resultó demasiado gracioso. Mi cuerpo de pronto se acuclilló en el suelo. No podía parar de reír. Levanté los párpados y me di cuenta que me encontraba a la altura de su pene. Me visualicé comiéndole la polla y la risa estalló de nuevo dentro de mí.
-Sergio –dijo.
Los ojos se me cerraron solos y mi boca mostraba su posición más amplia mientras lanzaba constantes carcajadas imposibles de parar. La potencia se multiplicó y entonces tuve que abrazarme el estómago.
-¡Sergio! –Gritó.
Tardé segundos en percibir sus palabras posteriores. Lo hice cuando él, rabioso, me cogió del pelo con una mano y de la axila con la otra para ponerme de pie. Yo tenía lágrimas en los ojos, la piel del rostro rojiza y los labios aún ebrios de felicidad. Mi respiración continuaba acelerada. Él seguía con el gesto agrio. Necesité un pequeño lapso de tiempo para reparar en su estado, pero cuando nos volvimos a mirar, yo descubrí que él también lloraba.
-He dicho que tengo que decirte que nunca te vas a ir de aquí. Eso era lo que celebrábamos hoy. Me enteré la semana pasada. Quieres irte, pero no podemos. Quería que supieras que eso es imposible –recitó de memoria retirándose las lágrimas con su mano derecha.
Mi cuerpo tembló. Fue un bofetón inesperado. Me debilitó totalmente. De hecho, no podía digerir las palabras que me estaban mordiendo el estómago. Cada letra era una maldita piraña hambrienta comiéndome por dentro. ¿Dónde estaban mis fuerzas?
-Lo siento, Sergio, pero estate tranquilo, tengo contactos y aquí viviremos bien. Sabes que no podemos vivir fuera de aquí. No soy capaz...
-¿Qué dices? –Le empujé y conseguí separarme unos pasos. No quería sentir su contacto.
-Sí, sé que querías que iniciáramos una vida juntos afuera, en la calle, pero mi vida, la nuestra estará aquí siempre. Conseguiré todo lo que deseas, ¿no lo has visto? –Señaló a la mesa y volvió a retirarse más lágrimas-. No necesitamos irnos fuera, yo...

-¡Cállate! –chillé enajenado-. ¡No tienes ni puta idea! ¡Estás loco!
-Y tú, cariño. Los dos lo estamos. Locos, enamorados. Juntos viviremos nuestro particular...
-¡Cállate, Carlos! ¡Cállate ahora mismo, por favor! Tú y yo no somos nada juntos, ¿entiendes?
El rostro de Carlos enmudeció por primera vez. ¿Encontré la formula? Los nervios me dominaban. La enajenación dominaba mis actos, mis palabras. Sentí ganas de huir. Saltar por la ventana, correr y atravesar todo el jardín, trepar la valla y correr hasta no tener una gota de fuerza; hasta caer exhausto; muerto. Alguien tenía que sacarme de allí.
Aquella noche supe que mi cordura estaba más presente que nunca.
-¡Me voy! –Me liberé pero sin dar un paso.
-¿Adónde? –Preguntó de inmediato- No puedes irte, cariño. Estás borracho. Estamos aquí para siempre. Tenemos que hacer el amor, terminar nuestra cena. ¡Bésame! –Dio un paso hacia mí- Que más da allí fuera que aquí. El amor no entiende de escenarios. Es nuestro amor, nuestro mundo...
Temblaba. Seguía petrificado. No estaba escuchando aquellas palabras. ¿O sí? A dos pasos, lo suficientemente lejos de él y no me sentía cómodo ni seguro todavía. El paladar se me estaba secando y me faltaban fuerzas para escapar de aquella habitación.
-No te puedes ir, aún tenemos que celebrar que nos queremos... –Continuó.
Fue aquella frase la que detonó mi paciencia, e hiriente y sin pensarlo dos veces descargué mi verdad sobre él.
-Carlos, yo no te quiero. Lo siento, pero no te quiero hoy, nunca te quise y nunca te querré.
Las palabras me vaciaron. Sentí flotar. La libertad saltó sobre mí para abrazarme. Sin mantener un segundo aquella tensión, me giré, le perdí de vista y caminé hacia la puerta. Puse la mano en el pomo y aunque oí sus pasos acercarse ya nada iba a detenerme. Sin embargo, una vez más me equivoqué. La debilidad me cazó de repente. Era un pellizco, como un mordisco. Era una lágrima lamiendo una herida en mi corazón. Como si las uñas de sus finos dedos me hubieran rajado la piel y la hubieran abierto por completo. Esa herida lloraba. Mis rodillas flojearon. Caí, y el frío metal siguió ardiendo dentro de mí. Me había acuchillado por la espalda y no podía creerlo. ¿Iba a morir?
Sus últimas palabras aún resuenan en mis sueños.
-Siempre estarás conmigo.
16
Mordiendo mi propia pesadilla

T
odo lo recuerdo como un sueño. Años después, incluso, me aseguraba que todo lo que ocurrió aquella noche fue un puñetero sueño. Una pesadilla que trato de olvidar, y que sin embargo, me es imposible. Cuando desnudo, en la ducha, el agua cae sobre mi piel, siento escalofríos al notar que las gotas acarician la cicatriz que me dejó su navaja. Muero de dolor, sicótico tal vez, si la esponja roza la herida. Es una pequeña línea de cinco centímetros que yace en mi espalda. Parece que bajo mi piel hubiera excavado un pequeño topo. Aquella noche me bebí mi propia medicina.
La desesperación la entiendo. Ver que la persona que más quieres huye. Ver que no tiene palabras. En muchas ocasiones, no hay frases precisas, ni sentimientos que puedan evitar su marcha. Tampoco hay tiempo para hechos que logren convencer a la pareja a no abandonar el nido. En ese instante, el ser humano suele retroceder a una remota prehistoria y desenfundar el animal que lleva dentro. Y es el hombre en la mayoría de las ocasiones. Cegado por el amor, y con el cerebro completamente desenchufado, la violencia se hace fuerte en él y eyacula con rabia como último intento de retención. Cada golpe, patada o puñetazo, cada cuchillada, cada bofetada, cada gesto de odio, engorda aún más el adiós definitivo. El final.
Mis lágrimas escupieron por el miedo. También por el fuerte dolor que me pellizcaba en la espalda con cada uno de mis resoplidos inquietos. De rodillas, frente a la puerta, y con mi mano derecha soltándose del pomo por falta de fuerzas y dirigiéndose a tapar mis ojos y frente, creía morirme. Fruncía el ceño, apretaba la mandíbula, y por enésima vez en mi joven vida rogaba a Dios que me ayudara. Deseaba desaparecer, pero nadie actuó y emprendí un corto camino por la primera tortura de mi vida.
Tal vez sólo fueron cinco minutos, pero yo creí que aquello era la eternidad. Sin duda. Esencialmente, cuando volví a tropezar con su mirada y sus labios sangrientos tocaron los míos. La eternidad era dueña y señora de aquella escena. No veía el final por mucho que pensara en él y lo imaginara. Recuerdo que me oriné encima preso del pánico, y que vomite poco después de que sus labios volvieran a tomar una leve distancia. El pánico me mordió con ira y me contagió con su veneno cuando vi que él ni siquiera pestañeó durante mi vómito. Sonrió y me acarició la cabeza. En ese momento tuve la certeza de que jamás daría un paso más en mi vida fuera de aquella habitación.

Antes, el ardiente metal se había avivado dentro de mí. Había jugueteado dentro de mí. Fueron segundos, pero los recuerdo con tan sumo detalle que me asusta. Cuando llegó el momento de abandonar mi piel, él lo hizo con suavidad. Tuve el recuerdo de una penetración sexual. Como si él retirara su pene del interior de mí, justo después de eyacular. La sacó con cuidada calma, sintiendo cada uno de los milímetros de la piel que había usurpado, y siempre a idéntico ritmo lento hasta conseguir la liberación. Acto seguido, mi espalda escupió sangre, y su brazo sin arma se posó en mi hombro.
-Aún queda el postre –musitó girándome la cabeza desde la barbilla-. ¿Te lo quieres perder?

Mi corazón continuaba a un ritmo vertiginoso. Deprisa, asustado por la herida abierta en su castillo de piel. Traté de levantar la mano para aferrarme de nuevo al pomo de la puerta. También quise gritar, pero me sentía afónico. Seco y sin fuerzas. La espalda me aguijoneó cuando mi codo superó la altura de mi cuello. Carlos optó por voltearme, sin mimos ni cuidado. De nuevo mis ojos se enfrentaron a la mesa de la cena, a él, a nuestras camas, a derecha e izquierda, y al jardín invisible que imaginaba ver a través de la oscura ventana. Lo sentía apacible, durmiendo bajo un cielo ligeramente estrellado en aquella noche sombría. La luna torcida y escuálida y el cinturón de Orión eran las únicas luces protagonistas allí arriba. Y yo las quería ver. Abandonar aquel cuarto y sentir la humedad y el frío del jardín en la soledad. Sin embargo, mi futuro inmediato real iba a ser muy distinto. Estaba a punto de ser besado y apenas lograba sostenerme de rodillas.
Cada segundo, más húmedo. La sangre mojaba ya mis pantalones y hacía gotear mi camiseta. Carlos sujetaba el cuchillo con su mano derecha, con la mirada vacía, pero fija en mis ojos. Lentamente se acercó la navaja a los labios. El filo se posó en sus labios y mi sangre se empapó con suavidad por toda su sonrisa.
-Tú y yo hace tiempo que somos lo mismo y no lo sabes. Debería habértelo dicho...
-Ayúdame –rogué sin apenas vocalizar-, me muero, Carlos.
Me sentí estúpido soltando aquellas palabras, pero eran ciertas. Él no me escuchó. Saboreó un poco más mi sangre de la navaja y prosiguió.
-Nuestra sangre, en cierto modo, es la misma. Cuando uno está enamorado ambas se funden. Son distintas pero tienen algo en común. Estamos unidos aunque no quieras asumirlo.- Se arrodilló y quedó a la altura de mis ojos- Tú te mueres cada día, y no por la herida de esta noche, cariño.
-¡Estás loco! –solté histérico y afónico.
-Yo, y tú. Los dos lo estamos. Y vamos a morir juntos. Es nuestra única salida. Es la única solución. Debes aceptarlo. Enamorado y haciendo el amor se camina mejor hacia la muerte. –Quedó a un palmo de mí sin que yo pudiera evitarlo y concluyó- Yo te quiero, Sergio, y tú deberías aprender a quererme porque siempre estarás conmigo.

Con los puños cerrados, sin moverme para evitar las punzadas de la herida, él completo la pequeña distancia que restaba entre ambos y posó sus labios sangrientos en los míos.
Nunca supe si iba a morir desangrado o de la mano directa de Carlos, al que imaginaba retomando la violencia y convirtiéndome en un colador humano. No dudaba que sí él me mataba moriría conmigo. En cambio, sí dudaba qué ocurriría si moría desangrado allí en la habitación o de camino al hospital.
Quería saber el final de aquello, y sin embargo, no tengo recuerdos. Me es imposible relatarlo. Sí me alivia saber que, matemáticamente, Carlos no pudo violarme. Sí sé que después del beso él quería que hiciéramos el amor. No le importaba mi agónica situación. Tras vomitar, él sonrió, me limpió la barbilla y cogió mi débil mano izquierda. Él ya se había desabrochado los botones del pantalón. Sentí su pene erecto bajo los calzoncillos. La escena comenzó a nublárseme. No tenía fuerza en ninguna parte del cuerpo. El sueño me estrangulaba. Los párpados se me hundían constantemente. Quería tumbarme y dormir. Y ni siquiera así me iba a sentir descansado. Carlos seguía a la misma distancia, si bien, yo comenzaba a verle cada vez más lejos; se alejaba y se emborronaba. Mi mano sí seguía allí tratando de masturbar. Muerta, pegada a mi brazo, que se alargaba a mis ojos como si se tratara de plastilina. Su erección continuaba. Él me guiaba... Pero de pronto, mis ojos huyeron, mi cuerpo fue derrumbándose hacia atrás y desparecí de allí.

Son varias las versiones de mi final. Como una serie de televisión. No sé si aún hoy he escogido alguno. Extrañamente, me gusta la que cuenta que Carlos salió gritando de mi cuarto, me cogió por los tobillos y me arrastró desde la habitación hasta el final del pasillo de las habitaciones dejando tras de sí un desigual riachuelo de sangre. Diez minutos después estaba en la enfermería y media hora más tarde en el hospital. Sin embargo, no puedo creerme la primera parte de la historia.


La segunda versión es similar, pero más verosímil porque mi cuerpo no se movió del cuarto. Otra persona añadió que Carlos trató de suicidarse cuando lo separaron de mí. Hubo demasiados bulos. Incluso llegó a decirse que los dos habíamos aparecido muertos en la habitación y que el centro lo ocultaba. Era fácil apoyarse en esa teoría. Yo sólo regresé a firmar unos documentos y para recoger algunas de mis cosas. Mis padres habían solicitado el alta voluntaria. Sólo necesitaría una entrevista semanal hasta el alta definitiva. De Carlos no supe nada hasta un mes después.
Tenía la boca seca cuando desperté en el hospital. Estaba desorientado, asustado. La presencia de mi madre, seria, llorosa y triste no me relajaba. Al ver mis pupilas en movimiento, ella se acercó apresuradamente. Olí su peculiar e inconfundible perfume francés mezclado con el aroma de su maquillaje. Rompió a llorar cuando se sentó sobre la cama, posó su mano sobre la mía y me besó en la mejilla. Sentí que con la otra mano me tocaba las piernas. Me alivié.
-¡Te quiero, hijo! ¡Vaya susto nos has dado!
Mantuve el abrazo que de improviso tenía encima, quieto, tratando de recordar y volviendo a sentir cada una de las partes y funciones de mi organismo. Quise tocarme la cara. Lo conseguí cuando ella volvió a separarse. Tenía barba, pero poco más que la noche de la cena. Volví a observar a mi madre. Se secaba las lágrimas. Me miraba.
-¿Papá? –Pregunté.
-Trabajando.
-¿Qué hora es?
-Las diez, de la mañana... –Puntualizó.
-Y... ¿Llevo muchos días...?
Se separó de mí y fue a buscar una silla. La puso al lado de la cama. Esta vez no me cogió la mano. Mantuvo la distancia. Se quedó sentada a medio metro, mirándome, con sus manos anilladas sobre las rodillas.
-Llevamos toda la noche contigo. ¡Qué susto nos has dado! Papá tuvo que irse temprano, ya sabes, trabajo.
-Lo sé.
Llegó el silencio. Tenía tiempo para pensar, pero no lo hice. Los dos examinamos la habitación. Yo por primera vez, ella por enésima vez. Después volvimos a mirarnos. Me sonrió, yo dibujé una leve mueca de resignación y bajé la cabeza.
-Todo esto es culpa mía –irrumpió de pronto.
-Déjalo, mamá. ¿Se puede poner la tele?
-Nunca debí darte nada, nunca debimos... Papá se empeñó.
-¡Déjalo! –Me enfadé- Sólo ha sido un susto, tú lo has dicho, ¿no? Miremos hacia delante.
Decidí ponerme a buscar la forma de encender la tele. Necesitaba una tercera voz que rompiera el silencio que vivía bajo nuestra conversación.
-No, cariño, no lo dejo. Hemos hecho lo que en cierta manera tantas veces te echamos en cara.
Detuve mi búsqueda y la miré de nuevo. Giré el cuello y sostuve mis ojos en el punto exacto en el que habían nacido aquellas estúpidas palabras. No podía creer lo que oía. Sí de papá, pero jamás de ella. Y escupía aquellas sandeces sin mover un músculo de su cuerpo.
-No te castigues, mamá –Quise zanjar
-Sí, me castigo, y tú deberías hacerlo también. Quizá así nos ayudarías a todos a enderezar nuestras vidas.
-¿Castigarme? ¿Yo? ¿Lo dices por lo de Jon? ¡No fastidies, madre!
-Pues sí, por lo de Jon –replicó sin alzar la voz.
-Lo de Jon no tiene nada que ver con esta puta mierda. Fue un puto accidente, ¿entiendes, mamá? Os lo he dicho a papá y a ti miles de veces. Igual no lo queréis entender, pero eso no es mi problema, ¿vale? ¡Superarlo ya, coño!
La explosión de mis palabras dejó una calma absoluta. Fue una bofetada del revés inesperada para ella. Sabía que aquella era la voz de mi madre, pero sin duda, las palabras tenían la firma de mi padre. Ella reanudó una leve llorera que se secó con un pañuelo de seda beige. Yo giré la cabeza hacia el otro lado. Oí que se levantaba. Creí que se marcharía. Erré. Oí los pasos. Vi la sombra. La vi a ella y vi que me tendía una hoja sobre las sábanas. Era sobre mi estado de salud. La pesadilla aún quería darme un último mordisco.

lunes 23 de noviembre de 2009

El Hijo de Puta Cabrón: Capítulos 6 a 10


6
Celebraciones

S
iempre hay un instante en el que el ser humano intenta recuperar las lagunas que produce la noche. Lo intenta con todas las fuerzas. Sin embargo, el alcohol fulmina todos los recuerdos por completo. Los elimina sin dejar rastro. Fue en ese imposible proceso de recuperación de datos e imágenes cuando volví a examinar la habitación. Asustado seguía sin saber cómo había entrado allí. Giré el cuerpo, saqué una pierna y salí de la cama; desnudo. Al instante, decidí recuperar mi ropa.
-¿Qué hora será? –Pregunté en voz alta sin querer.
-Buenos días, mi niño guapo –dijo su voz, espesa.
Volví la mirada y la encontré tumbada, sonriente, creyéndome que me devoraba con la mirada.
Mis rodillas temblaban, mi corazón cabalgaba atropellado y el estómago se revolvía incómodo en su minúsculo habitáculo. No tenía dudas. Era un hombre dibujándose con  mujer.
-Me tengo que ir –murmuré subiéndome a gran velocidad los calzoncillos y pantalones, casi al mismo tiempo.
-¿Por qué?
-Mis padres, estarán preocupados.

Encontré los calcetines enredados junto al edredón y sin titubear me los puse. Miré la hora. Era la una de la tarde. Tenía dos mensajes en el móvil y tres llamadas perdidas. Busqué la cazadora. Cuando la localicé en la silla avancé. Me calcé, y al levantar la mirada ella estaba ahí, a escasos centímetros de mí, completamente desnuda; desnudo. Tuve que levantar la barbilla para mirarle a los ojos. Me sacaba media cabeza. Los pechos de silicona me rozaban.
-Eres muy guapo –dijo con ternura.
Su mano se elevó y fue hacia mí. Me acarició la mejilla y sin que pudiera evitarlo me dio un beso en los labios. Su lengua surcó mi boca, y yo, imbécil y congelado no me atreví a detenerlo. El beso fue eterno, pero sin saber el motivo, correspondido.
-¿Me llamarás algún día?
-Puede ser –mentí.
En ese momento me arrebató el móvil de la mano. Ni siquiera recordaba que lo sujetaba. Lo desbloqueó y apuntó uno a uno los números de su teléfono. “Me llamo Gabriela” siseó en mi oído mientras su lengua me humedecía el lóbulo.
No me soltó. Atrapó una bata rosa del armario y me llevó de la mano por un largo pasillo repleto de puertas. Al menos habría seis habitaciones más. No recordaba ninguna. Pude oír música latina y voces. En el resto se respiraba un completo silencio.
En ese preciso instante hubiera pagado todos mis ahorros por borrar aquella noche de mi vida. Me hubiera endeudado hasta las orejas por finiquitar la despedida con tan sólo chasquear los dedos. Sin embargo, no pude evitar ni un solo segundo. Aquel beso en la puerta que me separaba del portal fue una eternidad. Sin embargo, únicamente viví los escasos segundos que en realidad duró.

Bajé aquellas escaleras de tres en tres. Pisar la calle, respirar aire puro y sentir el frío me dio una libertad inaudita. Corrí sin mirar atrás. Quería llegar a mi casa en el menor tiempo posible para lavarme y borrar la historia lo antes posible. En esa carrera mi móvil volvió a sonar. Otro mensaje. Miré la bandeja de entrada. Dos de Laura y uno de Leticia. "¡Mierda!", pensé. Con miedo leí:

“Dnd stas? T llamé. Móvil y casa. Spero q no olvidars mi cumple. Es con mis padres”.

“Llámame cnd dspierts”


El segundo mostraba enfado. Sin embargo, no estaba preparado para llamarla. Tenía dos llamadas perdidas suyas. La otra era de Manu.
En cambio, el otro mensaje me hizo lucir una pícara sonrisa.
“Hla, niño. Hoy hace 1mes q supe por primera vez dl placer de ts labios. Stoy sola n casa. ¿T aptc 1peli sta tard?”

Miré mi cartera, tenía dinero. Paré un taxi, me subí y en el interior llamé a Manu para explicarle mi versión de la noche. La creyó.
Eliminado el primer frente, respiré tranquilo. En mi habitación, aún sin duchar, disfrutando de la soledad porque mis padres estaban en la casa de la playa, sólo pude pasear nervioso por el pasillo. Aferrado con fuerza a un vaso de leche trataba de no darle más vueltas a la noche. Las infidelidades deben vivir bajo techos impermeables para evitar las filtraciones. El goteo de errores agrieta cualquier corazón. Una relación es una partida de ajedrez y cada movimiento cuenta. Mi cerebro, en aquel instante, atesoraba numerosas dudas y poco tiempo. Cada día vivía más enamorado de la belleza de Leti. Había logrado compaginar ambas parejas desde hacía dos meses. “¿Pero cuánto tiempo conseguiría alargar la estresante situación?” Sí crecía mi certeza de cambiar, sin embargo, abandonar a Laura me dolía demasiado. No quería perderla por nuestro pasado, y más cuando el sexo con ella había mejorado. Con Leti era algo que todavía no había, aunque sin duda, perdía la razón por follármela.
En mi habitación, meditando la situación, me distraje al observar decenas de apuntes de informática. En un tablón de corcho decenas de fotos de amigos; vacaciones y pequeños viajes. Especialmente, había fotos de Laura conmigo. También de ella sola posando para mí. Recuerdos que inevitablemente me enternecían y jamás podría borrar por muchas infidelidades que lleváramos a cuestas. Descolgué la cadena de plata con el medio corazón y me la volví a poner. Me miré en el espejo y descubrí mi rostro espigado. Necesitaba una ducha antes de ir al cumpleaños de Laura. Era mi primera cita con padres al frente; su familia. Un gran paso. Di dos más de verdad. Miré a la habitación de mi hermano, vacía, como siempre desde hacía demasiados años. No podía evitarlo. Pasé dentro. Abrí el armario, vi la ropa, recordé y cerré deprisa. Mi cuerpo quedó de pie en el espejo que poseía la puerta. Languidecía por momentos. Sí, necesitaba una ducha y frotarme bien para quitarme aquel aroma. Además, tenía mucho que pensar y más que ingeniar.

-Apestas a alcohol -dijo después de que la besara en los labios. Hizo una pausa y me miró de arriba a abajo-, pero estás tan guapo...
-Felicidades -le susurré.
De mi bolsillo salió un sobre que justificaba vagamente un olvido inexplicable. El sobre rojo lo había cogido de la habitación de mi hermano. Dentro había un papel donde había escrito a mano: 'Vale por un fin de semana donde desees'.
-Nos lo merecemos –dije jovial.
Me besó. Oyó un "te quiero" y me llevó de la mano al salón. Sonriente y con el primer plan impecable tenía que lanzarme al segundo; más difícil.
De pronto, el flechazo de su beso me hirió el corazón. Traté de olvidarlo, pero no podía borrar la imagen de Gabriela saboreándome en su habitación. La escena conseguía repetirse nítida en mi mente una y otra vez mientras sus padres me saludaban en aquel salón. Primero tendí la mano a su padre, después dos besos a la madre, y finalmente otros dos a la fría y arrugada abuela, en cierto modo, testigo de nuestro primer polvo.
Sentado en la mesa, frente a aquella tarta con 19 velas, un bofetón mental me reveló que lo que había entre Laura y yo vivía el principio del fin. No sabía dónde estaba el fin ni cómo encontrarlo. Menos aún si iba a tener los huevos suficientes para provocarlo, pero todo en aquel salón apestaba a artificial. Allí, entre sonrisas y frases enlatadas, no podía quitarme de la cabeza mi noche anterior. No podía quitarme de la cabeza a Leti, con quien había quedado en media hora. Deseba perderme bajo la manta de su sofá y ver si podía saborear todas las esquinas de su piel. Deseaba verla en pijama esperando que mis labios corrieran sin titubear hasta encontrarse con los suyos.
-¿Te pasa algo, cariño? –cuchicheó Laura bajo la conversación familiar.
-Nada, -respondí asustado-. Estaba pensando en ese fin de semana contigo. Te quiero.
Ella sonrió, y cuando la mirada se sostuvo en mis ojos, vi el brillo. Volví a ver la cegadora luz de amor sincero y fiel que una vez tuvimos los dos. Sentí naúseas.

No sé cómo lo hice, ni por qué. Tampoco era el plan, pero un 'sms' imprevisto en medio de una copa de cava con brindis incluido, mientras la tarta esperaba impaciente en medio de la mesa, lo precipitó todo.
“Pueds vnir cnd kiers. Me muero d gans d bsart. Y no sólo n ls labios”.
Mi pierna derecha sufrió un tembleque. Fue constante e imparable. Mi entrepierna vivió un cosquilleo y comenzó a levantarse, y mi cerebro se nubló en el preciso instante que Laura hizo la fatídica pregunta. Por supuesto, había olvidado silenciar el teléfono.
-Es mi padre.
-¿Un mensaje de tu padre? –se sorprendió.
La mentira era tan evidente que ayudó a transformar mi rostro. Tenía miedo. Y ese gesto quizá podía serme válido para lo que acaba de ocurrírseme.
-Han tenido un accidente de tráfico de vuelta a casa. Dicen que no me preocupe, que no es nada, pero que los llevan al hospital para hacerles unas pruebas –escupí increíblemente del tirón.
-¿Qué?
Eso pensé yo. “¿Qué?”. Estaba sudando, pálido y asustado. A mi mala cara también debió ayudarle la resaca. Sólo se me ocurrieron cuatro palabras.
-¿Puedo ir al baño?
Laura me llevó del brazo. Mi mano temblaba, y ella sólo podía acariciarme. Sentía verdadera compasión.
Sentado en la misma taza del váter que me vio follar por primera vez, sonreí. Solo, lavé mi cara y escribí un mensaje a Leti con la victoria pataleando de alegría. Estaba frenético.
Tardé cinco minutos en volver a salir. Antes tiré de la cadena. El retrete no se llevó nada de mi organismo; sólo agua. Fuera su rostro seguía mostrando preocupación. La abracé y después de treinta segundos lancé la frase que iba a lapidar aquella celebración.
-Voy a ir a verles.
-Te acompaño –afirmó de inmediato.
La sorpresa fue mayúscula. Tenía que contraatacar. Quitarle la idea de la cabeza.
-No, Laura. Quiero ir solo. –Le sujeté la cara, la besé y no le quité la mirada de los ojos ni un instante. Debía ser convincente.
-¿Estás seguro?
-Disfruta de tu fiesta, por favor -sentencié.
Mantuvo unos segundos de suspense, pero al final afirmó con la cabeza. Yo no pude evitar correr. Coger la cazadora, guardarme el móvil en un bolsillo interior de ésta y seguir corriendo hasta el salón para despedirme. En todo momento logré contener mi felicidad interna y nerviosa. Toda esta mezcla de ingredientes fue la que me llevó al ridículo. De pronto, absurdamente, estaba en el suelo. Pisé el edredón y volé de la habitación al pasillo. Todos vinieron a socorrerme, si bien, antes de que la sangre llegara al río, me sacudí y afirmé que nada me dolía. La rodilla me gritaba desgañitada.
-Llámame cuando llegues –pidió Laura.
-Seguro que no es nada –añadió su padre-. Vete tranquilo.

“Otra despedida eterna”, pensé. Minutos eternos después corría calle abajo. No sabía cómo iba a arreglar tal desaguisado, así que decidí pensar únicamente en Leti. En nuestra celebración.

Y allí estaba. En pijama. Guapísima. Mirándome. Excitándome con sólo medio beso. Con sus pechos ligeramente dibujados bajo un ‘Snoopy’ desgastado. Me tomó la mano y nos volvimos a besar.
-¿Te gustó mi mensaje? –dijo su voz, demasiado sugerente. Inédita.
-Sí. ¿Dónde me vas a besar más? –La puerta de la calle se cerró...
-No, el otro, el del baño de agua caliente...
-¿Cómo? –Pregunté.
-Te lo envié hace unos minutos.
En ese instante me ahogué. La excitación y los nervios despertaron un cosquilleo en mí que no cesaba de crecer. Frente a mí tenía una bañera a rebosar de agua caliente y espuma para los dos.
-No lo había oído... -dije perplejo.
Recogí mi mano y la introduje en el bolsillo para coger mi móvil. Quería leer el mensaje y saber con detalle que me esperaba. Pero el bolsillo de mi cazadora estaba vacío. Veloz, busqué en otros bolsillos. Vacíos. Busqué en los de los pantalones. Vacíos. El calor y color de mi piel desaparecieron. Vacío.
-¿Qué pasa, Sergio?
-Nada, he perdido el móvil –respondí aterrado.


7
Los problemas de pensar con el pene


L
os problemas hay que afrontarlos. Ignorarlos no los hace desaparecer. Nunca. Por nimias que sean las complicaciones, deben pelearse hasta lograr la solución. No enmendar los problemas siempre aviva el riesgo de un aprieto mayor. Algunos son como una calentura en el labio, que están ahí, ocultos, esperando volver a salir. Mirar a otro lado no sirve para nada. Sin embargo, en aquel momento, joven y acobardado, creí que era el mejor y único camino a seguir. Sólo pensaba con el pene. Mi polla latente, ahogada bajo los calzoncillos, quería meterla en caliente. Mi cabeza debía reposar y evitar pensar. Ya llegaría el momento de utilizarla, y tal vez, justificar aquel acontecimiento.
Ante mí tenía una bañera de agua caliente, espuma y una chica dispuesta a desnudarse para mí. Recordaba que únicamente había conseguido ver sus pechos de refilón y bajo una fría y densa oscuridad. Laura podía y debía esperar. Quería disfrutar de aquel momento al completo. Si bien, no fue una felicidad plena. Dice un dicho que las desgracias nunca vienen solas, y quizá por eso aquella tarde viví el comienzo de otro gran problema. Tardé iempo en tratarlo como tal, y más en darle una solución. Sin embargo, existía.


Sus labios sabían a fresa. Su piel tenía el vello erizado. Mis labios secos sabrían a alcohol y mi piel parecía acobardarse cuando era atacada por pequeños escalofríos. El pánico me golpeaba en la boca del estómago. Los dos, de pie, íbamos a descubrirnos desnudos por primera vez. La tensión podía palparse en nuestras miradas, que inquietas, no lograban retirarse un segundo de las únicas pupilas allí presentes.
-Paso del móvil –dije.
-Ya habrá tiempo para eso… –Su hilo de voz planeó por el cuarto de baño mientras se quitaba los calcetines.
Hay escenas, imágenes o momentos que después de soñarse tantas veces, suceden realmente. En ese preciso instante los nervios suelen apresar al ser humano y enfrascarlo en un bote hermético de pánico. A veces de tal manera, que se hace imposible disfrutar del deseo tantas veces deseado. Lo que viví aquella tarde creo recordar que se cumplió como un sueño. Un cosquilleo me recorrió toda la piel cuando vi que sus pantalones junto al tanga descendían hasta sus tobillos. No dudó y metió uno de sus pies en el agua. Mis huevos se encogieron. Primero escondidos, después salieron a la luz, pero ella no se percató de mi desnudez. Yo sí reparé en la de ella. Vivido la noche anterior, poder contemplar aquel joven cuerpo femenino desnudo adentrándose en la bañera lentamente, fue todo un antídoto para matar cualquier mal recuerdo. Yo tampoco tardé en sumergirme junto a ella. Los dos, uno frente al otro, tumbados, bajo la espuma, mirándonos, tensos, cada vez más arrugados por el vapor y el calor del agua. En silencio, los dos esperábamos romper el hielo.

A mí nadie me explicó nunca cómo debe hacerse el amor a una chica. Menos a un chico. Tampoco imaginé que hubiera tanta diferencia entre una mujer y otra. Pensaba que un coño era un coño. Que después de haber aprendido a meterla en uno, en todos sería igual. Sin embargo, aquella tarde percibí, al menos un poquito, algunas de las diferencias que existen. Ni fue tan sencillo ni tan placentero.
A mí nadie me explicó que en el sexo había preliminares. Tampoco cómo darle placer a una mujer. Lo intuí erróneamente. Rara vez las parejas hablan de cómo mejorar sus relaciones sexuales. ¿O sí? En mi caso no. Entonces, con mi edad, sí había oído hablar de los orgasmos, pero no sabía qué eran, ni en la teoría ni en la práctica. Y menos cómo se llegaba a provocarlos. Tampoco me importaba. Y no tenía idea de que las mujeres se corrieran. Tenía claro que metiéndola y frotando ambos sentiríamos el placer que buscábamos. Que el sexo era una paja. Ni siquiera viendo películas pornográficas había querido aprender. Para mí aquellas escenas eran pura ficción. Nadie podía durar tanto ni eyacular tanta cantidad. No dudaba. Eran efectos especiales. Lo hacían para que las películas pudieran ser de larga duración. A mí una película apenas me duraba dos minutos. Justo el tiempo de una paja. Y además, creía lo que me habían contado mis amigos acerca de que los actores usaban drogas para mantener la erección y evitar correrse.

Un exceso de excitación en el hombre siempre es negativo en el sexo. No favorece el coito; menos aún un buen polvo. Pero en aquel instante, a escasos centímetros de ella, piel sobre piel, me era imposible evitarlo. No podía relajarme. Únicamente podía pensar el pene, lo que era un nivel de pensamiento nulo. Toda la sangre se manifestaba ahí abajo. El corazón me latía tanto, que no había parte de mi cuerpo que no vibrara. Fue su frase, “tomo la píldora” la que me excitó más si cabe. Mi primera vez a pelo. Luego me azotó otra pregunta: “¿No es virgen?”.
La duda voló rápido de mi mente. Su vello púbico contra mi glande avivó en mí un escalofrío que hizo aletear y tensar todos los dedos de mis pies. Traté de empujar. El agua se columpió. No nos importó. Los dos nos besábamos intensamente, como si deseáramos comernos la boca a mordiscos. Nos acariciábamos toda las partes de nuestros cuerpos, y al tiempo, tratábamos de buscarnos; unirnos. La bañera, excesivamente ancha, permitió la maniobra. Volví a empujar, ella me ayudó y el calor nos invadió muy poco a poco. Mi excitación creció a una velocidad descomunal. El gatillo estaba a punto de disparar mi semen. Mi ansia anidaba en horizontes insospechados. Todo era distinto. Tantas eran las ganas, que sólo quise empujar; masturbarme veloz. Ella contrajo mi pene con la vagina. Ella gimió. Dos, tres veces. Después estallé de placer. Mi cerebro seguía en blanco. Soñé que había sido el mejor polvo de mi vida. Y me lo creí.


El gélido aire de la calle, el oxígeno en mi cerebro y el miedo al verme de nuevo en la realidad empezó a hacerme sentir incómodo. Una voz me dijo que tenía más de un problema. Uno de ellos pequeño, pero problema. No lo achacaba a mí, sino a la falta de práctica. Tenía la certeza de que era porque no había practicado mucho sexo. Por eso no duraba. Me faltaban mujeres en mi cama. Ésta sólo era mi segunda mujer, justifiqué casi en voz alta de camino a casa. Y mientras abría la puerta del portal me propuse solucionarlo. Lo del móvil debía esperar.
Mis padres tenían la cena preparada sobre la mesa y dos llamadas para mí. Una de ellas incluía un mensaje. Laura, inteligente, había preguntado por el accidente, seguramente con el objetivo de verificar mi mentira. Justo después de que mi madre dijera con sorpresa, “¿qué accidente?”, ella se apresuró a rectificar, pedir perdón y decir que se había equivocado. Concluyó la conversación exigiendo que le llamara urgentemente. Tenía algo importante que contarme.
-Luego llamo –dije mientras me metía un trozo de filete en la boca.
Por fortuna mis padres pocas veces se entrometían en mi vida y olvidaron al instante. Además, aquella noche tenían algo que les importaba más.
-Has entrado en la habitación de tu hermano. –El rostro de mi padre permanecía congelado, mirándome.
-No –respondí firme y seguí comiendo.
-El escritorio estaba revuelto.
-¡No es un puto templo! ¿Vale? He entrado, sí, necesitaba coger una cosa, ¿Y qué? –Me levanté, dejé el plato a medias sobre la mesa, y sin mirar a ninguno de los dos, me encerré en mi cuarto.

No llamé a Laura. No supe de ella en tres días. No quería. Iba a esquivar la situación hasta que no quedara otra opción. En cambio sí supe de Leti. Hablamos por teléfono y me hizo creer que tal vez Laura no había mirado el móvil, y que tampoco había llamado al número de los mensajes (La tenía en la agenda con una ‘L’). Después de cinco minutos de conversación tenía claro que no había contactado con ella. Leti había estado como siempre. Incluso más cariñosa. Yo en cambio me notaba distante. No quería saber de ella. La preocupación por el evidente final con Laura, la chica con la que salía desde hacía un año, mataba mi libido. Además, el polvo con Leti me había herido una decepción interna. En frío, había descubierto que se había muerto gran parte de la atracción sexual. Follarse a aquel cañón no había sido todo lo que esperaba. De hecho, había tenido pajas mejores. Cruel, pero real. Y por eso, cuando me dijo que quedáramos aquella tarde para ir al cine, mostré apatía, mentí, me excusé y relegué el encuentro para un día más propicio.

En clase, en casa y con mis amigos. De pronto, ese era mi extraño y nuevo día a día. Trataba de olvidar algo que era inolvidable y creer que así todo volvería a la normalidad. No tenía móvil. El pánico de afrontar su mirada me impedía recuperarlo. Apenas veía un resquicio de luz. Más cuando llevábamos dos días sin hablar. Laura tenía que saberlo ya todo. ¿O no?
Comía lentejas cuando el teléfono sonó como siempre pero distinto. Estaba demasiado concentrado en la televisión. Mi madre se levantó. Diez segundos después, tuvo que repetir hasta tres veces: “Es Laura”.
Fue un hachazo verbal cuando mis oídos masticaron las dos palabras. La congoja me dio un vuelco al estómago. Me miró y mi piel comenzó a enmudecer.
Hay citas que nunca deseas. Sabes que debes afrontarlas, pero también asumes que terminarán mal. Rara vez te equivocas, y yo aquella vez no creía equivocarme. Era tarde, a punto de anochecer. Había quedado con Laura en el bar que tantas veces nos había visto besar enamorados. Quizá era una señal positiva y todavía había esperanza. Ella había elegido el sitio. Sin embargo, al ver su cara, las sospechas más pesimistas regresaron a mí. Necesitaba un milagro y yo quería salvar la relación. Tenía fe y era un creyente nulo.
A escasos dos pasos, su gesto era demasiado serio, pero extrañamente ofrecía una hiriente sonrisa. ¿Jugaba conmigo? No me besó. Esperó distante. Fue un primer mal síntoma. ¿Cuál era su estrategia? Tal vez buscaba la confusión. O la distracción. O quizá sabía que nada iba a arreglar la situación y había optado por un rostro repleto de soberbia y tranquilidad. Deseaba impedirme que viera su desazón.
Vestía de azul. Dibujaba una curiosa y bella silueta, ofreciéndome unos pechos generosos, excesivamente elevados y turgentes para lo que acostumbraban ver mis ojos. O tal vez el telón de la ceguera había caído a la altura de mis pies y ahora deseaba lo que irremediablemente sentía perder y vería caer en brazos de otro. Y allí, entre un silencio e intercambiando miradas incómodas me dije de pronto: “Puedo evitarlo”.


Yo pedí una coca cola. Ella una cerveza. La mudez entre ambos continuaba. Anteriormente sólo habíamos oído un “hola”, suyo, y un “¿qué tal?”, mío y sin respuesta. No hubo más palabras. Y yo no iba a pedirle el móvil. Lo asumí y me convencí. Sin embargo, no hizo falta. Ella lo puso sobre la barra.
-¿Qué me vas a contar de esto? –Bebió de un trago media cerveza.
-Nada –respondí sin tiempo para pensar-. Debió de caérseme.
-¿Y qué tal el baño de agua caliente? –Arrojó sin piedad.
-¿Cómo?
-Sí, el puto baño de agua caliente con la tal L. ¿O quieres que me lo cuente ella? Porqué es ella, ¿no? –Volvió a beber.
-No sé de qué me hablas –insistí firme sin poder probar un sorbo de mi refresco.
Ella mantuvo una quietud silenciosa quemándome con su mirada. Yo me sentía aterrado, pero no iba a echarme atrás. Pero entonces llegó mi gran error. No atrapé lo que era mío. Lo tenía a mano y desaproveché la oportunidad. Ella sí fue veloz y decisiva.
-Preguntaremos a L con quién demonios se bañó y por qué te mandó a ti el sms... Y por qué hay quince más en la bandeja de entrada de tu teléfono móvil –atacó del tirón con hiriente ironía. En ese instante vi la derrota. La creí sobre mí casi por completo. Los dos estábamos sentados junto a la barra. Ella buscaba el teléfono en la agenda. Yo, acongojado, miraba al suelo sin poder moverme. De pronto ella hizo un gesto brusco y golpeó el móvil sobre la barra. Creí que desistía, que quería hacerlo de otra manera. Pero no fue así. Al instante oí un tono. Había puesto el altavoz para que los dos pudiéramos sufrir la conversación. Al segundo tono, Leti contestó.


8
Ruptura y destrucción


S
u voz sonó viva y jovial. Deseosa de responder a la llamada que acababa de oír en su móvil. La primera palabra que pronunció fue mi nombre. No encontró respuesta. Ni siquiera la mía. Decidí no jugar. Opté por mantenerme en silencio y esperar el siguiente arrebato de Laura. No hizo movimiento alguno. En cambio Leti sí. Volvió a repetir mi nombre. Hubo otro silencio. Entonces supuse que, por alguna razón, tal vez tenía la suerte de ver cómo Leti colgaba el teléfono. Si no encontraba mi voz al otro lado, por qué iba a insistir. No ocurrió así.
Laura procedió y dibujó ante mí un gesto claro. Ella veía más que evidente nuestro futuro inmediato. No atisbaba más salida que actuar. Hablaba yo o hablaba ella. Y quizá, debido a que nunca se me ha dado bien pensar bajo presión, ella actuó primero. Yo, sin saber bien por qué motivo, todavía buscaba en mi mente la manera de salvar la relación con Laura. Deseaba mandar a Leti a la mismísima mierda más podrida del planeta. “Entre ella y yo todo ha terminado”, me mentí. “La posible solución está en nuestro pasado. Si yo perdoné su infidelidad, ¿por qué ella no?”, Medité.
Vació la cerveza. Posó el botellín sobre la barra y cogió el móvil. Yo continuaba entumecido en el taburete. Y tres segundos después de la tercera y última vez que Leti dijo mi nombre, comenzó el diálogo. En esa última ocasión, Sergio sonó con tono interrogativo. El bullicio del bar pareció desaparecer, pero el sigilo únicamente era fruto de mi acongojada imaginación.
-Hola –dijo Laura con el altavoz activado.
Me sobresalté, pero sólo en mi interior. Mi cuerpo no movió una pestaña. En esta ocasión, la respuesta de Leti no incluyó mi nombre.
-Disculpa. ¿Quién eres? –La pregunta brindaba recelo y sorpresa.
Hundí más la cabeza y la mirada. Quería desaparecer, que el dibujante de aquella historia borrara mi silueta con su goma y dejara un vacío sobre el espacio que ocupaba en aquella viñeta. Pero aquello no era ficción. Tenía que afrontar el lío en el que estaba metido.
-Hola –reiteró Laura-. Soy la novia de Sergio, le conoces, ¿verdad?
-Sergio... –repitió.
-Sí, Sergio –insistió de nuevo-. Un chico moreno, ojos y pelo negro, no muy alto, algo guapo y, por supuesto, muy cabrón.
Sonrió y me miró aún con la última palabra entre los dientes. La disfrutaba. Herido, de pronto incluso temí que escondiera una bofetada bajo la manga. La temía.
-¿Sergio Martínez?
-Ese mismo. Está aquí conmigo, callado como un puto cobarde. No quiere dar la cara. Nos ha engañado a las dos, ¿sabes? Y a mí me ha puesto los cuernos, contigo, ¿verdad? –explicó pausada y sin elevar la voz.
-Es una broma...
-No. ¿Quieres comprobarlo? –retó cortando su frase.
El órdago me abofeteó.
-¿Cómo? –Preguntó Leti.
Por primera vez levanté mi hundimiento corporal. Había llegado el momento de mover ficha. No quería que la mierda se me colara entre los dientes y me asfixiara hasta la muerte. No deseaba que mi final fuera tan vergonzoso. Yo no era así. Si perdía a aquella chica, quería hacerlo con orgullo. Era mejor que ambas.
No había bebido una sola gota de mi coca cola, pero sí las palabras hirientes de Laura. Llegaba mi turno. Iba a devolver cada uno de los golpes y con intereses a un elevado porcentaje. Y pese a que el ardor en mi estómago alimentaba una bomba a punto de estallar en el mismísimo infierno, lo que podría a destruirnos a los dos, no pensaba tocarle un solo pelo. Únicamente deseaba expresarme, pero no encontraba las frases violentas que rompieran la tortura telefónica. La ira me quemaba y las uñas de mis manos dolían ya en las palmas de mis manos.
La miré a los ojos. La amenacé. Entrecerré los párpados. Escupía fuego, odio, rabia, impotencia y ansias de venganza. Y sin soltar una sola palabra, yo creía que había puesto todo aquello en el ambiente. Laura me sonrió, satisfecha y orgullosa de lo que había obtenido de mí. La cólera me convulsionó y Laura retomó la conversación. Apenas habían transcurrido unos segundos, los necesarios para que ella pudiera disfrutar de mi dolor.
-Ven al bar y que Sergio te lo explique. Estamos en La Latina. ¿Sabes llegar? Es un bar que se llama ‘Anina’, junto a la plaza del mercado. ¿Lo conoces?
-Sí –afirmó áspera.
-Aquí...
La aticé. La golpeé, pero lo hice concretamente en la mano que sujetaba el móvil. Lo hice con rabia, energía, con mi mano izquierda abierta y de forma instintiva; sin pensar. El aparato salió despedido de entre sus finos dedos. Voló y se estrelló contra la pared que quedaba frente a la barra. Los dos nos miramos, perplejos. Ella sorprendida. Yo asustado por mi acción. Raudos buscamos el punto exacto en el que había quedado el teléfono. Y en ese lance, atrapados por la tensión, decidí lanzar mis primeras palabras.
-No te entiendo, Laura –dije con la voz ajada por el largo silencio-. Me engañas con otro, otros, ¡Joder! Lo hago yo y tengo que soportar esta puta mierda... ¿Lo crees justo?
El chantaje congeló su rostro. Por primera vez la vi recular y dudar. Nos volvimos a mirar, obviando por completo el móvil, que había quedado en el suelo, junto a una columna y bajo una silla de madera.
-¿Hola? –Oímos con nitidez.
Buscamos la voz, y los dos, como si un muelle se hubiera activado en nuestros asientos, nos levantamos de un salto y nos abalanzamos hacia el teléfono. Al parecer, y milagrosamente, sólo se había soltado la tapa. La batería seguía intacta en su lugar. Le clavé mi codo y llegué primero. Lo cogí y me protegí. Enarqué las cejas, sonreí y colgué de inmediato. Las miradas de los clientes nos acometieron, pero las ignoramos.
-¿Qué quieres? –Pregunté-. ¿Qué deje a esa zorra? Fue una vez, sólo una puta vez, ¿vale? No pasó nada. Lo del baño de agua caliente es mentira, una maldita fantasía. ¡Si es una pija de mierda!
-¡Mientes! ¡Hay miles de mensajes en el móvil! -gritó
-¡Te has vuelto una puta loca! –Exploté.
-¿Qué?
-A ésta sólo la conocí una noche, tonteamos, le pasé mi móvil y empezamos a hablar por sms, nada más –concluí con escasa serenidad.

Una falsa calma nos invadió. Fue una leve pausa tensa. Me dio tiempo a pensar. Creí que había ganado mucho terreno en poco tiempo. Atisbaba la victoria, creía. La mentira estaba de nuevo, una vez más, a punto de salvar aquello. Sin embargo, cuando la miel estaba a punto de rozar mis labios cometí un grave error verbal. Las palabras brotaron de mi corazón herido y rencoroso, y la cabeza no las filtró.
Mi móvil sonó. Volví a colgar sin dudar. Y al segundo apagué el teléfono. Leti debía esperar.
-No te creo –siseó con las primeras lágrimas en los ojos.
-¿Y por qué debí creerte yo a ti? –Pregunté- ¡Tu fuiste más zorra que yo y te perdoné!
-¿Más qué? –aulló entre lágrimas- ¿Más qué? ¡Puto Cabrón de mierda!
En esa ocasión las miradas de los allí presentes nos acecharon sin disimulo. Me hundí un instante cuando su grito se derrumbó sobre mí. Decidí jugármela.
-Sí, Laura –insistí-. Yo me he dado cuatro besos con esa chica, lo admito, pero tú te liaste con varios, ¿recuerdas? ¡Me lo dijiste tú! A eso aquí, en mi pueblo y en la china lo llaman zorra ¿o no? Yo he tenido que vivir con los cuernos estos meses y jamás te lo he echado en cara. Y ahora tú me montas este puto numerito. ¡Por cuatro putos besos! Zorra de mierda...

La bofetada silenció el bar. Su cara abatida y humedecida poco tenía que ver con la mía, encendida aún por mis últimas palabras. Ni me inmuté. Mi mejilla brillaba enrojecida. Estaba crecido y no iba a rectificar ni una de las letras que acababa de lanzar. Quería volver a tener la sartén por el mango. Quería dominar.
-¡No es justo! –dije dolido.
-Sergio... –dijo Laura.
-¿Qué?
-Cabronazo –suspiró-, hemos roto.
Sus ojos se escondieron y su cuerpo abatido se dirigió a la salida a gran velocidad.
-Gracias, zorra... –repliqué con un susurro prepotente entre dientes y media sonrisa.
No dudaba. Ella dio media vuelta. Regresó decidida, violenta y trató de abofetearme. Esta vez no me cogió por sorpresa y atrapé su brazo por la muñeca. Lo intentó con la otra mano, pero también la frené. Cerró los puños, buscó mi pecho, pero finalmente rompió a llorar y se liberó de mí sin que yo lo impidiera.
-Vete, anda, será lo mejor –concluí.
Desapareció en cuanto la puerta del bar se cerró. Miré alrededor y fue fácil descubrir las miradas. Me tomé la coca cola de dos tragos, pagué y me fui. Estaba nervioso, liberado, asustado. Creía que había ganado. De alguna manera, la victoria era más mía que suya.


Tardé tres meses en volver a ver a Laura. No en cambio a Leticia. Me la tiré un fin de semana después y varios más. Conseguí convencerla. Yo no sabía nada de la conversación del bar. Después opté por el romanticismo. Primero recorté la distancia entre los dos. Después lance una tierna mirada continuada. Le susurré que ella era la única, y en un escaso minuto, sin saber bien cómo, confió en mí y pude volver a probar sus besos. Quería saber si podía follármela de otra manera. Intenté actos más sentimentales. Evité penetrarla al instante y primero disfruté de su cuerpo. Recorrí su piel con mis labios. Pero una vez más todo fue un fracaso precoz. Yo me corrí. Ella creo que no. Así, tras dos meses repletos de malos polvos decidí ponerle fin. Necesitaba otra mujer. Con Leti no avanzaba sexualmente y opté por ignorar su existencia. Un día llegó la pregunta fatídica. Minutos después respondí de la misma forma que lo había hecho ella, a través de un sms. De esta manera rompía una nueva relación.


Mi vida, de pronto, comenzó a cambiar. Nunca supe qué me llevó a tal locura. Sí sé cómo me decidí por la prostitución. La creía una solución a mi secreta precocidad. Veía en la profesionalidad una forma de controlarme. Las drogas vinieron de Manu, que a la espera de juicio estaba en libertad. Volvió a mi vida con una bolsita repleta de cocaína y los teléfonos de varias putas. Necesitaba probar si la droga funcionaba. ¿A qué sabía la cocaína? ¿Qué efectos producía en mí? El lugar de las operaciones fue la casa de mis padres, que una vez más se habían ausentado para disfrutar de la playa.
Aquella noche di un verdadero giro a mi vida. Todos mis sueños, estudios, un futuro trabajo como informático, aprobar el carné y comprarme un coche, morirían antes del amanecer. La loca fiesta de solteros, con sexo, droga y música, fue el principio del fin.
Uno nunca sabe cómo azota la droga hasta que el rulo de un billete pegado a la nariz empieza a absorber el polvo blanco. Tuve miedo. Sin embargo, cinco minutos después estaba eufórico. Lo suficiente para follarme a la puta y creer que iba a tener el mejor polvo de mi vida. Era guapa y bajo el abrigo no escondía sus pechos. Nos miramos, sonreímos y decidí que fuera por separado. Fui el primero. Ella se sentó sobre mí y cabalgó. Fue menos breve, distinto y muy placentero. Sobre todo la felación. Pero hoy sé que también fue objetivamente breve.
Bebimos whisky, bebimos ron, bebimos chupitos de tequila y nos esnifamos un gramo de cocaína en apenas tres horas. Una hora después tomábamos copas en un bar de Madrid. Desencajados, hablando mucho y riéndonos nos creíamos capaces de follar a cualquiera. Sin embargo, no fue así. Pese a que cambiamos de pub, el sexo gratis no parecía llegar. Cambiamos. Y tampoco. Y cuando llegaron las seis de la mañana sucedió todo. Desde la barra, al fondo, entre el gentío, divisé la silueta de Laura. Tal vez nada hubiera sucedido si alguien no le hubiera comido la boca en ese instante. Manu no me detuvo, sólo me incitó.
-¿Le rompemos la boca?
-No, déjame –respondí.
Empujé y llegué a ellos en un tiempo prudencial. Quizá fui muy brusco.
-Buenas noches, zorra –declamé con media sonrisa.
 

9
A golpes hacia el abismo

M
i mueca sonriente duró dos nimios segundos. El tipo que acompañaba a Laura se giró, me clavó la mirada, y cuando yo levanté el puño para destrozarle aquella cara de gilipollas, sus nudillos se incrustaron en mis dientes. Él fue más rápido. Todo sucedió demasiado deprisa. La multitud sintió una fuerza invisible que les obligó a moldear un vacío entre nosotros. Laura reaccionó y se interpuso entre ambos. Yo me abalancé hacia él. Histérico, descontrolado, moviendo mis brazos torpemente, tratando de alcanzarle en alguna parte de su cuerpo. Sin embargo, ni siquiera llegué a tocarle. Alguien me aprisionó desde la cintura y me arrastró hacia atrás. Cogí vuelo y pataleé. No pude evitar que la distancia entre ambos fuera creciendo. La música cesó. Las miradas distantes cayeron sobre mí, y enfurecido, mi cuerpo sobrevoló hacia la calle.


La noche parecía más oscura, aunque al final de la calle la claridad del amanecer era cada segundo más que evidente. Manu me recogió del suelo, desde donde yo trataba de reconstruir lo sucedido hacía un instante. Me levantó y me transportó veloz hacia lo que pudiera ser nuestra trinchera; un espacio sin peligro; dos manzanas más abajo.
-¿Estás loco o qué? –Soltó furioso en cuanto estuvimos solos.
Yo trataba de acomodarme en un banco de madera.
-No lo estoy –respondí indiferente.
-Toma –dijo tendiéndome un pañuelo.
Lo cogí. Era de papel. Lo desdoblé sin darle las gracias ni abordar su mirada. Me limpié la sangre de los labios, barbilla y dientes, y seguí escondido en mi cuerpo. La boca me dolía horrores. No era capaz de gesticular. Realmente, aquel tipo me había borrado la media sonrisa de un zarpazo. Escupí. Era sangre. Viscosa. Entrecerré los ojos levemente y después de unos minutos en mí, volví a levantar la cabeza y encontrarme con mi amigo.
-Aún tienes sangre –dijo señalándome la barbilla.
Me la retiré con rabia. Ya estaba seca y no me supuso excesiva dificultad limpiarla.
-Fue instinto animal... –logré pronunciar.
-¿Y viste que había siete tíos junto a él?
Ignoré la pregunta. Me puse de pie, escupí nuevamente, y después de dar cuatro indecisos pasos, dejar a Manu a mi espalda, regresé. Colocado a su lado, le miré, sonreí escuetamente, justo lo que me permitía evitar el dolor y cambié de tema.
-No nos queda coca, ¿verdad?
-No –respondió resignado.
El silencio entre los dos era insólito. El único en toda la noche. Volví a sentarme en el banco, frente a él, me pasé el pañuelo por los labios, y cuando el espasmo de dolor cesó, reviví una y otra vez aquellos tres minutos de mi vida. El pecho se me empequeñecía por la rabia que disparaban los latidos de mi corazón. Cada segundo, el sosiego era menor y el deseo mayor. El ímpetu no desaparecía de mi organismo. Estaba inquieto. Cada uno de los dedos de mis manos se tensaban y relajaban constantemente. Intenté relajarme. Respiré profundamente, pero mi ira azotaba y buscaba la manera de emprender la venganza a tal vergüenza.
-¿La penúltima? –Interrumpió Manu de pronto- Para relajarnos y terminar bien la noche...
-Perfecto –respondí al segundo.
-¿Estás bien? –Se preocupó.
-Mejor que tú –ironicé-. ¡Qué hijoputa!
Me levanté de nuevo. Estiré mi cuerpo, los brazos y miré alrededor. Manu me observaba, tal vez preocupado. Yo, de manera inconsciente, seguía buscando a quien sabía que no iba a encontrar fácilmente: A Laura.

La calle contigua albergaba los últimos borrachos de la noche. Almas en pena sin un rumbo controlado, sin destino concreto ni ritmo continuo. El sueño vencía a cualquier preocupación. La jovialidad reinaba frente a la tristeza, y la ceguera les impedía ver con nitidez dos metros más allá de sus narices.
-Olvídate de la zorra –sugirió Manu desde atrás.
-La voy a matar, tío. ¡Es una puta hija de puta! –Exploté- La muy zorra le ha defendido a él. ¡La muy zorra, tío! ¿Quién la desvirgó? ¡Yo! ¿Y quién es ese gilipollas? ¡Nadie!
-Tranquilo... –Calmó poniéndome la mano en el hombro- Deja de decir chorradas. Vamos al ‘Zulo’ y olvidémonos.
-Pero que sepas que la mataba... –Susurré risueño mientras comenzábamos a andar.
Manu se detuvo al tercer paso. Me miró. Serio me cogió de los hombros, y frente a mí sonrió.
-Al ‘Zulo’ y nos olvidamos de todo.

No hubo respuesta. Sólo afirmé moviendo la cabeza. Giramos hacia la calle de los garitos. No quedaba abierto alguno. Ni siquiera el pub que me había visto salir volando. Las persianas ya habían caído hasta besar el suelo. No quedaba resquicio alguno por el que pudieran escapar las notas musicales. La noche dormía placentera en el vacío de los sucios bares. El sol casi asomaba a nuestras espaldas y el bullicio de los jóvenes se convertía en sucesos intermitentes comandados por pequeños grupos. La caza del taxi y la búsqueda del autobús y el metro eran los principales propósitos de las manadas efímeras.
No tenía en mi mente una nueva copa, pero sabía que tal vez era el camino a seguir para destruir aquella tormentosa noche. Mi labio superior presentaba muy mal aspecto, contemplé al mirarme en la ventanilla de un coche. A lo mejor una copa mejoraba su estado de salud; la física, ya que la mental seguía turbia. Un odio se alimentaba de ese dolor. Un milagro sostenía mi ímpetu corporal. Acepté contenerme. De hecho, por momentos creía sin duda que lo mejor era seguir ahogándome en alcohol para desinfectar y asesinar los malos recuerdos.
Al ‘Zulo’. Allí íbamos. Así era como llamaba Manu a un antro de perversión que cerraba sus puertas a las doce del mediodía. Caer en aquellas cuatro paredes te empujaba a contemplar la decadencia absoluta del ser humano festivo. La luz en su interior sólo nacía de contados y pobres focos de colores que impedían ver el movimiento continuo de las personas. En ocasiones era imposible verse las caras. Ni siquiera a medio metro.
Los dos seguíamos caminando en un silencio intenso. A mí me importaba un comino ese mutismo. Yo seguía en mí, centrifugando cada uno de mis pensamientos. Imaginaba la copa de whisky, la que podía matar la irá que latía en cada uno de los 96.000 kilómetros de mis arterias y venas. Recordaba la impotencia de haber perdido aquella noche. Aún me dolía más esa herida que el labio. Curarla sólo tenía un medicamento: La venganza. “En píldoras o en sobres, daba igual”. Sonreí al pensar el chiste absurdo.
-Vamos a follarnos a alguna guarra, ¡ya verás! –Irrumpió Manu.
Quizá la oscuridad del ‘Zulo’ podía regalarnos a alguna joven borracha. Nos la llevaríamos a casa. Faltaba coca, pero también podía conseguirse. No era imposible. De menor calidad, pero droga al fin y al cabo. Y por supuesto, queríamos la otra droga, a la que es adicto todo hombre. La droga que nubla la razón, del ser humano masculino en mayor proporción, y por la que se destrozan a diario miles de vidas: El sexo.
Era puro sexo. Descargar. Meter. Matar el ansia. Nada más. Desgraciadamente sólo queríamos desnudar, sobar, penetrar y corrernos. Tan simple y repugnante. Y queríamos que fuera gratis. “Que sea guapa a estas horas de la noche poco importa”, sugerí de camino. Al mismo tiempo los dos comenzábamos a reírnos. Nos bastaba una chica que buscara un buen polvo, el que nosotros íbamos a prometerle regalar sin asegurarle que lo fuera. “Y si la borrachera ayuda a un dos por uno mejor”, apuntó Manu.
Nos miramos otra vez. Nos detuvimos y repetimos las palabras “¡dos por uno!”. Lo hicimos casi gritando. Al instante soltamos una carcajada. Nuestros cuerpos se doblaron y las risas golpearon contra el suelo. Después nos echamos hacia atrás y buscaron el cielo. No sé qué nos pasó. Sólo recuerdo que las carcajadas no terminaron hasta que ambos jadeamos sin apenas aire. Nos apoyamos el uno en el otro y cuando recuperamos el aliento y logramos incorporarnos, Manu musitó, “Vamos, anda”.
Me levanté. El labio superior me dolía mucho más que antes. Me lo toqué. Sentí un latigazo y calle abajo seguí la estela torpe de Manu.

Durante breves minutos, la risa había curado en cierta medida la herida sentimental. Sin embargo, aquella calle semivacía, a escasos doscientos metros del ‘Zulo’, volvió a abrirla. A lo lejos, una silueta que no confundiría ni al borde de un coma etílico, la despertó. Me vi de pronto caminando con los párpados levantados hasta el límite, analizando con detalle lo que percibía. Decidí detenerme. Nervioso, inmovilizado. Las rodillas me flojearon. Las palmas de mis manos desaparecieron y sentí en ellas las uñas. La idea me atacó el corazón, que se aceleró, pero la lucidez cerebral y la voz de Manu me detuvo en un primer instante.
-¿Qué haces ahí? –Preguntó siete pasos por delante.
-Me voy a casa –solté sin pensarlo demasiado.
-¿Cómo?
-Me ha dado el bajón. Me piro. –Y no había terminado de pronunciar la última frase cuando caminaba acelerado en dirección contraria.
-¡Pero qué haces, gilipollas! –gritó.
Oí mi nombre hasta cuatro veces. Y cuando esperaba la quinta, crucé la calle, desaparecí a sus ojos y corrí.
Sabía dónde iba. Lo tenía claro, pese a que cada paso que echaba mi cuerpo hacia delante me aterraba. Algunos nervios me apresaban, pero otros me empujaban hacia mi destino. La respiración me ahogaba. La sed física no crecía en mí, sí en cambio la mental.

Había estado en aquel portal infinidad de veces; infinidad de despedidas; más besos. Sin embargo, ninguno iba a ser como el que iba a darle aquella noche. Y lo iba a hacer en su portal. Conocía a la perfección cada uno de los barrotes grises; su tacto. Sabía de memoria la forma del pomo y justo la altura en la que comenzaba el cristal. Quería que aquella noche durmiera con el sabor de mis labios. Que notara el tacto de mi piel labial y no lo olvidara hasta el último segundo de su vida.
Giré una calle más y cuando me creí solo, les descubrí. Estaban besándose en un garaje. La oscuridad casi no me dejaba reconocerlos. Estaban cerca de la parada de Metro de Ópera. Ella no necesitaba coger el transporte público. Lo sabía y rezaba lo que no sabía porque él sí. No quería complicar aquella final de la noche a la que apenas quedarían veinte minutos. En ese tiempo, no dudaba que seguro sería de día.
Me hervía la sangre cuando los minutos continuaban pasando en mi reloj y ellos dos no se separaban. Estuve a punto de irme y también a punto de saltar el coche, darle a él una patada en los huevos e improvisar. Sin embargo, seguí esperando. Él cogía a Laura por la cintura; mi cintura. Le acariciaba el cuello mientras le retiraba suavemente el cabello. Sus labios se perdían por su clavícula; mi clavícula. Subió lentamente y finalmente se derrumbó con pasión en sus labios; mis labios. Cumplió mi deseo.

Me senté un instante en un pequeño escalón, tras un coche, desde donde podía verles con facilidad. En ese instante decidí tener paciencia infinita. Ser paciente hasta la eternidad para plasmar como fuera mi objetivo. Mi momento persecutorio se complicó cuando los dos bajaron las escaleras del metro. La posibilidad de que ella durmiera en casa de él me alteró. Estuve a punto de seguirles hasta los tornos aun a riesgo de que en el interior la luz artificial me descubriera. Afuera me abrigué más. Caminé hasta la valla que bordeaba la boca del Metro. Me asomé. Me alejé. Volví y entonces decidí bajar las escaleras. Y en esa precisa decisión sus zapatos aparecieron. Vi sus pies; mis pies. Me giré, salté y corrí cinco segundos largos hasta cruzar la calle y esconderme a más de cincuenta metros. Sí, era Laura.

Nunca imaginé llegar a aquella situación. Sentarme en aquel escalón y disfrutar tantísimo mientras la veía llegar en solitario. Estaba achispada y deambulaba con un leve vaivén. Vestía una de sus bonitas faldas vaqueras y una cazadora verdosa. Sólo quería volver con ella. Demostrarle que mis besos aún enamoraban. Y sólo había una manera: Besándola.
Me levanté. Y cuando estuvo a tres pasos me vio.
-Hola –dije en voz baja, ofreciendo un aire seductor y amigable.
-¿Qué haces aquí? –Articuló sobresaltada.
-No te despediste de mí tras la pelea. Fue de muy mala educación por tu parte. –Ironicé.
-Sergio, vete por favor. Déjame entrar en casa... –suplicó desde la distancia.
Estiré la mano y la invité a pasar. Le sonreí y le volví a insistir que podía subir a su casa. Ella confió.
-¿No me creerás un psicópata?
-¿Está bien tu labio? –Se preocupó. De pronto dio medio paso.
-No, la verdad. –Se lo enseñé y ella quiso verlo. Se acercó. Demasiado. Fue la trampa. Sabía que iba a volar hasta las estrellas por el dolor de mi labio, pero cuando sus dulces dedos buscaron tocar mis labios, el cepo se cerró. Mi mano derecha apresó su muñeca izquierda, mi otra mano la atrapó de la cintura y mis labios se hundieron en los suyos. Y en tal maravilloso acontecimiento, mi lengua buscaba surcar y abrazarse a la suya. Cerré los ojos y el dolor fue desapareciendo. No obstante, meramente fue durante los escasos segundos que conseguí retenerla pegada a mí.
-¡Gilipollas! –Chilló en cuanto mi fuerza se suavizó y logró separarse.
-Te quiero –suspiré.
Entonces me abofeteó. Me abofeteó como nunca nadie lo había hecho. La mandíbula me tembló. La marca de su mano podía calcarse en mi cara con un rotulador. Mi cuello tuvo que voltearse cerca de noventa grados. Y sin mediar palabra, dos segundos después, sin saber por qué, yo le devolví la bofetada. Mi ímpetu se disparó. Tanto enloquecí, tal fue el odio, la ira, el asco y la impotencia, que la golpeé con todas mis fuerzas. El rechazo me hacía aborrecer su presencia. Y sólo hizo falta un tortazo. Mi mano la derrumbó. Y yo, rabioso y nervioso me abalancé sobre ella.
-Eres mía y lo sabes. Siempre lo serás –dije mientras estaba de rodillas sobre ella sujetándole las dos muñecas.
-¡Y una puta mierda! –Arrojó entre lágrimas.
-Te podría follar aquí ahora mismo y nadie se enteraría –advertí.
En ese instante, ya bajo la primera luz albina de la mañana, todo se precipitó. Laura me miró con sumo odio, escupiéndome en los ojos hasta en dos ocasiones. Al instante trató de zafarse, yo solté mi mano izquierda, la cerré convirtiéndola en un puño y como un acto reflejo, éste se abalanzó sobre su cara.
            

10
Abrazando la locura

L
a locura es demasiado amplia y compleja. Sin embargo, me resultó fácil aferrarme a ella. Sin quererlo ni darme cuenta me abrazaba. Lo que nunca he sabido es si la locura me apresó antes de aquella noche en la que decidí seguir a Laura y vengarme. La violenta escena que rubricó el fin de nuestra historia se me repetía en infinidad de ocasiones durante pensamientos absortos, cada vez más habituales. Y en mis sueños. No iba tan ebrio para poder añadirle algún olvido. Ni siquiera podía introducirle borrosidad a los recuerdos. Tampoco la coca, creo, fue la culpable de que perdiera el control. Tal vez fue el escupitajo que nació de sus labios y ahogó mi mirada. Ultrajado, veía cómo sus ojos abiertos y sinceros seguían arrojando odio. Y aun atrapada por mí, sus gestos continuaban asegurándome que aquel cuerpo ya no era mío. Aquellos labios despreciaban mis besos, y yo no pude soportar aquel tormento martilleando feroz en mi cerebro. No pude consentirlo. Estaba pegada a ella, pero la distancia era cada segundo más brutal. Ella se alejaba y mi físico le ataba. Quería retenerla para siempre, pero mis gestos, acciones y palabras lograron lanzarla a un infinito tan remoto, que no podía atisbar una mínima sombra de su existencia.

Hoy puedo respirar tranquilo porque la rutina de un vecino, tal vez, salvó la vida de Laura. El footing, un deporte tan sano y mañanero detuvo mis golpes y separó físicamente mi cuerpo del suyo. Un fuerte empujón me hizo rodar varios metros. Durante unos segundos reinó la calma. Ya nada nos volvió a unir lo suficiente para sentir una pizquita de cariño. Ni siquiera indiferencia. Su rostro disparaba una mirada rota, disipada y repleta de lágrimas y sangre. Traté de cerrar los ojos. Soñé desaparecer. Busqué los recuerdos en los que Laura me sonreía, acariciaba, susurraba, besaba y amaba. Pero de pronto, una voz grave me obligó a abrir los ojos. Allí, frente a ellos tenía mis nudillos heridos. Me miré los dedos y éstos buscaron retirar alguna lágrima de mi cara. Sólo limpiaron pequeñas e inocentes gotas de sangre femenina. Me miré la ropa. También acumulaba manchas. Tenía mucho más de lo que nunca imaginé. Las observé y comencé a llorar. Acababa de dar un paso demasiado firme y equivocado. Nadie iba a rescatarme de aquel terreno peligroso y asqueroso. No sabía cómo lo había hecho ni por qué. Y peor aún, no sabía si me preocupaba.
El arrepentimiento oficial sólo llegó cuando me enfrenté a un juez. La decisión total la tomaron mis padres, si bien no sé todavía si ésta ayudó a curar mi culpabilidad. Laura y yo, distanciados, llegamos a un acuerdo. Y escuchando mi futuro inmediato lloré. Me creía merecedor de ello, pero seguía llorando como un niño mientras aceptaba. Días después, continué con llantos íntimos y secos. Sería un mínimo de un año.

Había tenido contadas peleas en mi vida. La mayoría, grupales. Las pocas que había disputado en solitario se habían saldado con una contundente derrota a mi favor. En ningún caso había disfrutado del extraño sabor que producían mis golpes colisionando en un cuerpo contrario.

Aquella madrugada, con el amanecer más que evidente sobre mi cabeza, de rodillas sobre ella, sabía que deseaba ver mi puño rompiendo su cara. Necesitaba voluntad. Por desgracia la tuve. En aquel preciso momento, cuando ocurrió por primera vez, no sé cómo explicarlo, pero disfruté. Un latigazo pellizcó mis dedos, heridos y sangrientos. La expresión de la cara de Laura se transformó en pánico. Aún con su saliva en mi entrecejo, todo había cambiado. De pronto, yo dominaba la situación. Ella dejó de patalear. Estaba inmóvil en el suelo y fácilmente sometida. La mirada de súplica, junto al placer, y la adrenalina en mis nudillos y corazón me empujaron a golpearla tres veces más. Tras el segundo puñetazo su sangre me conquistó la cara. En el tercero oí un chasquido que debieron decser los huesos de su nariz.

Abstraídos en nuestro vacío, en silencio, me sentía protegido peleando en una burbuja transparente. Esa protección me impidió escuchar los gritos del vecino. El hombre calvo, con cerca de 40 años y una escasa barriguita deportiva sólo tuvo que tocarme para que despertara. De inmediato me empujó con brío hacia un lateral y logró así separarme de mi presa. Exhausto, no traté de regresar a ella. Únicamente me mantuve reviviendo una y otra vez los últimos minutos de mi vida.

Nunca le quise pegar. “Jamás”, sentencié amenazado por aquel hombre, que sin embargo, no me tocó un solo pelo. Laura se puso de pie sin decir una palabra. Mostraba la cara desfigurada, amoratada y ensangrentada. Se acercó, me miró a los ojos queriéndome herir y me atizó una patada en el costado izquierdo. El vecino se lanzó sobre ella, porque rabiosa quiso repetir. El hombre impidió una batalla en la que seguramente me tocaba ser el perdedor. No tenía fuerzas ni las quería buscar. Laura pataleó, gritó y me insultó. Parecía un sueño. Todo era muy lejano. Tumbado en el suelo, mirando al cielo sin verlo seguía apresado por mi acelerada respiración. Giré la cabeza y me quedé hipnotizado con el balanceo del mp3 de mi salvador. Ahí, en posición fetal, estaba protegido, sumido en una abstracta reflexión sin destino. No me moví. De hecho, tampoco creí moverme minutos después. Caminé congelado física y mentalmente cuando tuve que volver a sentir el frío metal en mis muñecas.


Fue un tiempo extraño. Mi madre, poco a poco, comenzó a colarme ciertos relajantes en el colacao, el zumo o el vaso de agua. Siempre a primera hora de la mañana. Éstos mataban mi actividad, todo mi ánimo y me convertían durante largas horas en un verdadero vegetal. Descubrí su maniobra enseguida, sin embargo, no hice nada por evitarlo. Por alguna extraña razón, tal vez adictiva, seguí dejando que lo hiciera. Las píldoras adormecían la ira que me provocaba todo lo sucedido. Me costaba reconocer el error. Ensimismado en recuerdos y pensamientos acababa culpando a Laura de mi estado. Sin duda. Y quizá por eso prefería que las drogas evitaran una nueva enajenación. En aquel estado, mis fuerzas no lograrían llevarme de nuevo al rellano del portal. Enamorado y herido, era posible. Fueron demasiadas las tardes, que endrogado, imaginé y deseé levantarme del sofá para terminar lo que había empezado. Me enredaba en pensamientos tan maquiavélicos, que cuando despertaba sólo deseaba una nueva pastilla que me ayudara a dormir.

“Nadie podía follarse a mi Laura”, machacaba mi cerebro. Me hervía la sangre si imaginaba que aquel tipo la penetraba. Me hacía vomitar hasta sentir que me arrancaba la garganta a pedazos. Después, una mano invisible me abofeteaba, me cogía del pescuezo, lograba ponerme de pie, y a patadas me empujaba hasta la calle. Debía regresar a la escena; al portal de Laura. Allí esperaría hasta verla aparecer. En aquella ocasión no terminaría con vida. En su muerte vería mi paz. Mi descanso y sosiego. Si ella no existía no podía hacerme daño. Nunca pensaba en las consecuencias. Aquellos sueños homicidas eran la única vía que me liberaban de un doloroso tormento. Por fortuna, mi madre impidió que se convirtieran en realidad.

Recuerdo tres visitas antes de que el escenario de mi vida sufriera el cambio. El primero en venir a verme fue Manu. Apareció serio. Pasaban las cinco de la tarde. Tomó una coca cola. Me dio un poco de conversación, aunque él tuvo más palabras que decir que yo. Sólo me arranqué cuando quise pedirle perdón, pero entonces ya no lo tenía enfrente. Las otras dos visitas también fueron masculinas y por la tarde. Javi llegó junto a Fernando, Darío y Óscar. Los cuatro vivieron una visita tensa con la reprimenda constante de mi madre, que desde la cocina les pedía que comieran algo. Yo permanecía tumbado en el sofá. Javi y Darío, junto a mis pies. Fernando y Óscar sentados en sillas en frente. No hicieron comentario alguno de lo sucedido. Creí que apenas habían estado dos minutos, sin embargo, debieron superar la media hora.
La última visita fue la de mi padre. Pese a vivir en casa, había evitado en todo momento coincidir conmigo. No me había dicho aún una sola palabra. Tan sólo había conducido de camino a casa. Acto seguido se encerró en su estudio. Ni siquiera estaba con nosotros en la mesa a la hora de comer, cenar o desayunar. Aquella tarde decidió enfrentarse a mí por primera vez.
-No te parece suficiente todo lo que hemos sufrido ya por tu culpa –dijo sin mirarme a los ojos, sentado en el sillón contiguo de la derecha.
Mantuve la calma, en silencio. Sentado, con los pies encima del sofá y abrigado con una manta hasta la altura del cuello. Resistí con el rostro serio, aunque deseaba reír. Carcajear hasta quedarme sin aliento. Me hallaba atrapado en un surrealismo absurdo. La risa quería liberarse de mí, pero me contuve.
-¿Ya has olvidado lo de tu hermano? –Continuó en el mismo tono sobrio.
-No –respondí de inmediato con voz pastosa.
-Pues parece que sí, parece que caminas decidido hacia el mismo camino, ¿no?
En ese instante opté de nuevo por el silencio. No me gustaba la guerra ni el terreno en el que se disputaba la batalla.
-La mala vida no da segundas oportunidades, hijo, y tú hace años tuviste ya una injustamente –escupió con lágrimas en los ojos.
No pude articular palabra. Sus ojos y los míos, por primera vez, comenzaron a golpearse a muerte, como dos boxeadores en empate técnico al borde de oír el sonido de la última campana; furiosos, desesperados por alcanzar la victoria.
El minuto pasó y las miradas finalmente se hundieron. La suya húmeda. La mía alicaída, seca y cobarde. Terminó el combate. Aquellos sesenta segundos me parecieron toda una vida inolvidable. Fue nuestra última conversación. Las palabras entre ambos ya sólo han salido para saludos vagos y preguntas cortas y vacías a las que acompañaban respuestas como “bien”, “normal”, o “tirando”.

El final de mi vida llegó en primavera, una semana después del pacto entre Laura y yo. Creí que sólo serían palabras. Me bastaba con vivir en casa, endrogado. No salir y esperar a que la herida fuera cicatrizando hasta eliminar cualquier recuerdo doloroso que me llevara a cometer alguna locura. Sin embargo, llegó el día. Mi madre se encerró en la habitación y comenzó a hacer mi maleta. Con el pálpito de mi corazón bajo mínimos, dormía en lo que se había convertido en mi sofá. Una hora después, mi madre puso la maleta en la puerta. Diez minutos más tarde estaba sentado en el asiento trasero del coche, en el lado izquierdo, con mi rostro pegado a la ventana. Mi padre conducía en silencio. Mi madre me vigilaba por el espejo retrovisor. Los tres nos mantuvimos callados.
Supe a ciencia cierta donde iba a pasar una larga temporada cuando estuve frente a una valla que daba acceso a una enorme finca verde. En aquel edificio blanco iba a curar mi supuesta enfermedad. “Ordenará tus ideas, tu cerebro y encauzará tus pasos”, dijo mi madre, mientras un señor alto, delgado, de pelo blanco y con una bata también blanca sonreía como un estúpido. Desde el primer momento en el que pisé aquel centro, soñé en salir. Nunca me creía un enfermo más. Era un extraño en aquella jaula de grillos. Tumbado en mi cama, en una habitación con vistas a un bello parque verde repleto de enormes árboles, bancos de madera, paseos empedrados, con un kiosko y una fuentecilla, me sentí asustado y queriendo huir. Ni siquiera abrí la maleta.

A la mañana siguiente me hicieron multitud de preguntas que no supe si respondí bien o mal. Realicé varios test, me establecieron una medicación y conocí a mi compañero de habitación. El tipo estaba gordo, medía metro ochenta y tenía estrabismo, lo que me hacía difícil conversar con él. Siempre estaba leyendo tebeos y sólo hablaba de los personajes y las historias de los tebeos.
Allí tenía demasiado tiempo libre. Paseaba, hablaba con mi médico, practicaba un deporte impuesto y en ocasiones íbamos de excursión. Sólo mi madre venía a visitarme una vez por semana. En apenas un mes ya odiaba todos los pasillos. Odiaba a la gente; médicos y pacientes. Me odiaba a mí por estar allí. Y sin darme cuenta, empecé a caminar con la cabeza gacha, contando el número de azulejos que había entre mi habitación y el patio.
Una tarde, de pronto, quise expulsar todo lo que llevaba dentro. Y lo hice del tirón. En apenas media hora había conseguido una libreta y un boli y escribí un texto sincero y sentido. Por alguna razón me enamoraba leerlo. Cada vez que lo hacía, más. Y justificaba todo lo que me había ocurrido con Laura. Deseaba que ella lo tuviera. Quería que, después de todo pudiera sentir mi regalo más bonito y sincero.


No sé cómo fue, pero mi estrategia funcionó. Estaba allí, junto a una cabina, tratando de convencerme de que los números que marcaba eran los que siempre había marcado para hablar con Laura. Nadie me vigilaba. Tampoco quería montar un escándalo, sólo conseguir que Laura recibiera el texto que había escrito para ella. Por desgracia, tardé un mes en decírselo.
Nunca creí que su voz interrumpiera los constantes tonos, pero todos los martes iba y pedía permiso para llamar. Cuando su voz dormida sonó al otro lado estuve a punto de llorar. Me contuve.
-Hola, Sergio –dijo sin titubear.
-Hola... –Temblé.
-No puedes llamarme y lo sabes –continuó.
-Quiero regalarte algo que he escrito –justifiqué.
-Envíamelo por carta, pero deja de llamarme. Sé que eres tú...
-Necesito verte. –Lloré.
El silencio se eternizó entre los dos. Yo respiraba nervioso. Buscaba las palabras pero se escondían. Traté de ser sincero. O al menos, mostrarle lo que para mí era sinceridad.
-Laura, sólo quiero leerte un texto sincero escrito para ti. Sabes donde estoy, no puede pasarte nada. Quiero terminar bien contigo, con una sonrisa, un abrazo. Estoy rodeado de gente, no puedo hacerte nada. No quiero hacerte nada –balbuceé entre lágrimas-. Sólo leerte mi amor más sincero...
-No puede ser... –Rechazó.
-Laura, es el último favor que te pediré. Es nuestra despedida. No sé si saldré de ésta... –insistí sin cesar de llorar- Por favor.
Aquel silencio creí que sería el último. Seguramente avisaría al centro de mis llamadas y todo terminaría. Pero un fino hilo de voz interrumpió mis pensamientos e iluminó mi mirada.
-Vale, nos veremos.

sábado 21 de noviembre de 2009

El Hijo de Puta Cabrón: CAPÍTULOS 2 a 5


Mi primera vez


Sus labios habían caído sobre mí, una y otra vez, como un inofensivo huracán. Me enredaba en ella. Giraba, borracho, e inconsciente, sin saber si aquella belleza me merecía. No era mi primer beso, pero sí era la chica más guapa a la que había besado. Estaba tan empalmado en aquel callejón oscuro, frío y solitario, que si hubiera introducido sus dedos entre mis pantalones me hubiera corrido allí mismo. Un mero roce en la entrepierna hubiera bastado. Sin embargo, ella no parecía ser de esas chicas. Su jersey de punto, morado, escondido bajo un largo abrigo oscuro. Su pelo rubio y liso, de peluquería cara, su piel clarita, suave como la arena de una playa. Maquillada en su justa medida. Los pantalones prietos marcando su adolescente figura, y unos zapatos de tacón medio, a juego con su abrigo. Y sin saber cómo, yo estaba ahí, perdido en sus labios, saboreándolos; disfrutándolos, y mirando el reloj de reojo. Eran las diez de la noche. En media hora tenía que estar en casa de los padres de mi novia.
Traté de abrazarla. Quería sentir sus pechos sobre mí. Ella accedió, volvió a buscarme los labios y los encontró. La miré a los ojos. Preciosos. Ella no estaba excesivamente borracha para olvidar aquel momento. Un pelín achispada tan sólo. Nos apretamos más para refugiarnos del frío. Al fin sentí el placer de sus pechos sobre mí. Estaban duros, tal vez a causa del tipo de sujetador. Hice que mi mano descendiera con delicadeza por la cintura hasta rozar suavemente su culo. Terso, pequeño, dúctil, redondo. Entonces la empujé hacia a mí. Los dos nos rozamos en aquella oscuridad. Era sábado. Sentí su pelvis y chocamos. Fue lo más cerca que estuve de tirármela.

Olvidé su nombre en el mismo momento que, entre la niebla de la noche, la vi borrarse calle arriba. Me dio un último beso, tierno, me miró a los ojos, y quizá creyó que pronto volvería a besar mis labios. Incluso, tal vez imaginó alguna tarde de domingo en pareja. Yo no. Una vez mudó su cuerpo al vacío de otra calle, dejando ante mi mirada aquel culo respingón, terso, pequeño y redondo, supe que jamás nos volveríamos a ver. Me equivoqué.
Mi reloj digital marcaba las 22.25 horas. Estaba a diez minutos de lo que podía ser, al fin, mi primera noche de sexo. Mi novia había logrado deshabitar casi al completo la casa de sus padres. Era nuestra noche. Ella ponía la cama y yo el condón. Los dos, ¿el amor?
Regresé del sueño erótico de la escena anterior y me miré en el cristal de un oscuro portal. Me peiné. Observé mi cuello en busca de alguna marca que desde luego no poseía, y, tras respirar profundamente, caminé. El frío no me impedía respirar el aroma de aquella chica; dulce; adolescente; demasiado nuevo. Sin embargo, jamás imaginé que lo llevaba pegado a la piel.
Vi el timbre pero no lo toqué. Esperé. Ella no estaba en el portal. Habíamos quedado allí porque su abuela enferma, con más de 90 años, dormía en una de las habitaciones. Este pequeño contratiempo no iba frenar la noche. Desde hacía meses nos buscábamos sin culminar lo que tanto deseábamos: follar; sentirnos dentro; hacer el amor. Aquella cita era nuestra oportunidad. ¿La única? Nuestra primera vez, esa que tantas veces habíamos rozado y hablado y nunca penetrado.
Lucía excesiva belleza. Apareció maquillada y peinada minuciosamente con el secador. Desprendía un inconfundible olor a mora. Nueve meses de relación ya me habían acostumbrado al aroma. Era mi chica. Ya no podía analizarla con objetividad en el aspecto físico, pero sabía que no doblaba las miradas masculinas a su paso. Inicié una relación con ella porque la chica rubia de pechos grandes me rechazó durante unas fiestas de instituto. Fue un segundo plato, sí, no obstante, aquel rollo nocturno juvenil de segunda mano me llevó a descubrir que aquella chica era lo golfa que yo deseaba. En la primera cita hizo lo que nadie me había hecho. Esa picardía sucia me encantó; nos gusta a todos los hombres. Y poco a poco, cita a cita me fui enamorando hasta perder la noción de la belleza. Nueve meses después nos creímos preparados.
Me besó en el ascensor. Sabía a tabaco. Yo a alcohol. Nos volvimos a besar y posé mi mano en su culo. No pude evitar comparar y concluí que había dejado escapar un trasero mucho mejor.
-Has bebido -soltó tajante.
Apreté los labios creyendo que así evitaría transmitir mi hedor etílico y afirmé levemente con la cabeza y la mirada. El silencio nos invadió uno segundos, y de pronto, el ascensor golpeó contra el último piso.
En su casa el silencio amedrentaba. Ella me indicó el camino y yo lo tomé como un reo que recorre el pasillo verde. Cuando quise empezar a relajarme descubrí que estaba rodeado de varias fotos de sus padres y una colcha hortera; grotesca. Ella apareció con un camisón negro repleto de peladillas brillantes. Allí, a escasos centímetros, estaba la persona que me iba a robar la virginidad.
Fue ella. Me besó, me desabotonó el pantalón y se sumergió entre mis calzoncillos. Toqué el cielo, tensé las piernas y descubrí que seguía haciendo aquellas caricias labiales como ninguna. Aunque nadie más me lo hubiera hecho. Y no hubo conversación alguna. No la necesitábamos. De hecho, el sexo suele tener poco diálogo; más en esa postura...
... De pronto, un ruido, una voz y un golpe estuvieron a punto de cortar la excitada circulación sanguínea. La abuela caminaba por el pasillo. Gritó su nombre. Ella con arte se enderezó, y como si su maniobra sexual fuera plenamente cotidiana, abandonó la habitación. Yo no lo podía creer. Tumbado sobre la cama y medio desnudo, perdiendo mi verticalidad, veía peligrar mi primer polvo.
-Ven al baño -oí de pronto, segundos después.
-¿Cómo?
-Vamos al baño, cari -repitió.
-¿Por?
Me cogió del pescuezo y me introdujo allí. Cerró la puerta, puso el cerrojo y sin mediar una sola palabra me besó. No hubo una frase, sólo un impulsivo diálogo corporal. El más claro llegó cuando sus manos cogieron las mías y las llevó a la altura de sus caderas pidiéndome que le bajara las bragas.

Fue doloroso. Lo recuerdo difuso. Me vi temblando, abriendo el preservativo y tratando de ponérmelo lo más rápido posible equivocada y correctamente. No quería que el frío del cuarto de baño y los nervios llevaran a mi pene a languidecer. Estaba sentado con las nalgas al aire sobre la tapa de la taza del váter. Ella se acercó e intentó sentarse sobre mí. Sentirme. Yo quise meterla. Pero ninguno pudimos. Los nervios nos pudieron. Seguimos besándonos e hicimos dos intentos más. Pero la conexión se resistía. Al final fue ella la que decidió regresar a la cama, buscando mayor relajación; comodidad. Yo fui como un niño, como un drogadicto con el mono; como un ciego que es guiado hacia la puerta del metro. Hubiera ido al fin del mundo sólo por meterla. Y lo hice. Aquella imagen nunca la olvidaré. Me dolió, me excité, invadí su vagina, y ella quedó sobre mí. Primero le lastimó, después saboreó lo que tantas veces había llamado nuestra primera vez. Yo no pude moverme más que un par de veces. Y sin poder evitarlo, durante esos escasos segundos imaginé sobre mí a la preciosa pija de aquella noche. Me excitó más, y de inmediato, me corrí. Ella lo notó. Lo vio en mi cara; mis gestos, mis convulsiones y esa estúpida sonrisa. Y sobre la cama, sudados y mirándonos como dos extraños, acabó todo. Fue un minuto. Mi minuto; nuestro minuto...
Ella se levantó, se puso el camisón, me besó y quedó tumbada a mi lado. Yo me erguí y fui directo al baño. Me descubrí frente al espejo, mirándome y palpando un líquido que no sabía qué era -años después descubrí que las mujeres también se corren-. Sin embargo, no fue eso lo que me asustó, sino el roto que había esparcido mi semen por todo mi pene. Mis ojos miraron atrás. Ella no estaba. Me lo arranqué, le hice un nudo, lo introduje en el sobre metálico y seguidamente en el bolsillo de mi vaquero tirado en el baño.
-Te quiero -susurró con un beso

-Y yo...
-¿Qué tal…?
-Muy bien, ¿y tú?
-Bien -respondió dándome otro beso- ¿El preservativo?
-Lo he guardado. Luego lo tiro yo  en la calle -sentencié.

Lo intenté una vez más. Pero ella no quiso repetir la experiencia, al menos esa misma noche. No tendría un buen sabor de boca de mi primer polvo. En mi cabeza se repetía la frase 'eyaculación precoz'. Y yo quería sentirme mejor conmigo mismo. Aquello no se parecía en absoluto a lo que tantas veces había visto en las películas porno. Sin embargo, no ocurrió nada más. A media noche caminaba hacia mi casa. Introduje la mano en el bolsillo del pantalón y saqué el preservativo. Lo miré, pero ni siquiera pensé en el riesgo que podía suponer un embarazo. Menos aún en una enfermedad venérea. Vi la papelera, lo tiré y seguí deslizando mis zapatos calle abajo.



3


10.000 pesetas




Habían transcurrido tres semanas. No habíamos vuelto a follar. Siendo sincero, sí lo intentamos, en plena calle, pero tuve un gatillazo. Y siendo más sinceros, una eyaculación precoz. Cuando uno es tan joven, no se plantea el porqué, únicamente se siente mal; pequeño; impotente; avergonzado. Y no sabe cómo remediarlo. El ansia, el deseo le excitan tanto que no puede evitar la eyaculación furiosa sobre sus calzoncillos. Además, desconoce por completo en qué consiste el sexo. Menos aún 'hacer el amor'. El único objetivo que tenía entonces era meterla allí dentro.
Tampoco había vuelto a ver a la chica rubia, pero por alguna razón aún perduraba su sabor en mis recuerdos labiales. La había buscado durante varios fines de semana entre el humo de los bares, pero su belleza era un vacío en mi mirada borrosa.
Cuando uno es infiel una vez, repite. Siempre, si puede. Y nunca se coloca en la posición de la otra persona. En lo doloroso que puede resultar que descubra tal infidelidad. Y si la revelamos, la disfrazamos para no herir tanto. Nos cuesta afrontar la realidad. Muy pocas veces lo hacemos. Tal vez, por eso somos infieles. Y quizá, porque nunca afronté las actuaciones de mi vida me convertí en la persona que soy.
Que Laura no estuviera bien conmigo no ayudaba. Ella no estaba cómoda a mi lado. Se aburría. Hacía semanas que no brillaba la chispa en sus ojos. La sonrisa había encogido en sus labios. Y pese a ese gesto torcido y apagado, no me decía nada en palabras. Yo tampoco preguntaba. Quizá porque entonces no percibía su estado como un problema de pareja. Ni lo sospechaba. O no quería. Porque cuando ella decidía irse a casa y besarme en los labios con sobriedad absoluta, me alegraba. Apenas unos segundos después, corría veloz, feliz. La olvidaba junto a mis amigos, que esperaban en algún bar. Tomándome una copa y buscando como una serpiente busca su presa, disfrutaba de mis horas de libertad. Y estaba enamorado, o eso creía… Pero durante aquellas horas nocturnas etílicas sólo podía pensar en besar a alguna de las desconocidas que habitaban en nuestra noche. Mi rastreo nunca cesaba, y Laura vivía en mi olvido.

No sé la época exacta del año en la que estalló la crisis. Únicamente recuerdo el frío. También dónde fue, la hora y que lloré. Nunca creí que una chica me haría llorar. Jamás. Mi corazón virgen recibía su primera cuchillada. La primera cicatriz imborrable. Un navajazo trapero e inesperado. El fino hilo de su cuchillo fue veloz, constante e hiriente.
Me senté en un frío banco de cemento, en un improvisado refugio de amor. Un espacio oscuro, idóneo para parejas. Ella, por primera vez en demasiadas semanas, lanzaba hacia mí cariño y mimos excesivos. La lengua me recorrió la boca y mis manos buscaron rozar la parte inferior de sus menudos pechos. Ella fue sentándose sobre mí, y cuando nuestros cuerpos vestidos encajaron, se detuvo. Me miró y sacó del bolso un pequeño paquetito de color azul donde podía leerse, "Espero que te guste".
-Es para ti, cari -susurró.
Me besó y luego volvió a buscarme la mirada. Yo se la tendí. Nos quedamos helados, en silencio durante unos segundos, hasta que mi voz logró pronunciar dos palabras.
-¿Y esto?
-Un regalo.
-¿Pero por qué?
-Porque te quiero...
-Pero hoy no es nada...
-¿Y...?
Laura me volvió a besar. Besos cortitos. Cada vez más rápidos.
Cuando terminó abrí el envoltorio con destreza. Rápido. La caja de plástico era del mismo color. Tal vez algo más oscura. Al instante de abrirla lo averigüe. Era una cadena plateada con un corazón partido por la mitad casi al completo. La parte superior seguía unida. No tuve palabras. Ella sí.
-Ahora tienes que dar la mitad del corazón a quien ames.
Sonreí y la besé. Fue un beso largo. Un morreo -en argot juvenil- que nos babeó. Nos bebimos; compartimos, y cuando creí que aquello no iba a parar hasta explotar el calentón, ella me separó. Puso su mano en mi hombro y me miró. Aquellos ojos miraban distinto, pero tampoco lo quise ver aún. Había una herida a punto de perforar mi piel, tenía mi nombre y parecía inevitable.
Rompí el corazón de plata y le entregué la mitad mientras besaba su cuello con mis labios. Ella me retiró y volvió a ofrecerme besos secos. Retiró la mitad de su corazón de mis dedos, se descolgó su cadena y lo enganchó. Sin embargo, su sonrisa volvía a mostrarse pequeña; artificial.
-Te quiero, Sergio.
-Y yo.
-No, quiero que lo sepas.
-Lo sé.

Nunca sabes bien cómo es la frase. Cómo llega, ni cómo hiere. Pero en su gesto, en su voz y en el arrepentimiento vi lo que me contaba escasos segundos antes de que me dijera la frase. Fue su manera de decirlo. El susurro que plasmó "tengo que contarte algo", y mi voz afónica, aterrada, sólo preguntó un seco "¿qué?".

Comenzó hablando de un chico. Me preguntó si le conocía, me explicó quien era, me recordó sus rasgos físicos, y cuando le recordé y le puse rostro, pisó mi corazón diciéndome que una noche no pudo evitar "enrollarse" con él. De camino a casa. Él la convenció. Justo después de haberme dejado ir. No sé cómo fue, pero mi corazón de plata, pegado ya en mi pecho, sangró. Quemaba. Mi estómago yacía ahogado, sin aire, y la noche alcanzó una negrura espesa sobre nuestros cuerpos. Aquel refugio se había convertido en una puñetera cárcel. Y cuando levanté la mirada ahogada, la creí ver llorar relatándome la infidelidad. Y al recuperar la palabra, sólo se me ocurrió preguntar una cuestión.
-¿Sólo esa vez?
La respuesta nunca pudo tener peor desenlace. La herida fue una tortura. Y aunque deseé abofetearla y abandonarla allí mismo por zorra y por puta, no lo hice. No pude irme. Mis lágrimas acabaron mezclándose con las suyas. Los dos nos abrazamos, y al tercer intento, después de largos minutos, ella encontró mis labios. Fui débil. Y mi perdón nació sin que yo supiera el motivo. Tal vez el miedo a la soledad, o tal vez porque en el momento que ella preguntó por mi fidelidad yo mentí. Preferí adoptar el papel de víctima.

Tardé días en digerir que accedía con honores a la lista interminable de los cornudos. Nunca lo revelé a nadie. Y no lo hice pese a que todas sus amigas ya lo sabían. Llevaba escrito en la frente la palabra vergüenza; imbécil. Tampoco quería dar esa información a mis amigos. Además, tampoco asumía la infidelidad de mi novia. Lo había hecho porque en la discoteca su amiga se había liado con otro. Por empatía. Y con el tío que yo conocía se había liado en cinco ocasiones. Y una tarde en su pueblo no pudo decir que no a otro.
Estaba herido y rabioso. Aquella noche, mientras el corazón roto de plata quemaba en mi piel, mi rostro enrojecido y mis ojos vidriosos no podían disimular la tristeza. Vi la luz de madrugada. Mi cabeza, horas después, ya fría, sólo pudo encontrar una puerta positiva ante a aquellos acontecimientos. Laura acababa de darme un cheque en blanco y libre de malas conciencias.


No fue fácil servir la venganza en plato frío cuando me creía enamorado y quería ser infiel sin que lo averiguara. Manu y Javier sobrevolaron conmigo en aquel plan sin que supieran la verdadera razón. Dos íbamos borrachos. Javier se sostenía difícilmente en un estado de inconsciencia. Y pese a él, estábamos dentro. El portero nos había permitido entrar siempre que cuidáramos de Javier, que había puesto su mejor cara sin conseguirlo.
Cuando lo planteé había dudas, pero el primer paso ya estaba dado. Sólo habíamos puesto un límite: 10.000 de las antiguas pesetas.
Creí que ninguna merecía mi dinero. Ni siquiera la cerveza que se me calentaba entre los dedos merecía el precio que había pagado. En el ambiente se mezclaba, con mucho desorden, el color rojizo de las paredes, la oscuridad y los hombres que superan los cuarenta junto a chicas ligeras de ropa que trataban de buscar un nuevo cliente. Nosotros éramos los más jóvenes de todo el local.
Habían pasado diez minutos cuando la miré por primera vez. Nunca imaginé que pudiéramos llegar a hacer aquello. Nunca creí que gastaría una sola peseta en follar. Y dudé, pero Manu logró convencerme. Ella tenía un acento extraño, un rostro suave, blancuzco y maquillado. Su cabello era negro, liso y largo. Sus ojos azules, y frente a los míos, lucía unos pechos enormes. Con dulzura, sin apenas poder oír "hola, guapo", deslizó su mano hasta mi entrepierna. El aroma me ahogó cuando sus labios rozaron mi cuello y dejó que sus grandes pechos se apoyaran en mí. En ese instante hubiera pagado todo mi dinero, pero Manu, todavía con la mayor parte de su sangre en la cabeza, regateó.
La tenía dura. Nunca había alcanzado ese clímax de excitación. Estaba ante una profesional del sexo, no obstante, de pronto había olvidado por completo que aquella mujer sólo quería escarbar en mi bolsillo. Yo en cambio imaginaba que la atraía. Imaginaba que la tenía a mi lado hurgándome mientras Manu le convencía de un precio más barato porque yo y mis encantos la ponían cachonda. Sin embargo, todo aquello era mentira.

Lo que hicimos en la habitación a la que los dos accedimos por unas escaleras estrechas también parecía una fantasía. Justamente por 60 euros; “10.000 pesetas” repetía Manu una y otra vez. Era un trío. Dos por uno. Los dos a la vez. Media hora. El alcohol y Manu me persuadieron, aunque desconocía mi preparación para follar junto a un amigo.
El miedo no fue vernos desnudos y erectos peleando por el placer de una puta. El miedo golpeó en nuestros rostros cuando la boca de la puta terminó comiéndose el semen de Manu. De pronto, nuestra noche dio un giro mortal. Recuerdo que yo trataba de meterla por detrás sin conseguirlo. Ella gritó. Manu la llamó zorra. Mis músculos se congelaron, y entonces sólo podía ver en mi cabeza un billete de 10.000 pesetas sobre la mesilla de la prostituta.

4
Venganza, cobardía y mentiras

E
n el amor, arrinconarse en la mentira hasta que la punta afilada del cuchillo que sujeta tu novia sobre tu cuello abre la piel, a veces funciona. Si hay un resquicio de duda, puede ser el camino hacia la luz. Negar lo evidente no funciona. Frases como "no es lo que parece, cari, yo te lo explico", mientras tu pene o preservativo aún sostiene restos de fluidos vaginales, casi nunca funcionaron. Hay que saber admitir la derrota. Soportar el chaparrón cuando te han cazado y sufrir los merecidos golpes.
Me eduqué así. La vida que viví desde pequeño siempre me llevó a mentir. A hacerme una vida paralela, más fácil gracias a las mentiras; mis mentiras; construía una vida a placer. A veces perdía, pero muchas, ganaba. Y con el paso de los años decidí aplicar esta estrategia también a las relaciones de pareja. No siempre la verdad y la sinceridad hacen fuerte y feliz a dos enamorados. En ocasiones, basta con creer que se vive en la verdad; la felicidad.
Utilizar la negación completa solía ampararme. Si no existen pruebas, niega. No hay testigos fieles de que ha ocurrido, niégalo. Es lo que siempre me repetía una y otra vez por muy arrinconado que me viera. Siempre creí que en el amor triunfaban antes las mentiras que las verdades como puños. En ocasiones, aunque la verdad parezca evidente y golpee en la cara sin piedad, las mentiras en un enamorado son más permeables y acaban calando. A veces, hasta límites insospechados. El que miente sólo debe defender la verdad hasta el final.
Así actué días después. El acontecimiento del puticlub no se desalojaba de mi cabeza. No podía quitarme las imágenes nítidas y violentas. Y la llamada de Laura, una semana más tarde, no ayudó. La historia había volado de boca en boca, de mano en mano. En las suyas, pequeñas, descansaba la noticia con mis iniciales. Yo lo supe después. Sin embargo, cuando oí su voz al otro lado del teléfono, apagada, ya sospeché. Tuve miedo. Ella apenas tardó un “hola” para lanzarme la pregunta. Clara y concisa.
-¿Estabas en el puticlub con Manu?
La pregunta me dejó pálido. Me cerró el estómago. Fue un golpe inesperado, directo y doloroso. Sentí un retortijón. Miré atrás. Mis padres no escuchaban; ni siquiera estaban en el salón. Respiré despacio, espiré e inspiré hasta en cinco ocasiones, y de inmediato inicié mi defensa. Pensé. Si preguntaba era porque albergaba dudas. Yo tenía que disipárselas y hacerle creer que no había estado aquella noche con él en el 'puti'. Difícil, pero posible.
Negué después de unos segundos de silencio, sin embargo, apenas dije el “no”, ella lanzó sus fuentes; chivatazos, cotilleos. Además, su gran base: las pequeñas noticias aparecidas en la prensa local. Mis iniciales aparecían entre las noticias de sucesos. Los dos detenidos. Uno de ellos era yo. Creo que tras aquel suceso Manu y yo jamás volvimos a mirarnos igual…


Me frené. Me sentí perplejo, sujetándomela a escasos centímetros de su coño. Mi erección se acobardó. Los ojos de Manu no me miraban pero lo decían todo. La puta no esperaba el semen y cuando lo engulló, sus asustadizos dientes apretaron con miedo y fuerza. Lo debieron hacer con rabia, porque a Manu se le saltaron las lágrimas. Además, su segundo acto reflejo, que fue el de escapar de la presa, elevó la tortura. Los dientes de ella se arrastraron pegados a su piel. El alarido que conquistó aquella habitación erizó todo el vello de mi cuerpo.
Cuando quise preguntar si estaba bien, él ya se había revuelto y liberado. La gritó, la escupió y la golpeó con la mano abierta. Ella sólo pudo asustarse, esconderse y torpemente limpiarse los restos que le quedaban por una de la comisura de sus labios. Y tal vez fue el silencio que vino acompañado de un cruce de miradas lo que desencadenó todo. Quizá ayudó el alcohol, o alguna droga. Yo, congelado por la cobardía y el pánico, no pude mover un solo dedo. Vi la sangre, el odio, la venganza y la rabia mezclándose en numerosos golpes. Primero en su cara, después en la mirada, y cuando parecía que la inconsciencia de la puta iba a finalizar la pelea, ella gritó con toda su alma lo que creyó que sería su última palabra: "¡Socorro!".
Al instante salté. Me moví por primera vez desde que comenzara todo. Y al segundo de saltar, miré a la puerta de entrada de la habitación. Estaba cerrada. Y cuando mis ojos volvieron a la escena de la pelea, ésta ya no existía. Ella tenía los ojos en blanco, la mandíbula sangrante y desencajada, y aparecía desdibujada en el suelo, boca arriba.
-¿Qué hiciste? -Tartamudeé.
-Patearla la cara.
-Puta zorra... -Murmuré mientras de reojo le buscaba la herida en el pene. Sin embargo, él se vistió veloz.
-Vámonos.
Lo pensé, pero lo descarté al instante. No podía estar muerta. Era imposible. Aquello sólo pasaba en las películas. Los dos la miramos. El cuerpo seguía quieto. Nos miramos y decidimos terminar de vestirnos y huir. Pero no lo conseguimos. No había atado mi primera zapatilla cuando la puerta se abrió de golpe. Los dos hombres que de tan 'buen rollo' nos habían dejado entrar, aparecían ahora ahí, de pie, con un rostro serio e incrédulo. Apenas bastaron un apretón y dos golpes para reducirnos. No dudaron. Yo intenté zafarme, despreocuparme de Manu y huir como fuera. Creí que iba a morir. Incluso grité una y otra vez, desesperado, "¡yo no he hecho nada! ¡Lo prometo!". Sin embargo, no lo conseguí. No hubo piedad.
Una hora más tarde, los dos, magullados, estábamos en la comisaría. Manu se declaró culpable, y yo quedé en libertad al día siguiente. Minutos antes de pisar la calle supe que ella estaba en coma.




...No podía contar aquello. Nunca. Pero sus palabras al otro lado del teléfono seguían sonando infranqueables. Decidí apoyar mi teoría en Javi. No sabía cómo, pero ahí tenía mi única baza. Él había recobrado la conciencia en medio de nuestro polvo y había abandonado el local. Él ya habría negado estar allí, pensé. Entonces mi voz afirmó que había acompañado al puticlub a Manu, pero que luego me había ido con Javi.
-Vamos a vernos -zanjó.
-¿Qué?
-Necesito verte la cara. A las siete. En el Anina.
Acepté.
Tenía dos horas para crear una coartada, dibujar mi carita de cordero degollado y esperar salvar la relación.


El encuentro fue frío. Sin un beso. Distante. Ella traía las pruebas. En su pequeña mano escondía un recorte de una noticia con mis iniciales. El titular decía: "Dos jóvenes dan una paliza brutal a una prostituta y cae en coma". Allí, leyendo aquello pero sin prestarle atención me abordó el ingenio. La cerveza se vació en mi mano tras el último sorbo y claudiqué. La miré a los ojos y hablé.
-Sí, estuve. Pero no subí. Ni de coña. Fui a acompañar a Manu. Pero yo me quedé con Javi. No quería decírtelo porque ya sabes como es la novia de Javi. Él no quiere que se sepa porque su novia le cuelga de los testículos...
-¿Entonces? -interrumpió.
-Sólo subió Manu, te lo juro, cariño -declaré desesperado-. Javi y yo nos quedamos tomando una cerveza en el bar. Y cuando ocurrió todo yo decidí ir de testigo a la comisaría. Nada más...

-Tú siempre tan bueno -replicó seria.
-Le acompañé para ayudarle, y claro, me tomaron los datos, y por eso...
-¿Por eso qué?
Mi pausa se iba a alargar. Porque por eso o, por alguna maldita razón los astros no se alinean de la manera que yo deseo. “No están de mi lado”, pensé. Volví a mirar por encima de su hombro. La vi. Allí estaba. Preciosa y rubia. No sé si disimulé. A mí me parecía imposible hacerlo. Y cuando Laura esperaba el final de mi excusa, unimos las miradas.
-¡Sergio! ¿Estás tonto, o qué?
-Perdona, me siento mal -dije sin pensar. Me salió del alma.
-¿Qué?
-La tripa, me duele. Me siento mal...
No estaba previsto, pero salió de mi boca. Y debió de sonar sincero, porque ella se inquietó, y por primera vez me tocó; me acarició. Y casi sin pelearlo, dos minutos después estábamos fuera del bar. Y de pronto, parecía aceptar lo del puticlub. Ella no volvió a mencionarlo. Sólo quería saber si me sentía bien. Diez minutos más tarde estaba besándome con suavidad en mi portal.
-Tómate una manzanilla y métete en la cama, ¿vale? -dijo antes de despedirme- Y mañana me cuentas...
-Vale -musité.
-Te quiero -dijo finalmente con otro beso.
-Y yo.

Su silueta tardó en desaparecer de mi vista. Yo me quedé agazapado en el primer piso. Dejé pasar dos minutos. No quería arriesgar. Esperé a que mi reloj marcara y media. Entonces me erguí y bajé las escaleras de dos en dos. En cinco minutos regresé al bar. Pedí una cerveza. La fortuna me sonrió. Ella seguía allí. La volví a buscar con la mirada, pero en esta ocasión necesité mayor esfuerzo. Finalmente, cuando pedí mi segundo botellín, chocamos. Le hice un gesto con la cerveza y ella se acercó. Tan guapa, tan rubia como aquella primera noche.
-Hola... -Dijo su voz, dulce y sobria.
-Mucho tiempo, ¿no? -Dije jovial mientras le pedía una cerveza- Creí que habías huido de mí.
-¿Quién era la chica?
-¿Qué chica? -Me hice el tonto.
-Con la que estabas antes... -Insistió.
-Mi ex… está loca por mí... casi tanto como… yo por ti.
Ella se acercó y me miró de cerca; demasiado cerca. Su aroma volvió a envolverme y deseé volver a perderme en sus labios.
-Mientes…
-No.
-¿Y eso cuánto es?
-Mucho.



5
Tres no son multitud

D
os meses después estaba atado a dos relaciones. Cómo iba a desatarme, no lo sabía. Leti me brindaba esa belleza que me hipnotizaba con sólo dibujar en mis ojos su silueta. Laura había acumulado un pasado que había dejado huella en mi corazón. Pese a los cuernos. Además, el único sexo que tenía era con ella, y poco a poco mejoraba. No podía desprenderme del placer carnal mientras no comprobara en carnes el bello elixir de la rubia. Uno se acostumbra a todo. Por muy inverosímil que parezca, todo en esta vida puede llegar a convertirse en habitual. Yo jamás hubiera creído enredarme en esas largas piernas, pero una vez más la vida me sorprendió.
Hay noches en las que no tiene por qué pasar nada. Es lo usual. La noche de más de dos meses después al puticlub, no. Sólo recuerdo dos imágenes golpeándome aún en la cabeza. Una era que estaba muy borracho. La otra que sus dos virtudes eran enormes. El resto de detalles los quise olvidar.

La neblina del bar bailaba al ritmo de la música. O así lo creía yo. La copa perdía el equilibrio y sustentaba una marejada descontrolada. Manu era, de nuevo, el compañero de fatiga. Ninguno quiso hablar del puticlub, ni del juicio pendiente; él acusado y yo de testigo. El resto de amigos había ido desapareciendo. Las bajas nocturnas nos habían unido otra vez.


Cuando la vi, sabía que aquellos deliciosos pechos escasamente abrigados bajo un top de rejilla no eran de verdad. Pero algo tienen las tetas femeninas, falsas o verdaderas, que siempre cautivan a los hombres. En ocasiones, los magnetizan. Les entorpece el ritmo cerebral hasta despojarles del habla. En aquel instante, cuando mi octava copa de whisky cola provocaban desmedidos efectos etílicos en mi organismo, los dos bustos perfectamente curtidos me conquistaron. La mujer no dejaba indiferente ni pasaba desapercibida. Morena, alta y de curvas temerarias. De hecho, aún separados, ya intuía que superaba mi metro setenta y cinco de altura. Contoneaba su cuerpo al ritmo de la música en medio de la pista, pero aún no me miraba.
Vi cómo la distancia entre nosotros moría con el ritmo que ella marcaba. Bailaba libre y sensual. La examinaba sin reparo y la veía crecer al tiempo que se adentraba en mi espacio. Ella me habló; me susurró al oído. Su acento era extranjero, pero no disponía de un cerebro para pensar en su país de origen. Su dedo índice me acariciaba marcando una línea curvilínea y vertical desde el pecho al ombligo. Un escalofrío me la puso dura. Y entonces creí que era una prostituta. Busqué a Manu, pero estaba entre el gentío abstraído en su copa. Le miré, pero no me devolvió la mirada.
Lo que sucedió a continuación fue rápido y borroso. El apetito sexual me cegó. Ella me dijo que era muy guapo. Yo le devolví el piropo. Ella lo repitió con algún adjetivo más, yo me interesé por su nombre, ella me habló de mis labios, y sin previo aviso me susurró, “vamos, ven conmigo”. En ese momento me cogió la mano. Yo di el último trago a mi copa y la solté en movimiento. No íbamos hacia la salida. Su piel era áspera y sus dedos me resultaron más grandes que los de las chicas que había acariciado. No había calculado su edad, pero seguro que rozaba los treinta. Se liberó de dos chicos que nos impedían el paso y entró con firmeza al pasillo del baño. Me metió dentro después de mirar atrás en dos ocasiones. Sin mediar palabra alguna conmigo, cerró la puerta. En el interior no titubeó, cogió mi cara y me besó.
Cuando ella decidió que el beso había terminado, la luz me reveló sus facciones. Sin embargo, no supe cómo actuar al ver su cara. Además, enseguida la escondió su cabello. Se arrodilló y comenzó a desabotonarme uno a uno los botones de mi vaquero. De pronto, estaba saboreándome como nadie lo había hecho. Tampoco era un número elevado; más bien nimio; unitario. Allí, sobre la taza del váter otra vez, estaba viviendo el éxtasis de mi vida.
Sabía que era un hombre. Operado. Al menos los pechos. En algún momento de su vida, aquella persona, la que me estaba haciendo una felación excepcional, había tenido que ser sólo un hombre. Y aun teniendo esa idea como única en mi mente, estaba tocando el cielo con los dedos; soñaba; volaba. Estaba a punto de correrme, pero luchaba por evitarlo. Mi estómago palpitaba, hacia dentro y fuera, y los dedos de mis manos trataban de aferrarse a los sucios azulejos del baño. Finalmente mi mano derecha se desvió y fue directa a acariciar sus pechos. Eran enormes. Cuando los sentí, estaban tersos; duros. Sentado sobre aquella inmunda taza del váter, borracho, y con la última copa disparando mi estado de embriaguez, olvidé quién era yo y qué hacía. Fue más difícil olvidar que la mejor mamada de mi vida venía de una boca masculina. Porque del cielo al infierno hay una distancia demasiado escasa. Igual que del blanco al negro. Los polos opuestos siempre me parecieron tan cercanos.
Cuando mi móvil vibró en el pantalón supe que Manu me buscaba. Traté de parar el vibrador, pero no podía introducir la mano en el bolsillo ni acertar con la tecla desde fuera del vaquero. El móvil paró. Ella también. Cogió mi polla en plena erección. Yo tuve que ponerme de pie. Ella decidió darse media vuelta, y con la misma mano acercó mi miembro a su culo. Levantó su minifalda, retiró el tanga y apoyó las manos contra la pared curvando su cuerpo levemente. No había duda de lo que quería.
Por segundos tuve la certeza de que estaría operada por completo. Era una convicción fantasiosa Siempre hay casos. Creí que no tendría que penetrarla por el culo. Quería encontrar el único orificio que yo conocía sexualmente. Intenté acercarme. Me apoyé en sus caderas, sobre sus piernas firmes, largas y masculinas completamente depiladas. Debía de necesitar que la penetrara con urgencia, porque nerviosa y presta no esperó. Atrapó mi pene y aceleró mi búsqueda. Luego cogió mi mano y la llevó sin un movimiento de duda a su pelvis. Allí topé con lo que nunca hubiera querido toparme, pero que hacía rato sospechaba descubrir. No pude por menos que sobresaltarme. Me separé todo lo que me permitía aquel pequeño espacio y traté de vestirme. Había sido el despertar de un sueño. Quizá llegaba la hora de beberme la pesadilla.
Ella me miró. Por primera vez nos miramos. Fue una mirada directa. Yo, por primera vez, la observé con una leve pero ficticia nitidez.
-Chúpamela ahora tú, cariño –suspiró con un fino hilo de voz.
Me quise esconder. No fue posible. Mi cara únicamente logró contraerse; adelgazar por el pánico hasta límites insospechados. Como ‘El Grito’ de Edvard Munch. La mirada que yo sostenía segura y precisa desapareció. Mi mandíbula se tensó y el miedo empezó a empaparme de verdad cuando su mano decidió empujarme. La fuerza fue suficiente para que de nuevo acabara sentado de un solo golpe en el retrete. Sin tiempo para analizar los acontecimientos, ella colocó su gran polla erecta a escasos centímetros de mi rostro. Su mano aterrizó en mi pelo, lo acarició, y suavemente levantó mi cabeza para que de nuevo volviéramos a mirarnos.
Sin haber empezado a experimentar algo que no deseaba experimentar, había empezado a ponerme en la piel de todas aquellas personas que por primera vez tuvieron que “comer una polla”. Algunas o muchas por deseo. Por mi mente pasaron las felaciones más famosas, las que a diario se realizan en cualquier casa de putas, o las que en ocasiones terminan bajo una mesa de oficina. Yo iba a probarlo. Iba a ser el chupador. “Cómo debía uno hacer aquello”. En los servicios de aquel lóbrego pub no quería meterme su polla en la boca. Allí y en ningún sitio. Sin embargo, con sus pechos duros y desnudos a la vista, me cogió del pelo, esta vez con más fuerza, y me pegó aquel vibrante pene en los labios. Ella ocupaba toda la puerta de salida. Quería huir, pero en aquel preciso instante, cuando el aroma de su miembro llegó a mi nariz, sólo puede pensar en esconder los dientes.

No hay resaca igual. Las hay similares, pero nunca llegan a ser idénticas. Cada borrachera depara un mañana distinto. Y no hay resacas gemelas por demasiadas razones. Deberían encajar todas en modo, tiempo y lugar. La hora del despertar, dónde despertar, la manera de despertar. El grado de dolor de cabeza o el sabor del paladar. El brillo de los ojos, seguramente vidriosos. La hinchazón o ardor de estómago o el número de recuerdos que se atesoran en la memoria segundos después de abrir los ojos. El ser humano es incapaz de repetir dos resacas con todos estos factores idénticos.

El sol no entraba por la ventana. Me resultó extraño, pero no levanté los párpados para buscarlo porque ya sabía que era de día. El móvil había sonado al menos en tres ocasiones, y además, mi cuerpo comenzaba a sentirse incómodo entre las sábanas. Había llegado el momento de levantarse...

Los malos recuerdos, los que se salvan del olvido, llegan de sopetón. Como un bofetón inesperado que te deja en ridículo. Es cuando uno comienza a sentirse de nuevo vivo; despierto. Las pupilas comienzan a reconocer el espacio al tiempo que rememoran la noche. El aprieto azota cuando lo que descubren los ojos no es familiar. Esa imagen asusta. Es el momento de masticar el amargo pánico. El momento de afrontar que ha habido algo durante la noche que no se ha llevado bajo control. Y así fue.

Cuando abrí los ojos y no reconocí mi habitación, su mano cayó sobre mi cuerpo con delicadeza buscando una caricia. Al sentir el tacto de su piel descubrí que estaba desnudo. Por completo. Al instante hubo otro movimiento. Sus enormes y firmes tetas reposaron sobre mi espalda. Era el aroma. Su sabor. Una desconocida habitación y muchos recuerdos que recuperar.



 


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