11
Las letras del A.D.I.O.S.
S |
oñé todas las noches con el encuentro. Incluso me masturbé idealizándolo. Pero no aconteció como tantas veces había deseado. Fue diferente. Ninguna de las expectativas soñadas se cumplió. Tuve que aceptar aquel frío encuentro en la sala de visitas. Había soñado que accedería a un paseo por el jardín, y que caminaríamos separados pero cercanos. Iríamos hasta la fuente, y bajo el abeto más alto del parque podría leer mi texto a la espera de recibir un último beso suyo. Los dos con lágrimas en los ojos y nuestros labios juntándose de nuevo. Sin embargo, no accedió. Su “no” fue rotundo e insalvable. Se sentó en la misma mesa que yo, pero muy distante y sin una mínima mueca de simpatía. Había previsto esta actitud. Nunca soñado, pero sí la había barajado como posible. Arrojó un “hola, ¿qué tal?” con excesiva desgana, como si estuviera frente a un desconocido. Su gesto me irritó. No me gustaba su pose. “Si no quería verme, que no hubiera venido”, pensé enrabietado. No iba a soportar que aquella visita fuera mera lástima por mí. Creí que tenía todas las herramientas físicas y mentales para luchar contra lo peor.
Decidí ignorar su mal gesto y disfrutar de su presencia. Adoraba aquel rostro que había maltratado. La miré. Apenas una leve cicatriz en la ceja conmemoraba nuestra pelea. Sonreí y me introduje la mano en el bolsillo. Percibí el tacto del papel. Las palabras tronaron en mi cabeza. Había leído decenas de veces aquel texto y no había cambiado ni movido una sola palabra.
-¿Sigues con el tipo ese? –solté de pronto con el tacto de la hoja entre los dedos.
-Sergio, no he venido a esto –atajó con sobriedad.
-Lo sé –lamenté sin sacar un milímetro la hoja del bolsillo del pantalón.
-¿Qué querías darme, leerme...? –apresuró a preguntar, incómoda en aquella silla.
-Es un gilipollas –insistí obcecado-. Lo sabes.
La mesa blanca rectangular creció aún más. La distancia nos abofeteó. Estábamos abriendo un mar entre los dos. Ni estirando nuestras manos podríamos tocar nuestros dedos. Laura me miraba fijamente, con la cabeza ladeada, buscando un gesto; un movimiento; una palabra. Yo me la jugué. Mantuve la tensión, la quietud y escupí un órdago suicida.
-Nunca te tenía que haber puesto la mano encima. Aquellos puñetazos eran para él...
-¡Me voy! –interrumpió-. Adiós...
Su cuerpo se levantó. A la vista quedó por completo su vestido morado, el que tantas veces había quitado para ver y amar su cuerpo desnudo. Se puso de pie con tanta energía que sus pechos dieron un pequeño respingo. Los imaginé; saboreé y acaricié. Ni siquiera me lanzó una última mirada. Dio un giro y comenzó a andar hacia la salida. Yo no pude moverme, sólo contemplar su caminar.
A la izquierda observé a dos cuidadores. Fruncí el entrecejo y odié estar vigilado y encerrado. Seguramente, de no ser por la medicación hubiera estallado en cólera, golpeado la mesa con los dos puños, firmando en alto y con presencia mi autoridad. Y al segundo, hubiera corrido tras ella. “Sólo quería saber si estaba con él, el gilipollas ¿Por qué? ¡Por qué!” me gritó el cerebro lagrimoso. “Porque la muy zorra sigue follándose a ese hijo de puta” susurré en respuesta desde el corazón.
La situación era una cuenta atrás. Los movimientos que me restaban para evitar el ‘jaque mate’ se podían contar con los dedos de una mano. Llegaba el momento que jamás hubiera querido poner en escena. Tenía que utilizar mis últimas armas. Se escapaba y era mi última oportunidad. Si anhelaba luchar por una reconquista tenía que actuar ya. No habría más opciones si huía. Si desaparecía tras aquella puerta el adiós sería definitivo.
-¡Laura! –chillé.
Mi voz brotó amplia, grave, desesperada. De inmediato mi mano emergió veloz del pantalón. Deshice la hoja de papel que llevaba sujetando en todo momento, la posé sobre la mesa y la empujé. Se deslizó veinte centímetros, dio una vuelta de campana y aterrizó suavemente en el centro. Ella giró la cabeza y me miró a los ojos con lástima. Yo respondí con mis ojos llorosos. Emanaba tristeza pese a que traté de evitarlo. Y en esa conversación visual irrumpieron más jugadores en el terreno de juego.
La mano la sentí fuerte, pesada y caliente sobre mi hombro.
-Sergio, cálmese –dijo el cuidador en mi oreja.
-Vamos –me invitó otra voz desde la izquierda.
Los dos buscaron apresarme por los codos y lo lograron. Laura seguía de pie al fondo, mirándome, pero con el cuerpo dirigiéndose hacia la salida.
Sentí pánico. Por un momento me creí perdedor; cobarde. No quería tener que recurrir a mi último cartucho. No me veía con valentía. Sin embargo, todo apuntaba a que era mi única posibilidad en aquel instante. Me iba a ganar una verdadera fama de loco, pero no podía dejarla escapar y ver que mi texto moría sobre la mesa, en soledad, y sin su dueña.
Los dos cuidadores consiguieron girar mi cuerpo y empujarme hacia la dirección opuesta. Sufrí un nuevo pero pequeño empujón. Luego me vi arrastrado con la punta de mis pies rozando el suelo. Alcancé a mirar atrás. Laura ni siquiera iba a molestarse en ir a por el papel. “Quizá no lo había visto”, me engañé. En ese instante avisté la lástima que desprendían sus ojos. Laura bajó la mirada, giró la cabeza y sus pupilas desaparecieron. Entonces, el botón rojo que da pánico presionar se hundió hasta el fondo. No pensé. Aún hoy recuerdo todo como un sueño.
Antes de actuar pude saborear muchos sentimientos. Uno de ellos dormía en mi estómago, donde tenía cinco puñaladas aún vivas. Me herían. Era ese posible adiós definitivo. Cinco puñaladas, una por cada letra, las últimas que me había susurrado, mirándome a la cara mientras yo aún podía respirar su aroma. Se alejaba y me moría viendo cada uno de los pasos que la alejaban de mí. Abandonado, dolorido, inmóvil, odiándola, solitario. Repitiéndome estas palabras, estallé.
-¡Laura! ¡Espera! –aullé con la mandíbula desencajada.
Unos segundos antes había relajado todos los músculos de mi cuerpo. Me había dejado llevar sin tensión, lo que facilitó la relajación de los cuidadores. Tiré de mis brazos hacia atrás, me desaté, giré mi cuerpo y entonces grité su nombre. El silencio y la perplejidad se adueñaron de la sala. Los dos trabajadores reaccionaron, pero entonces yo puse sobre el tapete mi estrategia; toda la carne en el asador. No había vuelta atrás. Había conseguido desenfundar un pequeño cuchillo de mantequilla con una minúscula sierra. Carlos iba a matarme en cuanto me lo confiscaran, pero ¿Qué narices hacía él con un cuchillo en el armario? Haber encontrado aquella alternativa sustituía con creces a tener que utilizar uno de los alambres del somier.
Sobre mí tenía hasta quince miradas distintas. Todas acechándome. Trabajadores del centro, pacientes y visitantes. Y entre todas ellas faltaba la que yo quería.
-¡Laura! –volví a gritar, esta vez desgañitándome la laringe.
La última ‘a’ voló durante segundos por todo el centro. Di cinco pasos corriendo y cogí el papel de la mesa.
-¡Sergio! ¡Quieto, por favor! –oí.
Todo había sido instintivo. Todo aquello lo había considerado muy pocas veces porque no quería plasmarlo en la realidad. Si bien, ahora estaba atrapado por mis hechos y debía avanzar hasta el final. Nunca creí que Laura llegaría a desaparecer.
-No hagas nada –dijo otra voz más sosegada-. Tranquilo, por favor.
Tenía el cuchillo en mi cuello. Toda la sierra se hundía sobre mi piel. Mis ojos continuaban vidriosos, rojizos. Los nervios, pese a la medicación, se me habían disparado. El metal bailaba aceleradamente en mi yugular como una ola.
-Buscar a Laura –supliqué atropellado-. Decirle que venga y no haré nada.
-¿Quién? –preguntó la última voz.
No hizo falta que me explicara. Marta, una de las chicas de administración, la que más cariño me había ofrecido desde que llegué, salió veloz en su búsqueda. Verla correr despertó en mí una leve mueca de felicidad y calma. Poco a poco la tensión se esfumaba. Mi brazo dejó de hundirse en mi cuello. Fueron cinco segundos tan sólo, porque cuando vigilé a mi espalda y vi que me acechaba una bata blanca, me volvió a conquistar la rigidez.
-¡Marchaos! –amenacé dando un salto atrás.
-Tranquilo, Sergio –dijo enseñándome las palmas de sus manos.
-¡Qué todos se coloquen pegados a las paredes y ventanas! –ordené mientras giraba sobre mí-. No quiero que las de la limpieza tengan hoy un trabajo extra.
Mi socarronería me resultó extraña y absurda, pero tras haberla pronunciado me había oprimido más si cabe. Sentí que el cuchillo vencía mi piel, y una lágrima roja comenzó a hormiguear por mi cuello. No me asusté. Yo no la veía. Aunque sí percibí varias miradas de asombro. Como una gota de sudor, ésta recorrió mi garganta y se perdió en mi pecho. No la quise limpiar. La dejé descender. Y quizá, esa sangre fue la que cambió de verdad la escena. Las veinte personas que tenía como testigos se pegaban ya a las principales paredes de la sala a la espera del espectáculo final. Sin duda, el ‘adiós’ definitivo, pero como yo quería. Estaba tan concentrado, que hacía rato que no lograba escuchar las palabras y frases que llegaban desde el entorno. Sólo me había centrado en vigilar y mantener la distancia.
Su presencia por sorpresa me sobresaltó. Retomé la llorera nada más verla. Los nervios la habían secado, pero de nuevo, al ver su cara, resucitó. Observé su mirada, sus labios, su frente, su nariz. Ella ofrecía un gesto complicado con una mezcla de pánico y preocupación. No pude moverme. Únicamente pregunté suavemente.
-¿Lo leerás?
Su cuerpo de pie era hermoso. Ella estaba a escasos centímetros de Marta, reluciente, guapísima.
-Lo voy a leer –respondió.
No había terminado de decir aquellas palabras cuando mi brazo libre ya se había levantado hasta alcanzar una posición horizontal. El texto quedó suspendido apuntando hacia ella. Laura dio dos pasos y se separó de Marta, quien no hizo nada por evitar nuestra unión. Estiré más mi brazo. Laura continuó avanzando. Nos mirábamos. Yo pretendí ofrecerle mis ojos más sinceros, tristes, pero sinceros. Volví a mirar a alrededor, a los espectadores. Apenas se habían movido un paso. Laura llegó hasta mí, pero mantuvo en todo momento una distancia prudencial. Avanzaba temblorosa. Estiró su brazo y sin siquiera tocarme los dedos, tiró del papel con firmeza. Yo no me resistí y ella lo atrapó.
No lo abrió allí. Antes se retiró. Concretamente dio tres pasos atrás, y sin perderme de vista. Cuando estuvo segura de su seguridad desdobló la hoja. El absurdo cuchillo seguía en mi cuello, pero de nuevo más relajado. Sonreí un instante y mantuve esa mueca feliz. Volví a vigilar dando un giro sobre mí mismo. El brote de felicidad golpeaba cada vez más fuerte en mi organismo. No sabía por dónde ni por qué llegaba, pero me inundaba. Reí por un impulso, y recordé el día que Laura y yo fumamos marihuana por primera vez. Fue en Ámsterdam. Los dos no podíamos parar de reír inmersos en aquella cortina de humo.
Mis labios continuaron creciendo y arqueándose hacia el cielo. Mi mirada se abrió. Se secó. Miré a Laura intensamente, que con la hoja extendida comenzó a leer.
-En voz alta, por favor –pedí.
Su voz sonó seca, dulce y nerviosa. Oírla me hizo olvidar todo.
Tengo tiempo de encontrar tu mirada. Quiero ver y dibujarte cada mañana al despertar. Tu cuerpo está desnudo y mi piel se excita en cada uno de los miles de poros que respiran en mí. Tu aroma es gris, pero el colorido de tus besos son un manjar para mí. Quiéreme, aunque sea sólo un instante, y yo beberé cada resquicio que me ofrezcas. La noche contigo es un segundo en el cielo. Una caricia es un orgasmo. No hay vida si paseas conmigo. Un trozo de nube se convierte en nuestro hogar. Estoy loco. Quizá por ti. Seguro por mí. Repito tus besos en todos mis sueños, y si no los sueño, me duermo hasta recogerlos, aún vivos. Es esa la droga que me da la vida. A la que soy adicto desde que te vi. La primera vez que pude saborear el tacto de tu piel... Aún tengo en mi brazo el recorrido de tus dedos, y si me miro, me excita saber que volverás a mí. Pero todo son sueños. Sueños de una tarde de primavera bajo un manto de polen. Allí en ese parque estoy cada tarde. Allí, vivo un beso tuyo y trato de recordar si fue verdad. Sueño que es verdad, pero cuando la noche invade el parque y me regala la soledad, lloro. No estás. Tal vez nunca estuviste. Sin embargo, tengo la fortuna de imaginar, de cerrar los ojos e imaginar los tuyos, mirándome. Tus labios. Y recuerdo que te desnudo, que te acaricio, que tus dedos me excitan, me besas. Y al querer hacerte el amor, siempre despierto abrazado fuertemente por la locura.
12
La soledad
V |
idriosa. Recordaría esa mirada aún en mi lecho de muerte. La había visto besarme, regalarme sentimientos, abrazarme con fuerza, pero sobre todo, decirme “te quiero”. Musitármelo al oído mientras me besaba detrás del lóbulo descendiendo con suma suavidad hasta mi cuello. Vi que su mirada daba un paso hacia mí. Sonrió. Incluso corrió, saltó sobre mi cintura y la cogí como tantas veces la había cogido; con sus piernas abrazando mi cadera, sus brazos rodeando mi cuello y los dos abrazados fuertemente para terminar besándonos. Oí aplausos, oí algún grito y oí risas. Era el paraíso y nadie había decidido terminar con mi vida.
Toda aquella realidad voló cuando el peso de la alegría desapareció para dejar paso al lastre de la tristeza. Mi pecho se ahogó, y entonces no me quedó más remedio que despertar. Supe que el único peso que tenía encima era el de dos cuidadores que se habían aprovechado de mi abstracción en la inopia para atacar. Me retorcían los brazos y me pedían tranquilidad; que me calmara. Traté de levantar la cabeza, pero mi mejilla estaba presionada contra el frío suelo de los azulejos. Giré los ojos todo lo que pude y alcancé a ver sus zapatos, luego sus piernas y finalmente llegué a su cara. De pronto, me pusieron de pie. Yo era un muñeco muerto, sin fuerzas. La única firmeza que mantenía se veía en mis ojos, que no perdían de vista a Laura. Sin embargo, el gesto que había idealizado anteriormente no lo veía por ninguna parte. Había muerto. Divisé una lágrima seca en su mejilla derecha. Aún sostenía la hoja entre sus finos dedos, los que tantas veces había podido coger, acariciar sin darme cuenta que los acariciaba. Porque aquellos dedos habían podido vivir entre los míos sin necesidad de pedirlo. Era algo rutinario; un simple gesto que tantas veces había plasmado por inercia y pocas veces me había parado a saborear. En aquel instante, tener sus dedos conmigo era un deseo imposible de cumplir.
No tuve fuerzas de decirle todas las palabras que atropellaban a mi cerebro. Ideas, frases, súplicas, preguntas; verdades que durante segundos llegaban con rabia al corazón. Cada segundo más lejos en el terreno físico. En el sentimental un abismo devoraba lo que tanto nos había unido.
Lloraba. Lo hacía constantemente sin poder evitarlo. Me ahogaba y me alejaba. Entraba sin remedio en un estado de tristeza abocado a la soledad. No lo he vuelto a sentir en lo que llevo de vida. A punto de abandonar la sala de visitas, taladrado por la voz sosegada de ya un solo empleado que me sujetaba por la espalda, escuché dentro de mí la necesidad de saber. Por alguna maldita razón Laura continuaba allí, de pie, mirando la nota, releyendo y viendo que me alejaba sin poder o querer hacer nada. Debía saber el porqué. “¿Aún me quería? ¿Le había conmovido mi nota? ¿Quería darme una oportunidad? ¿Iban a cambiar algo mis letras?”.
Necesitaba oír de su propia voz una opinión; un pensamiento; un sentimiento. Al menos una palabra, aunque fuera vacía. Un suspiro al menos. Lo tenía que pedir. Lo podía pedir. Mi boca; mi voz, aunque acongojada y seca por haber oído (disfrutado) en ella mis palabras, seguía viva y libre. Nada me impedía hablar. Únicamente el tiempo corría en mi contra. Las voces de los presentes cuchicheaban y yo debía elegir la frase correcta. Tal vez sólo podría pronunciar una. Pensé velozmente infinidad de propuestas. Estuve a punto de preguntar de manera directa, “¿Me quieres?” O exclamar sin miedo, “¡Te quiero!”. Sin embargo, aquello no era una fantasía ni un cuento con final feliz obligado. La realidad me abofeteó en los labios, me los partió, sangré e incrementé mi llorera intensa. El odio me arrancó el corazón y chilló.
-¡Laura! ¡No! –Respiré acelerado durante tres segundos pestañeando una y otra vez-. ¡Zorra! ¡Eres una puta zorra!
Nunca supe si fue premeditado, pero aquel gesto resultó claro y evidente. Había un adiós con todas las letras mayúsculas. Me sentí como una res a la que queman a fuego. Su acción me quedó sellada en el corazón. Además, el gesto vino acompañado por los ingredientes perfectos para cocinar una sabrosa venganza. La mirada de pena o lástima se convirtió en odio. Sonrió y me enseñó los dientes con clara evidencia de rabia y venganza. Finalmente, marcó con claridad el inicio, el nudo y desenlace del acto. Del amor al odio dicen que hay un paso. Allí sólo hubo un gesto. Y quizá es la misma distancia que separa a la compañía de la soledad. Observado por más de veinte personas, amarrado por un cuidador y frente a la persona que creía el amor de mi vida, me sentía más solo que nunca. Sentí que un abismo negro me engullía. No obstante, desde la oscuridad podía ver con nitidez aquella agria escena. Desde la lejanía remota, mis ojos lograron aproximarse como si hicieran un ‘zoom’. Me sentí pegado a ella cuando sus dedos índice y pulgar izquierdos cogieron la hoja por la parte superior de mi texto. Lo vi con un enfoque perfecto cuando la mano derecha hizo el mismo gesto. Después me buscó la mirada, la encontró y mordió. Preso, sin poder retirar los ojos de los suyos, ella sonrió y disfrutó. Acto seguido rompió en dos mi corazón de papel. De arriba abajo y con suma lentitud, saboreando la acción, mimando el crujido que desprendía la hoja al romperse y quemando la herida que se perpetraba en mí. Cuando terminó sonrió más, puso los dos trozos juntos, uno encima del otro, en horizontal, y repitió la acción con el mismo desprecio. Fue entonces cuando mi voz explosionó, mis brazos pelearon sin victoria, mis piernas patalearon de odio y mi voz volvió a chillar sin tener en cuenta a la razón. No sé qué ocurrió después. La nitidez se nubló y toda mi vitalidad se desplomó. Mis párpados comenzaron a derrumbarse y a ser excesivamente pesados. Jadeante, sólo alcancé a ver que la puta de Laura escupía sobre unos pequeños trozos de papel, los pisaba y salía huyendo con mucha prisa. La soledad me devoró.
Tardé semanas en recobrar el habla. No tenía nada que decir. Y articular una sola palabra me asustaba tanto, que sólo intentar pronunciarla me secaba el paladar. Era como si lloviera arena del desierto en mi lengua.
La cama de aquella habitación se había convertido en el escenario de mi vida. Cientos de fantasías sin sentido caminaban por mi mente. Las adoraba retener, pero huían cuando despertaba. En esos sueños siempre tenía compañía, miradas y gestos para mí, e incluso el tacto de otra piel viva. Nacían cuando recordaba las palabras que un día escribí para ella y que aún tenía intactas en mi memoria. En cambio, mi realidad sólo tenía el paseo vacío de mi compañero de habitación. Sin “hola”, y menos aún una mirada.
Estuve más de cinco semanas en aquella cama sin salir de la habitación por voluntad propia. Necesitaba un castigo y me lo impuse. Mis únicas salidas y paseos eran obligados: charlas, medicación y actividades que realizaba sin entusiasmo. Viví aquellas semanas de mi vida sin luz. La noche había tomado todo el entorno que me rodeaba. Ni siquiera cuando Carlos llegaba y subía la persiana hasta el techo y la luz natural de la calle entraba por los amplios ventanales e invadía la habitación me sentía con vida. Más de una noche me creí literalmente muerto.
Nunca supe qué fue ni quise saberlo. Quería que pasara el tiempo. Sabía que la medicación me empequeñecía. Seguro que también ayudó la soledad, el desamor, el silencio y mi cerebro. Todos tuvieron libertad y fuerza para hundirme psicológicamente. Lo que sí sé es por qué salí poco a poco de aquel maloliente pozo negro. Una razón estuvo en los colores de ciertas pastillas. La otra radicó en que Carlos decidió hablarme.
Aquel chico fuerte y alto se sentó a mi lado, sonrió con la boca abierta y relajada, y me miró con los ojos agudamente vidriosos y entrecerrados. En la cama, yo anotaba decenas de palabras que surgían de miles de pensamientos inconexos; vivencias. Sostenía el cuaderno que había dado vida al texto que escribí para ella. Entre tanto, él me analizaba divertido. Podía oler su aroma a sudor seco, pero no le miré pese a la sorpresa de su presencia. Incluso tuve miedo. Era la primera vez que me sentía tan débil y cobarde.
-¿Cuándo vas a preparar tu próximo espectáculo en el centro, loco? –Preguntó socarrón con voz pastosa.
No pude por menos que alzar la mirada y enfrentarme a sus ojos. Estaba mucho más cerca de lo que intuía. Me asusté. Podía ver los poros de su piel. Descubrí que ofrecía un inusual rostro afeitado, pero el mismo pelo rapado sobre su mirada abierta y jovial.
-Aquí es mejor que te relaciones si quieres salir pronto –continuó-. Quieres, ¿no?
Afirmé sin poder decir un absurdo sí. Hubo un corto silencio.
-Yo nunca me he enamorado, loco –prosiguió relajado y recolocando su posición en la cama-, así que no sé si lo que hiciste fue locura o amor. Sí sé que me debes una. Me ha costado demasiado recuperar el cuchillo.
Carlos se apoyó casi en la pared, en perpendicular a mi posición. Introdujo una mano en el bolsillo y sacó el mismo cuchillo que yo había pegado a mi cuello durante largos minutos. Sentí un escalofrío y escondí la cabeza. Me lo mostró sin que pudiera evitar ignorarlo. Sonrió y se introdujo la otra mano en el bolsillo contrario de sus pantalones anchos. De pronto me di cuenta que vigilaba sus movimientos de manera intermitente, nervioso y desconfiado. Quería seguir escribiendo mis pensamientos, pero me era imposible. No me llegaba una sola palabra, por lo que abandoné el cuaderno bajo la almohada.
-¿Fumas? –preguntó.
Negué y al segundo observé. En su mano tenía un pequeño cogollo de marihuana. Lo machacaba sobre la palma de su mano y con el cuchillito lo despellejaba.
-Me he enganchado a esto, loco –confesó-. No lo saben...
Hacía demasiado tiempo que no tenía contacto con las drogas de la calle. “Una cerveza...”, pensé. Demasiado tiempo. Y no había reservado un segundo de mis días en echar de menos a esa bebida que tanto adoraba antes. Tampoco pensaba en mis amigos. Únicamente recordaba a mis padres, que después del ‘espectáculo’ habían decidido visitarme una o dos veces por semana. Mi madre hablaba durante media hora conmigo mientras yo escuchaba. Mi padre esperaba en el coche.
Cuando sus dedos machacaron la hierba en el tabaco me llegó el de sobra conocido aroma; “increíblemente fantástico”, me dije. Carlos extrajo una boquilla y papel de liar, y cuando nuestras miradas volvieron a juntarse, él ya tenía el cigarrillo entre los labios.
-Me han dicho que la chica tenía un polvazo... ¿Erais novios desde hace mucho?
La palabra ‘polvazo’ me removió en la cama. Cambié mi posición, levanté la cabeza y amenacé dejando atrás mi rostro neutro. Recogí las piernas y traté de asegurarle que no era el camino. Sin embargo, él no me miró.
-Yo nunca he tenido novia. –Cogió el mechero, encendió, aspiró y fumó- Debe de ser maravilloso...
Afirmé sonriendo.
-Follar cuando quieras –reflexionó sonriente al tiempo que daba otra calada al porro-, follar como quieras...
Me puso un gesto picarón, rió y volvió a darle otra calada. En ese momento me miraba con intriga. Fumaba, se tocaba la cabeza rapada con la mano libre y volvía a mirarme en busca de algo. Finalmente se lanzó.
-Loco, ¿cómo es tocar una teta?
Por primera vez en mucho tiempo sonreí. Quizá fue el tono de sus palabras. Me resultó gracioso. Su gesto y sinceridad. “¿Cuántos años tendrá?”, pensé.
-¿Quieres? –invitó colocándome el cigarrillo casi entre los dedos.
Fue un impulso. Tal vez ayudó el delicioso aroma que ya embriagaba el cuarto y flotaba libremente en la habitación. Dos segundos después, tenía el calor de la boquilla en mis labios, y el aroma y el humo en mi paladar y pulmones. Tragué todo el humo que pude y lo expulsé suavemente, disfrutando del instante. Resucité.
-No me quiero morir sin tocar una –perseveró mientras con su mano derecha imaginaba tocarla en el aire-. A veces lo sueño y me empalmo, ¿tú no? Y suelo correrme... No quiero despertar del sueño, pero lo hago y me veo en la cama, empapado ahí abajo. Siempre solo.
Me miró esperando algún comentario, pero me mantuve en silencio con el porro entre los labios. Estiró la mano y se lo di. Sonreí. La marihuana era buena. Me levanté, fui a por un vaso de agua. Lo bebí de un tragó y volví a sentarme.
-Loco, ¿tú cuántas tetas has tocado?
No pude evitarlo. Ni siquiera estaba acomodado en la cama y dentro de mí estalló una carcajada. Él me acompañó y lo agradecí. Fueron segundos felices. Cuando los dos estuvimos de nuevo en silencio, el porro descansaba de nuevo entre mis dedos. -A mí me gustan las tetas grandes y redondas –continuó-. ¿Has tocado muchas de esas?
Ahora sí me clavaba la mirada. Muy serio. Yo sólo podía sonreír, aunque algo me volvía intranquilo por momentos.
-¿Cómo eran las tetas de tu chica?
Las vi antes de que hubiera terminado la última palabra. Por instinto, sin pensar, respondí mi primera palabra en semanas.
-Preciosas. –Al instante suspiré.
Decidió hablar unos minutos más de tetas. Imaginó todas las tetas, en ocasiones con mi ayuda. Le conté alguna experiencia brevemente, inventé alguna otra y los dos reímos hasta que el dolor de nuestras tripas nos hizo parar. Entonces él decidió dar un paso más. Era sin duda lo que le había traído hasta mi cama. La pregunta llegó después de largos segundos de silencio.
-¿A ti te han tocado mucho la polla?
-Lo suficiente... –Mentí, sabiendo que nunca era suficiente.
-Debe de ser maravilloso que alguien te haga una paja...
Su mirada entonces me aterró y supe que me estaba pidiendo un favor. Tragué saliva y comencé a buscar la manera de salir de allí.
13
Cruzar la raya
M |
e sentí preso. A oscuras. En tinieblas. Congelado. Sólo una leve luz entraba cortada por una escueta ventana. El haz de luz llegaba justo hasta la punta de mis pies, en tiras, construidas por los barrotes que cubrían parte del espacio de la pequeña abertura cuadrangular que se vislumbraba en lo alto de la pared. Cuatro paredes. Las cuatro completamente lisas. Eran grises como el cemento. La cárcel estaba vacía, sin un solo mueble. Ni una cama. Tampoco una silla. Atrás, a mi izquierda, divisé de reojo una puerta metálica de color verde, de tal grosor, que abrirla sin la llave precisa se me antojaba imposible. Permanecía quieto, sentado, con las piernas recogidas, las rodillas bajo mi frente y los brazos cruzados. Estaba desnudo. El frío me ahogaba. Y lloraba o había llorado. No sabía cómo había llegado allí, y tampoco cómo iba a abandonar. El silencio me aterraba. Ni siquiera oía correr el aire. La brisa debía de atravesar la ventana, pero no podía sentirla. Traté de percibir el silencio hasta el límite extremo. “¿Cómo era escuchar ese silencio? Espantoso”, pensé. Afiné mis oídos. Escuché con mayor precisión, cerrando los ojos con fuerza, sin embargo, poco a poco el silencio desapareció. Logré oír. Nunca creo que hubiera podido oír ese vaivén en cualquier otro escenario del planeta, pero en el mío sí. Era un hilo de aire que nacía a escasos metros de mí. Volaba hasta introducirse en sus pulmones y regresaba hasta mí, suave como una pluma, queriendo acariciarme. Era constante, tranquilo y relajante. No obstante, su presencia me estremecía. ¿Quién o qué lo causaba?
De pronto, sin mirarle pude ver con claridad su posición. Su gesto, su cuerpo desnudo como el mío. Por alguna razón, poco a poco, el frío fue desapareciendo de aquella gélida sala. La temperatura apresaba mi organismo; mi piel, que se suavizaba por segundos. Mi respiración comenzó a azorarse. Aceleró un poco más. La suya se mantuvo en esa calma dominante.
Un nuevo sonido llegó nítido a mis oídos cuando mi pene comenzó, por alguna extraña explicación, a enderezarse. Entre mis piernas trataba de asomar. La planta de uno de sus pies se alzó levemente. Sentí cómo su piel se despegaba del suelo con suavidad, y una vez en el aire volvía a caer; más cerca. El golpe fue seco, pero en absoluto brusco. El sonido y el movimiento se repitió. El calor creció y la respiración continuó zumbando en el ambiente. La mía atropellada. La suya sosegada.
Su aliento sobrevolaba tan cerca de mi cabeza que ya no me quedaba duda de quién era la persona allí presente. Mi erección creció y el glande asomó. Era el único movimiento de mi cuerpo junto al de mi pecho, provocado por mi respiración. Apreté los párpados creyendo que así iba a desaparecer, pero sólo conseguí que su piel desnuda se fotografiara con mayor nitidez en mi mente. Perfecta en aquel fotograma. Estaba de pie. Yo reconocía cada poro de su piel. Una piel limpia, con escaso pelo corporal y sin apenas lunares ni granos. Tampoco cicatrices. Un ombligo perfecto. Un cuerpo curvado pero al mismo tiempo sexual. “Excitante”, pensé. Descendí la mirada y visualicé su vello púbico recortado pero rizado. Era en el único punto donde nacía una leve oscuridad; en sus genitales colgados y adultos.
Oí otro golpe seco y desnudo sobre el suelo. En esta ocasión la vibración del golpe llegó a mis nalgas. Mi excitación continuaba presente por mucho que intenté eliminarla. Respiré profundamente. Le olí. Era su sudor seco ahogándome. El acelerado latir de mi corazón resonaba como un tambor en aquella cárcel vacía, con eco incluido. Y de pronto, cuando parecía que esa bomba estallaría dejando mi cuerpo en migajas, sus dedos me quemaron en el hombro izquierdo. Me asusté. Abrí los ojos sin que lo ordenara mi cerebro y contemplé su pie completamente desnudo, bajo mi pene erecto. La sangre me hinchaba las venas. Levanté la cabeza y entonces descubrí la realidad de su cuerpo. No muy distinto de lo que imaginé. Solamente cambiaba su erección, casi idéntica a la mía, con su glande asomando a la altura de mis ojos. Miré sus ojos y todo el vello de mi piel se erizó. Nuestra excitación creció y la voz sonó dulce y convincente.
-¿Follamos?
Estaba húmedo. Abrí los ojos y vi el techo oscuro. Estaba sobre la cama. Sudaba. Mi entrepierna mostraba una mancha humedecida bajo el pijama. El aroma del cuarto aún olía a marihuana. Respiré con fuerza, relajándome y tratando de recolocarme. Quería regresar de aquel sueño de inmediato, no obstante, éste me había atrapado tanto, que mi cerebro volvía a gatas, torpe y muy despacito. Me revolví entre las sábanas. Sentí la incomodidad bajo los calzoncillos Miré a la izquierda. Carlos dormía. Como un bebé. Sonreí y recordé la tarde que habíamos vivido, por primera vez, juntos. Era un bebé atrapado en un cuerpo de adulto con necesidades de adulto. Ahora, dormido, parecía tan distinto; relajado. Nunca le había observado en ese estado somnoliento. Tampoco le había visto en el extremo de aquella tarde; íntimo y humano.
Continué mirándole, sin saber la razón, con media sonrisa. Se me hacía muy diferente. No era el chico desnudo que había invadido mis sueños en la cárcel solitaria. Mismo rostro, quizá idéntico cuerpo, e incluso aroma, pero distinto. Más real, tal vez.
Había tenido un día extraño. Aún las imágenes me golpeaban sin que yo pudiera evitarlo. De vivir de la nada a tener que sumergirme en una tarde repleta de nuevas y demasiadas emociones. Entendía que mi mente hubiera decidido regalarme aquel sueño. Lo que no comprendía, o no quería comprender, era que mi cuerpo hubiera disfrutado con aquel sueño. Volví a removerme dentro de las sábanas. Levanté la goma del pijama, observé y decidí cambiarme.
Bebí agua en un vaso de plástico en cuanto estuve con ropa limpia. De pie, en calzoncillos, sonriente, apoyado junto a la ventana y mirando sin disimular al grandullón. “¿Por qué me hacía feliz?”, susurré en voz alta. “¿Tendría algo dentro de mí que él me ayudaría a expulsar?”, musité. Reí y terminé el agua de un solo trago. Necesitaba un trago. Necesitaba una buena copa de ron, con apenas un hielo y en un vaso de cristal. Sentarme, utilizar mis dedos desnudos para jugar con el borde del cristal, acercarme el vaso a la nariz para oler suavemente el aroma dominicano, arrimármelo a los labios y saborear el principio del licor entrando poco a poco. Sintiendo con cada sorbo el dominio de los efectos del alcohol. Entonces, los verdaderos sentimientos e impulsos aflorarían. Hacerlo podría una manifestación de las verdades que ahora, sobrio, era incapaz de expulsar. No quería oírmelas decir, y sin embargo, tenía una necesidad extrema de hacérmelas sentir. Pero allí era imposible conseguir una sola gota del alcohol. Me arranqué el pensamiento de la cabeza y volví a ver el vaso de plástico vacío.
“¿Estaría desnudo bajo las sábanas?”, pensé.
Volví a beber un vaso de agua sin abandonar en ningún momento aquella sonrisa estúpida. Sentí un cosquilleo en el estómago que descendió y removió mi pene, justo cuando me imaginé retirando levemente las sábanas y dejando a la vista su torso ¿desnudo?, su mano derecha, la que me había acariciado los dedos horas antes, estaba a la vista. “¿Me excitaba su cuerpo desnudo? ¿Por qué?”, rumié mientras mordisqueaba el borde del vaso. Mis dientes habían dejado ya su huella, pero insistían. Traté de recordar a Laura desnuda, pero la mente, caprichosa aquella noche, me lanzaba una y otra vez a una escena más reciente.
Nunca pude imaginar que los dos llegaríamos a estar así. Descubrí una mirada violenta, disfruté de unas pupilas electrizadas y bebí el relax con el que me abandonó.
Cuando la punta de su cuchillo me pinchó la nariz con aire juguetón, la idea de huir desapareció de mi mente.
-Tienes que masturbarme... –Susurró pinchando tres veces en la punta de mi nariz e indicándome con la mirada la situación exacta de sus genitales.
-No puedo... –Mentí.
-Sí, puedes y me lo debes –respondió-. ¿Te ayudo, loco? Piensa que nadie me ha tocado aún. Hoy necesito saber cómo es que me toquen.
Me pareció ver una lágrima en uno de sus ojos. O la inventé. Mis manos comenzaron a sudar. Las yemas de mis dedos comenzaron a frotarse en mis palmas constantemente. Mi cerebro se rindió y no encontró excusa. Y cuando embriagado por la marihuana empecé a buscar la puerta de salida, Carlos atrapó mi mano con excesiva ternura y la llevó a su entrepierna. No sé si drogado o por voluntad propia. Aún no he querido darme una respuesta. “¿Para qué?” La verdad es que no opuse resistencia. No tenía fuerzas, y por alguna razón desperté a mi curiosidad.
Fui yo el que bajé aquella cremallera y desabotoné el botón del pantalón. Usaba calzoncillos ‘slips’, blancos; de algodón. Los levante con suavidad y encontré su pene, insólitamente flácido todavía. Incluso el mío se mostraba más rígido en aquella situación. Miré a Carlos buscando una pista para continuar, pero él ya miraba al techo dejándose hacer. Se había acomodado, colocando su cuerpo casi tumbado por completo.
“¿Me creía un experto?”, cavilé cuando estaba a punto de apresarle.
Mis dedos se aferraron a la base, junto a los testículos. Sólo con el tacto de mis dedos ya tembló. Sin pausa, inicié un leve movimiento hacia arriba y abajo, con una suavidad y timidez excesiva. Su piel, arrugada, comenzó a estirarse muy despacio. Era como si aquello, por primera vez ajeno a mí, tuviera vida. Me gustaba aquella situación. Empecé a descubrir en varias ocasiones su glande, pero nunca lo vi. Únicamente sentí que la piel, retirada hacia atrás lo desarropaba y él exprimía mayor rigidez. Mis manos pidieron oprimir más, justo al tiempo que mi vaivén se aceleraba y su sangre ganaba terreno allí abajo. Latía y yo me dejaba llevar por su respiración. No creo que aún hubiera alcanzado su plenitud eréctil, pero yo decidí acelerar. Él me dejó unos segundos, pero de pronto me detuvo. Cogió mi mano con su mano y marcó un ritmo más suave, casi a cámara lenta. Placentero para ambos. Sus dedos abrazaron mis dedos mientras mis dedos abrazaban su pene. Los dos con una misma cadencia; unidos; cosidos. Subiendo al cielo, bajando al infierno, a la espera del gran final. Cada ascensión, cada descenso, martilleaba en mí provocando un cosquilleo delicioso. Sin duda, la sensación era en ambos. La tensión de su cuerpo aparecía y desaparecía al ritmo del contoneo, al compás que proponían nuestras manos. Sus dedos libres apretaban con fuerza mis sábanas. Sus ojos cerrados. Eran mis manos las que dominaban aquel cuerpo.
Con suavidad extrema, sus dedos fueron despegándose de los míos. Sentí de nuevo el hormigueo cuando me abandonaba con delicadeza. Quería ignorarlo, pero yo también estaba empalmado. Quería que él me hiciera una paja, pero no me atreví a pedirlo. Solamente continué. Abracé su pene con más fuerza, sintiendo que el pellejo acariciaba suavemente su glande. Lo hacía cada vez más rápido, vigilando como se estrangulaba su cuerpo con cada uno de mis movimientos. Aquel juego me estaba gustando. Lejos de la sexualidad de cada uno, estaba sintiendo que mis dedos regulaban su éxtasis. Lo dominaba y quería hacerlo explotar. No sabía si con su explosión llegaría la mía, pero al acelerar y ver su contracción yo también me tensé. En mis testículos algo se removió, y cuando aceleré hasta alcanzar una sacudida inaudita en mi muñeca, pude sentir que volábamos. Los espasmos quemaron mis dedos, que decidieron aferrarse más para sentir cómo se derramaba cada milímetro de placer. Eran pequeños disparos, y cada uno era un chispazo apresándome. La velocidad extrema había desaparecido en mi mano. Tan sólo mantenía un pequeño baile, arriba y abajo, mientras él disfrutaba aún de cada una de las sacudidas eléctricas de aquella explosión. Unidos, me era difícil perder el contacto. Sentí que su pene perdía la erección, y finalmente fue Carlos el que con suavidad, me desató de él.
-Lo haces muy bien –dijo mientras se acercó a una de las mesas de la habitación y cogió un pañuelo de papel para limpiarse.
-Es mi primera vez –apunté a decir.
-Y la mía...
“Y la mía”, había dicho. No estaba seguro. Caminé despacio por la habitación. Me acerqué a él. Mantenía aquel sudor seco en su piel. Me gustaba. Tenía los ojos cerrados, respiraba suave y el brazo izquierdo colgaba de la cama. Supe que ahora era él el que me debía una. Con la masturbación reciente en mi mente, quería pedírselo. La necesitaba. No sabía si quería despertarle, pero tal vez el azar, buscado o no, hizo que todo se precipitara.
La botella de plástico estaba junto a su cama, y cuando me puse de cuclillas para contemplarle de cerca, moví un pie lo justo para darle una patada a lo que sabía que estaba allí, pero no había visto. La botella cayó de pronto. La ausencia de tapón permitió que el agua se derramara, el líquido comenzó a fluir. Yo me puse de pie. Me asusté. Miré al suelo buscando la causa del alboroto. Vislumbré la botella y me lancé a ella para evitar que el derrame fuera mayor. Dos segundos después oí su voz...
-¿Qué haces, loco? –Sonó pastosa, lenta y dormida.
-Nada, perdona –respondí nervioso-. Tropecé con tu botella...
Abrió más los ojos y trató de sentarse sobre el colchón para ver mejor la escena.
-¿Y qué haces en mi cama? –Preguntó algo más despierto.
El silencio se mantuvo. Fui a por un paño húmedo, recogí el agua poco a poco, de rodillas. Miré buscando su posición. Me miraba, con los ojos cada vez menos entrecerrados, sin una mueca clara.
-Dime –insistió.
-Te miraba, lo siento –confesé.
-¿Por?
-Soñé contigo –continué sin dejar de limpiar el poco agua que ya restaba. Corrí a escurrir el paño y regresé a la escena del crimen.
-¿Qué soñaste?
-Estábamos los dos en una cárcel, desnudos. Un sueño raro –le revelé con nerviosismo.
-¿Algo erótico, loco? –dijo con tono socarrón-. ¿Había escenas sexuales?
-No.
Fui conciso y claro, pero cuando le miré sabía que no me estaba creyendo, o no quería creerme.
-¿No hacíamos nada en el sueño?
-Bueno... –recapacité- Me desperté en ese momento.
-¡Vaya! Qué pena... ¿no? –Su cara empezó a mostrar una sonrisa picarona- Y querías hacer algo, ¿verdad? Llevar tu sueño a la realidad, ¿verdad, loco?
La boca se me secó. Agaché la cabeza y por primera vez sentí pánico ante el sexo. Quería enfrentarme y quería huir. Él seguía mirándome serio, ya casi despierto. Yo seguía con el trapo en la mano, húmedo, junto a la botella, sin lograr mantenerle la mirada
-¿Verdad, loco? –Insistió.
-Tenía curiosidad...
-¿De qué?
-Quiero que me devuelvas el favor...
-¿Sólo eso? –Bromeó.
Fue entonces cuando pensé de verdad cómo sería practicar sexo con un hombre. Fue entonces cuando me planteé si quería probar aquello. Los dos nos miramos, y aunque los ojos lo decían, fue más difícil plasmarlo en palabras. Alguien tenía que hablar.
14
Tiempo de romper hilos
U |
n día desperté, y al recoger mi primer pensamiento supe que toda mi vida había cambiado en apenas unos meses. Por primera vez era consciente de ello. Tenía recuerdos e imágenes en mí que ya no devolverían mi vida a tal y como era en el pasado. No quería abandonar el rumbo ni algunos de los estados en los que me había sumergido, pero sí tomar de nuevo las riendas y decidir. Nunca quise borrar nada, únicamente lo asumí como una parte más de mi existencia en este planeta. Sin duda, ciertos hechos sí querían que viviesen escondidos en un rinconcito más oscuro. No obstante, si el deseo me lo volvía a pedir, mordería sin miedo.
Era el momento de volver a conducir. Arrancar, acelerar, frenar y aparcar siempre que yo lo decidiera. La dificultad era máxima después de tanto tiempo en coma, pero debía ser valiente.
El día que lo decidí llevaría más de medio año encerrado en aquellas instalaciones. Mi despertador digital marcaba las 8.34 de la mañana. Boca arriba, con los brazos bajo mi cabeza y los ojos abiertos como platos empecé a ver mi nueva realidad con perspectiva; conseguí abandonar mi cuerpo y hacer un recuento de todo lo que me había pasado; desde el cielo; a vista de pájaro, que es como mejor se aprecia lo que a uno le sucede. Y desde allí, por primera vez, mis ideas apuntaban con convencimiento hacia una salida. Me urgía recuperar mi día a día. Había llegado el momento de abandonar aquel nido de locos. Tomar vuelo de nuevo en solitario. Para lograrlo, sólo necesitaba saber la manera de cortar los dos hilos que me ataban con fuerza a aquel sitio. Uno, si lo cortaba, iba a herir. El otro era cuestión de cortarlo con las tijeras de la cordura.
Inicié el regreso hacia la sensatez de inmediato. Esa misma mañana. Dar de comer a mi pasotismo y hermetizarme en una burbuja velada, escondiéndome del mundo, sólo me había transportado a un encierro mayor. Esa actitud distaba mucho del “buen comportamiento” que ellos solicitaban. Tenía que ser lo que ellos consideraban unirme a la lucidez. Abrazarme con fuerza. Era la única manera de lograr la rúbrica que abría las puertas hacia la calle. Requería trabajo, excesivo para mí. Más después de tanto tiempo sometido por la apatía. Me exigiría una actitud constante. Aquella mañana de otoño lo tenía decidido. Abandonaría y regresaría a casa. Vuelta a empezar.
Era huir en cierta medida. A lo mejor. Pero al tiempo que escapaba sabía que iniciaba un enfrentamiento. La huida no sabía si deparaba un escenario mejor, pero necesitaba volver a pisar la realidad urbana sin sentir una vigía; un dominio. Iba a tener que armarme de paciencia. Me removí en la cama y volví a reafirmarme. Mi línea de pensamiento se obcecaba en ser la hormiguita que hasta la fecha nunca había sido. El hilo entonces se desharía solo...
En cambio, deshacer el otro ovillo tendría mayor complicación. Lo tenía frente a mí cada día. Había visto cómo se había forjado cada noche con motitas de polvo sentimentales. Yo sólo buscaba sexo, pero él había decidido correr más lejos. Yo sólo quería saciar un apetito que se había despertado por azar. Los orgasmos que no podía disfrutar junto a un cuerpo femenino, los había encontrado en un cuerpo masculino sin alcanzar a creérmelo del todo. No dudaba de mi heterosexualidad. O tal vez no dudaba de mi no homosexualidad. ¿Bisexual? Jamás me lo planteé. Disfruté de aquellos momentos.
Realmente, fue toda una sorpresa. Nunca imaginé que mi vida podría bucear en aquellos retozos sexuales masculinos sin que la conciencia me torturase minutos después. Una noche me encontré disfrutando de aquella nueva manera de vivir el sexo, y por alguna razón que no llegué a quererme explicar, continué bebiendo de la fuente. El único inconveniente apareció en Carlos. La noche que descubrió mi sueño los dos cruzamos la raya, y tal vez ninguno dio pie para regresar de nuevo al origen. Yo no había perdido de vista a aquella línea, pero él en cambio sabía que sí. Estaba perdido en su desierto particular. Y después de dos meses, yo ya dudaba que quisiera regresar al día antes en el que empezó todo.
En una cama. Allí empezó todo. No sabía el camino ni la manera de andarlo, ni si me iba a gustar la ruta o el mero hecho de profanarlo, pero cuando aún sujetaba la botella sin tapón él decidió darme un empujón. Puso las dos palmas de sus manos en el borde de la cama, se inclinó y de repente sus labios cayeron suavemente sobre los míos. “¿Me gustaba?”.
Fue un beso silencioso, delicioso, calmado e investigador. Sin duda, únicamente fue raro el tacto de su escasa barba sobre mis labios. El resto comenzó a convertirse en excitante y placentero. Cada segundo que pasaba, nuestros labios se buscaban y pegaban más. Él me cogió el cabello, los dos sumergimos nuestras lenguas en las bocas con calma, pero tensos, y poco a poco abandonamos aquella fase de prueba para adentrarnos sin miedo en un terreno exclusivamente impulsivo. El cerebro desapareció. Nuestras lenguas se bebieron; nuestros dientes mordían con suavidad y los labios se friccionaban sin cesar. Y sin embargo, el momento de mayor excitación me abofeteó en la pausa, cuando nos detuvimos, nos separamos unos centímetros y nos miramos. El fuego estalló, creció la llama y los dos nos lanzamos el uno contra el otro como suicidas. La piel se fundió y extraña y dificultosamente conectamos el uno con el otro hasta que desgañitado entre sudores, grité lo que dictaba el final de aquella segunda escena.Tardé en descubrir de la vida de Carlos. Aquella primera noche sólo me dejé llevar, tanto, que diez minutos después, los dos desnudos, mientras él bailaba con mi pene, y cuando yo aún estaba retorciéndome sobre la cama, explotó lo que llevaba meses dentro de mí. No ocurrió más aquella noche. Nos abrazamos, piel con piel, mirándonos, sin decir una sola palabra, sin pensar, y nos dormimos.
Carlos era albañil. Lo fue en una vida pasada. Me lo contó la noche siguiente, la que él bautizó como la noche de la virginidad. Así fue. Incluso yo sentí perderla de nuevo. Sentí que mi pene, al lograr introducirse en él al quinto o sexto intento recogía otra medalla como desvirgador. La tercera.
Carlos tenía 28 años y me aseguró que jamás había estado con nadie, ni con un hombre ni con una mujer. Le creí. Además, me permitió ser el líder de aquella expedición amorosa, lo que agradecí. No sabía si estaba preparado para acoger su placer. De hecho, era el único papel que deseaba tener en aquel terreno homosexual. Me sentía igual de inexperto en ambos campos, pero dirigir el concierto con la batuta no me asustaba.
Carlos llevaba año y medio en el centro psiquiátrico. Tenía brotes sicóticos y esquizofrenia, me reveló. Un día en la obra perdió los papeles, y atacado por los nervios arrojó dos cubos de cemento a dos compañeros. Y a un tercero, que vino a increparle, le tiró de un quinto piso con sólo un empujón. Murió en el acto. Me confesó todo esto al segundo mes bajo un ambiente embriagador, sustentado por la marihuana. También añadió que él no recordaba nada de aquello.
Carlos apenas se relacionaba con dos personas más en todo el centro. Uno era su médico particular. El otro era Mateo, su mejor amigo y su supuesto contrabandista. Éste era el que le pasaba la marihuana y otros utensilios a través de un contacto secreto. No me dijo más. Le pregunté si era posible conseguir alcohol. Carlos sólo negó y me besó. Yo le mimé, le besé más y le pedí si era posible que yo lo intentara pidiéndoselo directamente a Mateo. Sin embargo, en ese instante se separó de mí, cambió el rostro y negó con mayor rotundidad.
-En la puta vida hables a Mateo de nada de esto –advirtió con excesiva seriedad-. La marihuana no existe, ¿entiendes?
-Perfectamente –respondí confuso.
Él se acercó despacio y me besó, tal vez arrepentido por la refriega verbal. Traté de volver a hacer una pregunta, pero entonces él levantó su dedo índice y me lo puso suavemente en los labios. Me agarró la mirada con la suya, me la hirvió y negó levemente con las pupilas. Sentí demasiado miedo, pero no hice nada. Sólo permanecí quieto. Vislumbré un nuevo gesto en Carlos. Cambiaba su rostro por completo. La pasión seguía, pero tras ella podía verse claramente un brillo distinto. Nunca más volví a preguntar.
Siempre creí que el lado masculino era distinto. Que si había surgido la homosexualidad en este planeta meramente era para liberarse sexualmente. Había creído que esa opción sexual venía motivada por la mojigatez femenina. El hombre buscaba en el otro hombre el sexo rápido y directo, y sin complicaciones, que negaban tantas mujeres. Tenía claro que dos hombres no buscaban amor. No lo entendía así. Me parecía imposible.
Hoy sí veo que existe esa posibilidad. Comencé a advertirla la noche que Carlos comenzó a besarme de forma distinta. Sus besos habían cambiado. Ya no eran únicamente pasionales. Incluso sus caricias. De pronto empezaron a multiplicarse los mimos después del acto. Poco a poco me incomodaban, cada vez más. Me alimentaban la ira y empujaban con rabia a levantarme de la cama e irme a la mía. Nunca lo hice. Ni siquiera cuando me susurraba frases vacías que él llenaba de piropos emocionales sobre el maravilloso momento que atravesaba su vida gracias a mí. Su voz era más suave y sedosa. Sonreía por nada. Pronunciaba palabras que no había oído en la vida, y las lanzaba, creía yo que con malicia, para clavármelas en el corazón con excesiva dulzura. Sé que quería despertar mi lado más tierno, pero no sentía nada. Estando los dos desnudos, viviendo aquel momento, me sacudió un frío y eterno escalofrío. Me recorrió todo el cuerpo y percibí que mi estómago se retorcía. Los testículos se me encogieron y tuve ganas de orinar. Me apresaron las nauseas. Las rodillas me temblaron y supe que era miedo. El hilo ya era una soga. Y continuar con aquella farsa sexual, cercada por el amor, iba a alimentar el grosor de aquella cuerda. Y romperlo en ese instante, a demasiados meses de abandonar aquel centro, suponía un elevado riesgo. No lo quería afrontar. Mi vida desembocaría en un escenario que no quería pisar ni vivir. Los focos me quemarían y el público me abuchearía y no descartaba que el mobiliario cayera sobre lo que iba a ser mi cadáver. Y al tiempo sabía que, dejarlo engordar y luego huir no era la solución. Aquella noche callé. Y la siguiente. Y muchas más. Era mi sino. Sin embargo, Carlos decidió dar un paso de gigante en nuestra historia.
“Y cena con velitas para dos” cantó en cuanto abrí la puerta de la habitación. Yo había pasado el día entero en la biblioteca, ese espacio que él desconocía y a mí me liberaba. Tenía que reconocer que cada día huía más de él. La biblioteca se había convertido en mi soledad. Y con todo, mi distanciamiento no eludía el sexo nocturno. De hecho, sólo era a esas horas cuando manteníamos relaciones. Rara vez había ocurrido a lo largo del día. Y nunca fuera de nuestro cuarto. Nadie sabía de nuestra aproximación y contacto corporal. O eso creía yo.
Me sorprendí. Yo escondía un libro entre mis manos. Carlos lo ignoró. Él, hijo único, con padres separados y olvidados por ambas partes, sin tener terminada la que una vez llamaban ‘EGB’, no veía en las letras de los libros utilidad alguna. Mientras hubiera películas, la lectura podría seguir esperando dormida y cerrada entre dos tapas duras. Yo en cambio me había vuelto un adicto a la fuerza. La escena era preciosa. El libro se me cayó de las manos. El golpe en el suelo fue seco. Abrí los ojos como platos. Examiné la escena de nuevo, sonreí nervioso y vi cómo Carlos se acercaba feliz. No sé cómo, pero había conseguido velas y fuego. Inaudito. Los platos, vasos y cubiertos eran de plástico. El menú exquisito. Había gulas al ajillo, jamón ibérico, paté con tostadas, queso cortado en cuñas y seis langostinos para cada uno. Grandes y deliciosos. Y junto a todo aquello, lo que me disparó más aún la mirada: Vino. Una botella parpadeaba en el centro de la mesa al vaivén de la llama...
15
La verdad duele
S |
ólo pude balbucear. Me agarroté, como un tonto con los ojos abiertos sin apenas pestañear. Balbuceé de nuevo, pero no conseguí decir nada. Carlos dio un paso más y se situó a un escaso palmo de mí. Me cogió la mano y dejó volar sus labios hasta los míos. Seguí inmóvil. Me sujetó las dos manos con suavidad y me guió lentamente. Cuando quise arrojar mis primeras palabras ya estaba sentado sobre la silla, mirando a la ventana. Carlos estaba enfrente, sonriente, sumido en su plena satisfacción. Al observarle, daba la sensación de no tener problema alguno en la mente. Sólo disfrutaba de ese instante. Su felicidad plena estaba en aquella mesa.
No sé de dónde, pero alcanzó dos copas enormes de cristal.
-Debo devolverlas intactas –señaló sin desdibujar su sonrisa.
-¿A qué se debe? –Acerté a preguntar al fin, mientras Carlos me cedía una copa y vertía el vino dentro.
-A nosotros –respondió-. ¿No te parece suficiente?
Hundí la cabeza. Zambullí mi nariz en la copa de vino y me concentré en la mezcla de aromas que embriagaban mi olfato. Él elevó la copa y la inclinó suavemente hacia mí. Su mirada ardía. Brillaba en aquel ambiente tenue más que ninguna de las dos velas. Agarré la copa con más fuerza y golpeé la suya dócilmente. Después la acerqué de nuevo a mí, sintiendo como el borde del cristal se posaba en la base de mi nariz. Leí la etiqueta de la botella: 'Ramón Bilbao'. Su aroma me avivó el ansia de beber, y cuando lo hice, el paladar enloqueció de felicidad. “¿Por qué tragar?”, vacilé. Posé la copa en el mantel anaranjado de papel. El vino, finalmente, desfiló por mi garganta. El éxtasis me conquistó, y de repente sentí el calor de sus manos sobre las mías.
-Está delicioso –dije con la voz temblorosa y colocando torpemente la servilleta de papel fuera del plato, a mi izquierda, logrando así separar nuestras manos.
-Lo sé –afirmó-. Tan delicioso como tú.
Aquel vómito de palabras me dio nauseas. Me asustó. Agaché aún más la cabeza, sostuve el silencio y bebí de nuevo con media sonrisa. Sin mediar más palabras, los dos comenzamos a despellejar los langostinos. Él sé que se detuvo y me miró. Me observaba; me analizaba; me estudiaba con detalle. Yo decidí evitar sus ojos. Ignorarlos y concentrarme en quitar las últimas cáscaras que se apegaban con fuerza a la piel del langostino. “¿Cómo había llegado a esa maldita escena?”, me pregunté mientras masticaba y bebía y veía que me miraba.
-Exquisito –mascullé- ¿Cómo lo has conseguido?
-Es secreto... –Respondió infantil- Como tú y yo.
-¿Mateo?
-¡Sshh...! –Mantuvo un silencio y tomó mi mano derecha, que casualmente estaba libre de actividad-. Disfrutemos de este momento. No preguntes, disfruta.
El tono de voz me tranquilizó. Él se alzó y sin esfuerzo llegó con sorprendente facilidad a mis labios.
Después del beso la cena fue rápida. Excesivamente silenciosa para mi gusto. Creo que él la disfrutaba únicamente con cada uno de mis gestos; con los obligados encuentros visuales. Entre los dos y sobre la mesa seguía firme la botella, que se aclaró también con excesiva velocidad. Cuando sostenía la última copa, mis párpados barrían mis ojos con elevada frecuencia. Mis manos limpiaban mi cara buscando la nitidez. Carlos en cambio mantenía los ojos abiertos, acechándome con la misma firmeza. En ese instante no quedaba nada en la mesa. Nos habíamos saturado con todos los alimentos, acompañados por escuetas conversaciones vacías. Un diálogo repleto de anécdotas sin importancia y recuerdos del día y un pasado cercano. Siempre sin que nuestras palabras nos transportaran fuera de aquel recinto. Él evitaba escupir palabras que llevaran a su cerebro a crear imágenes suyas fuera del centro.
-¿Postre? –Me sorprendió con la copa columpiándose en mis labios.
-¿Cuál? –Indagué alzando la mirada y las cejas, y sin separar un ápice la copa de mi boca.
-¿Lo dudas? –Jugó.
Se me atragantó el vino. No quería sexo. Lo tenía claro. Iba a evitarlo. Estaba envalentonado y quería aprovecharlo. Poco a poco, con los dedos temblorosos posé la copa en el mantel. “No me apetecía sexo”, volví a repetirme mientras me lamía los labios y trataba de sostener su mirada. Seguía candente. Esperaba una respuesta que llevara palabras. Pero tardó en llegar.
El sexo con estos preliminares era ‘hacer el amor’. Hacerlo estaba muy lejos de mis intenciones. Menos cuando en mi cabeza azotaba firme el martillo de la ruptura. Dolería, pero debía arrojarle la verdad. Sin duda, aceptar sexo aquella noche era aceptar su juego; su amor; nuestra relación.
-Entonces, ¿Quieres postre? –Insistió.
Tragué saliva, entrecerré la mirada y me concentré en sus ojos. Repentinamente me puse de pie.
-Necesito ir al baño.
Él cambió la mirada, pero no la movió un ápice de mis ojos. Yo sonreí e hice algo que no entraba en mis planes. Lo hice porque creía que era la única llave para salir del aquel romántico escenario. Me incliné, le cogí la mano y le besé con ternura.
-Ahora vuelvo –suspiré.
-Te espero.
Cuando dijo esas palabras ya me había liberado y caminaba hacia los baños del centro. Por primera vez recorrería aquellos pasillos en estado etílico. Todo era extraño. Demasiado difícil de comprender. Tenía que apostillar un plan en apenas dos minutos.
Nunca supe el orden de sus planes. A veces uno planea, otras veces las cosas surgen y en ocasiones le cogen por completa sorpresa. Siempre creí que Carlos había organizado la cena mucho antes de que descubriera que yo tenía firmes intenciones de abandonar el centro. ¿Me equivoqué? ¿Era un puñetero órdago? La noche me había sumido en un maldito bucle con la locura como única salida.
Sí sabía que Carlos no quería abandonar el centro, de manera que enterarse de mi mejoría, incluida la posible cura mental, en absoluto irrumpía en sus proyectos de futuro, ni a largo ni a corto plazo. Para él, aquello era como si nuestras vidas se hubieran parado en el tiempo y tuvieran predestinado morir allí. Él no quería salir de allí porque allí era feliz, libre y valiente. Afuera, sin lugar a dudas, era un preso del miedo. Y enseguida, una irremediable tristeza le devoraría y obligaría a dejarse devorar por la demencia.
Cuando abrí la puerta de la habitación él no había modificado en exceso su posición. Uno de los postres lo acerté. En cuanto me acerqué a la mesa me lo hizo saber al oído mientras me supervisaba su mirada más picarona. El otro no lo adiviné pero lo descubrí sobre su mano derecha, descansando en pequeñitas hojitas verdes. A su izquierda, el papel, la boquilla, un mechero y su nueva navajita plegable con un mango de madera, mucho más útil y fácil de ocultar. Bebí un trago de vino en cuanto mi culo recuperó la silla. Era el último sorbo. Se acabó. “Necesitaba un whisky”, deseé.
-Tenías que haber conseguido un licor, un whisky... –solté nervioso.
-Relájate, loco, ahora fumamos, nos relajamos, y luego nos damos el chupito de adrenalina que necesitamos. Con más alcohol te me dormirías...
Contemplé a Carlos. Liaba un perfecto canuto mientras el eco de aquel mote seguía resonando en mi cabeza. Hacía mucho que no me llamaba ‘loco’. Sonreí. En ese instante, las velas casi derretidas sirvieron para encender el porro. Lo romántico desapareció de un bofetón. Yo permanecía risueño. Carlos no follaba hasta que no terminaba el canuto por completo. “Tenía tiempo”, creí.
Sus caladas me daban silencio para pensar. El porro se coló entre mis dedos, fumé, me mareé y volví a fumar. Lo estaba disfrutando. Se lo devolví. Me dijo algo que apenas escuché y decidí que no podía pensar tanto, que tenía que actuar. Si bien, todo se precipitó. La palabra que quería detener el inminente acontecimiento sólo resonó en mi interior cuando sus labios mordieron los míos y sus manos se posaron en mi trasero.
"¿Me estaba convirtiendo en un verdadero experto en tener que decir adiós?" Mi vida sobrevivía escalando a la cima de pequeñas emociones sentimentales, que después yo derrumbaba de alguna manera. Mi vida sentimental cojeaba y no encontraba el bastón adecuado. Todo el que había utilizado hasta ahora lo había partido en dos. Una vez más, iba a suceder.
Sin embargo, de todas mis rupturas, ésta sería la más sincera. Al menos por mi parte. Yo tenía que dar el paso. En otras quizá hubiera sido también el culpable del roto, pero nunca tuve la voluntad de romper el lazo. Allí, en cambio, sí. Necesitaba convertirme en el autor de la herida. Anhelaba ser el dueño de la frase: “Se acabó”. No quería construir una falsa relación prefabricada sobre una enorme base de mentira. Sentimientos de mentira y verdad enfrentados sin saberlo. Era una bomba de goma dos alimentándose constantemente.
Iba a enseñar mis cartas cuando Carlos se puso de pie. Retiró la silla, apagó el porro sobre el plato y sopló una de las velas para matar su llama. Se pegó a mi lado. Me giró el cuello y levantó mi cabeza para que los dos nos miráramos. Me mantuve sentado en la silla mirándole. Tuve ganas de llorar, de que algo me hiciera desaparecer, pero nada de eso ocurrió. Nos separaba medio palmo. Yo seguía haciendo trampas con mis cartas boca abajo. En esta ocasión no podía hacer creer que tenía una mejor jugada y esperar que el contrincante se retirara. Él no iba a retirarse. No podía vivir aquel amor con todos los ingredientes que conllevaba y esperar a decirle adiós el día que las maletas me empujaran a la cordura. Era injusto.
Actué. Alcé las cejas, levanté mi cuerpo y mis brazos muertos se hicieron con un poco de fuerza. Mis dedos apretaron sus hombros. Sus ojos achispados por algo distinto al alcohol se sorprendieron. Él posó sus manos en mi trasero y me besó cuando mi primera palabra iba a tocarle los labios. Tuve que pedirle una pausa retirándole dócilmente. Posé mis manos bajo sus orejas y le pedí que me mirará sin decirle una sola palabra. Lo hizo. En un primer instante dibujó media sonrisa. Luego torcería el gesto.
“Era mi momento”, me repetí. “¡Dilo!”.
Quería hablar mirándole pero no podía mantener su mirada. Me dolía, y él lo notaba. Los latidos de mi corazón tronaban en la habitación. Mi respiración volaba incómoda en las idas y venidas, y me ahogaba. Me asfixiaba de miedo. “¿Por qué? Pánico de una relación, ¡qué absurdo!”, pensé.
-¿Qué pasa, Sergio? –Se adelantó sobrio.
Reí al oír su voz. Me balanceé, caí de nuevo en la silla y reí a carcajadas. La maría parecía aturdirme, y pensar que iba a tener que pedirle a un hombre que dejara de besarme me resultó demasiado gracioso. Mi cuerpo de pronto se acuclilló en el suelo. No podía parar de reír. Levanté los párpados y me di cuenta que me encontraba a la altura de su pene. Me visualicé comiéndole la polla y la risa estalló de nuevo dentro de mí.
-Sergio –dijo.
Los ojos se me cerraron solos y mi boca mostraba su posición más amplia mientras lanzaba constantes carcajadas imposibles de parar. La potencia se multiplicó y entonces tuve que abrazarme el estómago.
-¡Sergio! –Gritó.
Tardé segundos en percibir sus palabras posteriores. Lo hice cuando él, rabioso, me cogió del pelo con una mano y de la axila con la otra para ponerme de pie. Yo tenía lágrimas en los ojos, la piel del rostro rojiza y los labios aún ebrios de felicidad. Mi respiración continuaba acelerada. Él seguía con el gesto agrio. Necesité un pequeño lapso de tiempo para reparar en su estado, pero cuando nos volvimos a mirar, yo descubrí que él también lloraba.
-He dicho que tengo que decirte que nunca te vas a ir de aquí. Eso era lo que celebrábamos hoy. Me enteré la semana pasada. Quieres irte, pero no podemos. Quería que supieras que eso es imposible –recitó de memoria retirándose las lágrimas con su mano derecha.
Mi cuerpo tembló. Fue un bofetón inesperado. Me debilitó totalmente. De hecho, no podía digerir las palabras que me estaban mordiendo el estómago. Cada letra era una maldita piraña hambrienta comiéndome por dentro. ¿Dónde estaban mis fuerzas?
-Lo siento, Sergio, pero estate tranquilo, tengo contactos y aquí viviremos bien. Sabes que no podemos vivir fuera de aquí. No soy capaz...
-¿Qué dices? –Le empujé y conseguí separarme unos pasos. No quería sentir su contacto.
-Sí, sé que querías que iniciáramos una vida juntos afuera, en la calle, pero mi vida, la nuestra estará aquí siempre. Conseguiré todo lo que deseas, ¿no lo has visto? –Señaló a la mesa y volvió a retirarse más lágrimas-. No necesitamos irnos fuera, yo...
-¡Cállate! –chillé enajenado-. ¡No tienes ni puta idea! ¡Estás loco!
-Y tú, cariño. Los dos lo estamos. Locos, enamorados. Juntos viviremos nuestro particular...
-¡Cállate, Carlos! ¡Cállate ahora mismo, por favor! Tú y yo no somos nada juntos, ¿entiendes?
El rostro de Carlos enmudeció por primera vez. ¿Encontré la formula? Los nervios me dominaban. La enajenación dominaba mis actos, mis palabras. Sentí ganas de huir. Saltar por la ventana, correr y atravesar todo el jardín, trepar la valla y correr hasta no tener una gota de fuerza; hasta caer exhausto; muerto. Alguien tenía que sacarme de allí.
Aquella noche supe que mi cordura estaba más presente que nunca.
-¡Me voy! –Me liberé pero sin dar un paso.
-¿Adónde? –Preguntó de inmediato- No puedes irte, cariño. Estás borracho. Estamos aquí para siempre. Tenemos que hacer el amor, terminar nuestra cena. ¡Bésame! –Dio un paso hacia mí- Que más da allí fuera que aquí. El amor no entiende de escenarios. Es nuestro amor, nuestro mundo...
Temblaba. Seguía petrificado. No estaba escuchando aquellas palabras. ¿O sí? A dos pasos, lo suficientemente lejos de él y no me sentía cómodo ni seguro todavía. El paladar se me estaba secando y me faltaban fuerzas para escapar de aquella habitación.
-No te puedes ir, aún tenemos que celebrar que nos queremos... –Continuó.
Fue aquella frase la que detonó mi paciencia, e hiriente y sin pensarlo dos veces descargué mi verdad sobre él.
-Carlos, yo no te quiero. Lo siento, pero no te quiero hoy, nunca te quise y nunca te querré.
Sus últimas palabras aún resuenan en mis sueños.
-Siempre estarás conmigo.
16
Mordiendo mi propia pesadilla
T |
odo lo recuerdo como un sueño. Años después, incluso, me aseguraba que todo lo que ocurrió aquella noche fue un puñetero sueño. Una pesadilla que trato de olvidar, y que sin embargo, me es imposible. Cuando desnudo, en la ducha, el agua cae sobre mi piel, siento escalofríos al notar que las gotas acarician la cicatriz que me dejó su navaja. Muero de dolor, sicótico tal vez, si la esponja roza la herida. Es una pequeña línea de cinco centímetros que yace en mi espalda. Parece que bajo mi piel hubiera excavado un pequeño topo. Aquella noche me bebí mi propia medicina.
La desesperación la entiendo. Ver que la persona que más quieres huye. Ver que no tiene palabras. En muchas ocasiones, no hay frases precisas, ni sentimientos que puedan evitar su marcha. Tampoco hay tiempo para hechos que logren convencer a la pareja a no abandonar el nido. En ese instante, el ser humano suele retroceder a una remota prehistoria y desenfundar el animal que lleva dentro. Y es el hombre en la mayoría de las ocasiones. Cegado por el amor, y con el cerebro completamente desenchufado, la violencia se hace fuerte en él y eyacula con rabia como último intento de retención. Cada golpe, patada o puñetazo, cada cuchillada, cada bofetada, cada gesto de odio, engorda aún más el adiós definitivo. El final.
Mis lágrimas escupieron por el miedo. También por el fuerte dolor que me pellizcaba en la espalda con cada uno de mis resoplidos inquietos. De rodillas, frente a la puerta, y con mi mano derecha soltándose del pomo por falta de fuerzas y dirigiéndose a tapar mis ojos y frente, creía morirme. Fruncía el ceño, apretaba la mandíbula, y por enésima vez en mi joven vida rogaba a Dios que me ayudara. Deseaba desaparecer, pero nadie actuó y emprendí un corto camino por la primera tortura de mi vida.
Tal vez sólo fueron cinco minutos, pero yo creí que aquello era la eternidad. Sin duda. Esencialmente, cuando volví a tropezar con su mirada y sus labios sangrientos tocaron los míos. La eternidad era dueña y señora de aquella escena. No veía el final por mucho que pensara en él y lo imaginara. Recuerdo que me oriné encima preso del pánico, y que vomite poco después de que sus labios volvieran a tomar una leve distancia. El pánico me mordió con ira y me contagió con su veneno cuando vi que él ni siquiera pestañeó durante mi vómito. Sonrió y me acarició la cabeza. En ese momento tuve la certeza de que jamás daría un paso más en mi vida fuera de aquella habitación.
Antes, el ardiente metal se había avivado dentro de mí. Había jugueteado dentro de mí. Fueron segundos, pero los recuerdo con tan sumo detalle que me asusta. Cuando llegó el momento de abandonar mi piel, él lo hizo con suavidad. Tuve el recuerdo de una penetración sexual. Como si él retirara su pene del interior de mí, justo después de eyacular. La sacó con cuidada calma, sintiendo cada uno de los milímetros de la piel que había usurpado, y siempre a idéntico ritmo lento hasta conseguir la liberación. Acto seguido, mi espalda escupió sangre, y su brazo sin arma se posó en mi hombro.
-Aún queda el postre –musitó girándome la cabeza desde la barbilla-. ¿Te lo quieres perder?
-Aún queda el postre –musitó girándome la cabeza desde la barbilla-. ¿Te lo quieres perder?
Mi corazón continuaba a un ritmo vertiginoso. Deprisa, asustado por la herida abierta en su castillo de piel. Traté de levantar la mano para aferrarme de nuevo al pomo de la puerta. También quise gritar, pero me sentía afónico. Seco y sin fuerzas. La espalda me aguijoneó cuando mi codo superó la altura de mi cuello. Carlos optó por voltearme, sin mimos ni cuidado. De nuevo mis ojos se enfrentaron a la mesa de la cena, a él, a nuestras camas, a derecha e izquierda, y al jardín invisible que imaginaba ver a través de la oscura ventana. Lo sentía apacible, durmiendo bajo un cielo ligeramente estrellado en aquella noche sombría. La luna torcida y escuálida y el cinturón de Orión eran las únicas luces protagonistas allí arriba. Y yo las quería ver. Abandonar aquel cuarto y sentir la humedad y el frío del jardín en la soledad. Sin embargo, mi futuro inmediato real iba a ser muy distinto. Estaba a punto de ser besado y apenas lograba sostenerme de rodillas.
Cada segundo, más húmedo. La sangre mojaba ya mis pantalones y hacía gotear mi camiseta. Carlos sujetaba el cuchillo con su mano derecha, con la mirada vacía, pero fija en mis ojos. Lentamente se acercó la navaja a los labios. El filo se posó en sus labios y mi sangre se empapó con suavidad por toda su sonrisa.
-Tú y yo hace tiempo que somos lo mismo y no lo sabes. Debería habértelo dicho...
-Ayúdame –rogué sin apenas vocalizar-, me muero, Carlos.
-Ayúdame –rogué sin apenas vocalizar-, me muero, Carlos.
Me sentí estúpido soltando aquellas palabras, pero eran ciertas. Él no me escuchó. Saboreó un poco más mi sangre de la navaja y prosiguió.
-Nuestra sangre, en cierto modo, es la misma. Cuando uno está enamorado ambas se funden. Son distintas pero tienen algo en común. Estamos unidos aunque no quieras asumirlo.- Se arrodilló y quedó a la altura de mis ojos- Tú te mueres cada día, y no por la herida de esta noche, cariño.
-¡Estás loco! –solté histérico y afónico.
-Nuestra sangre, en cierto modo, es la misma. Cuando uno está enamorado ambas se funden. Son distintas pero tienen algo en común. Estamos unidos aunque no quieras asumirlo.- Se arrodilló y quedó a la altura de mis ojos- Tú te mueres cada día, y no por la herida de esta noche, cariño.
-¡Estás loco! –solté histérico y afónico.
-Yo, y tú. Los dos lo estamos. Y vamos a morir juntos. Es nuestra única salida. Es la única solución. Debes aceptarlo. Enamorado y haciendo el amor se camina mejor hacia la muerte. –Quedó a un palmo de mí sin que yo pudiera evitarlo y concluyó- Yo te quiero, Sergio, y tú deberías aprender a quererme porque siempre estarás conmigo.
Con los puños cerrados, sin moverme para evitar las punzadas de la herida, él completo la pequeña distancia que restaba entre ambos y posó sus labios sangrientos en los míos.
Nunca supe si iba a morir desangrado o de la mano directa de Carlos, al que imaginaba retomando la violencia y convirtiéndome en un colador humano. No dudaba que sí él me mataba moriría conmigo. En cambio, sí dudaba qué ocurriría si moría desangrado allí en la habitación o de camino al hospital.
Quería saber el final de aquello, y sin embargo, no tengo recuerdos. Me es imposible relatarlo. Sí me alivia saber que, matemáticamente, Carlos no pudo violarme. Sí sé que después del beso él quería que hiciéramos el amor. No le importaba mi agónica situación. Tras vomitar, él sonrió, me limpió la barbilla y cogió mi débil mano izquierda. Él ya se había desabrochado los botones del pantalón. Sentí su pene erecto bajo los calzoncillos. La escena comenzó a nublárseme. No tenía fuerza en ninguna parte del cuerpo. El sueño me estrangulaba. Los párpados se me hundían constantemente. Quería tumbarme y dormir. Y ni siquiera así me iba a sentir descansado. Carlos seguía a la misma distancia, si bien, yo comenzaba a verle cada vez más lejos; se alejaba y se emborronaba. Mi mano sí seguía allí tratando de masturbar. Muerta, pegada a mi brazo, que se alargaba a mis ojos como si se tratara de plastilina. Su erección continuaba. Él me guiaba... Pero de pronto, mis ojos huyeron, mi cuerpo fue derrumbándose hacia atrás y desparecí de allí.
Quería saber el final de aquello, y sin embargo, no tengo recuerdos. Me es imposible relatarlo. Sí me alivia saber que, matemáticamente, Carlos no pudo violarme. Sí sé que después del beso él quería que hiciéramos el amor. No le importaba mi agónica situación. Tras vomitar, él sonrió, me limpió la barbilla y cogió mi débil mano izquierda. Él ya se había desabrochado los botones del pantalón. Sentí su pene erecto bajo los calzoncillos. La escena comenzó a nublárseme. No tenía fuerza en ninguna parte del cuerpo. El sueño me estrangulaba. Los párpados se me hundían constantemente. Quería tumbarme y dormir. Y ni siquiera así me iba a sentir descansado. Carlos seguía a la misma distancia, si bien, yo comenzaba a verle cada vez más lejos; se alejaba y se emborronaba. Mi mano sí seguía allí tratando de masturbar. Muerta, pegada a mi brazo, que se alargaba a mis ojos como si se tratara de plastilina. Su erección continuaba. Él me guiaba... Pero de pronto, mis ojos huyeron, mi cuerpo fue derrumbándose hacia atrás y desparecí de allí.
Son varias las versiones de mi final. Como una serie de televisión. No sé si aún hoy he escogido alguno. Extrañamente, me gusta la que cuenta que Carlos salió gritando de mi cuarto, me cogió por los tobillos y me arrastró desde la habitación hasta el final del pasillo de las habitaciones dejando tras de sí un desigual riachuelo de sangre. Diez minutos después estaba en la enfermería y media hora más tarde en el hospital. Sin embargo, no puedo creerme la primera parte de la historia.
La segunda versión es similar, pero más verosímil porque mi cuerpo no se movió del cuarto. Otra persona añadió que Carlos trató de suicidarse cuando lo separaron de mí. Hubo demasiados bulos. Incluso llegó a decirse que los dos habíamos aparecido muertos en la habitación y que el centro lo ocultaba. Era fácil apoyarse en esa teoría. Yo sólo regresé a firmar unos documentos y para recoger algunas de mis cosas. Mis padres habían solicitado el alta voluntaria. Sólo necesitaría una entrevista semanal hasta el alta definitiva. De Carlos no supe nada hasta un mes después.
Tenía la boca seca cuando desperté en el hospital. Estaba desorientado, asustado. La presencia de mi madre, seria, llorosa y triste no me relajaba. Al ver mis pupilas en movimiento, ella se acercó apresuradamente. Olí su peculiar e inconfundible perfume francés mezclado con el aroma de su maquillaje. Rompió a llorar cuando se sentó sobre la cama, posó su mano sobre la mía y me besó en la mejilla. Sentí que con la otra mano me tocaba las piernas. Me alivié.
-¡Te quiero, hijo! ¡Vaya susto nos has dado!
Mantuve el abrazo que de improviso tenía encima, quieto, tratando de recordar y volviendo a sentir cada una de las partes y funciones de mi organismo. Quise tocarme la cara. Lo conseguí cuando ella volvió a separarse. Tenía barba, pero poco más que la noche de la cena. Volví a observar a mi madre. Se secaba las lágrimas. Me miraba.
-¿Papá? –Pregunté.
-Trabajando.
-¿Qué hora es?
-¿Qué hora es?
-Las diez, de la mañana... –Puntualizó.
-Y... ¿Llevo muchos días...?
Se separó de mí y fue a buscar una silla. La puso al lado de la cama. Esta vez no me cogió la mano. Mantuvo la distancia. Se quedó sentada a medio metro, mirándome, con sus manos anilladas sobre las rodillas.
-Llevamos toda la noche contigo. ¡Qué susto nos has dado! Papá tuvo que irse temprano, ya sabes, trabajo.
-Llevamos toda la noche contigo. ¡Qué susto nos has dado! Papá tuvo que irse temprano, ya sabes, trabajo.
-Lo sé.
Llegó el silencio. Tenía tiempo para pensar, pero no lo hice. Los dos examinamos la habitación. Yo por primera vez, ella por enésima vez. Después volvimos a mirarnos. Me sonrió, yo dibujé una leve mueca de resignación y bajé la cabeza.
-Todo esto es culpa mía –irrumpió de pronto.
-Déjalo, mamá. ¿Se puede poner la tele?
-Nunca debí darte nada, nunca debimos... Papá se empeñó.
-¡Déjalo! –Me enfadé- Sólo ha sido un susto, tú lo has dicho, ¿no? Miremos hacia delante.
Decidí ponerme a buscar la forma de encender la tele. Necesitaba una tercera voz que rompiera el silencio que vivía bajo nuestra conversación.
-No, cariño, no lo dejo. Hemos hecho lo que en cierta manera tantas veces te echamos en cara.
-No, cariño, no lo dejo. Hemos hecho lo que en cierta manera tantas veces te echamos en cara.
Detuve mi búsqueda y la miré de nuevo. Giré el cuello y sostuve mis ojos en el punto exacto en el que habían nacido aquellas estúpidas palabras. No podía creer lo que oía. Sí de papá, pero jamás de ella. Y escupía aquellas sandeces sin mover un músculo de su cuerpo.
-No te castigues, mamá –Quise zanjar
-Sí, me castigo, y tú deberías hacerlo también. Quizá así nos ayudarías a todos a enderezar nuestras vidas.
-¿Castigarme? ¿Yo? ¿Lo dices por lo de Jon? ¡No fastidies, madre!
-Pues sí, por lo de Jon –replicó sin alzar la voz.
-Lo de Jon no tiene nada que ver con esta puta mierda. Fue un puto accidente, ¿entiendes, mamá? Os lo he dicho a papá y a ti miles de veces. Igual no lo queréis entender, pero eso no es mi problema, ¿vale? ¡Superarlo ya, coño!
La explosión de mis palabras dejó una calma absoluta. Fue una bofetada del revés inesperada para ella. Sabía que aquella era la voz de mi madre, pero sin duda, las palabras tenían la firma de mi padre. Ella reanudó una leve llorera que se secó con un pañuelo de seda beige. Yo giré la cabeza hacia el otro lado. Oí que se levantaba. Creí que se marcharía. Erré. Oí los pasos. Vi la sombra. La vi a ella y vi que me tendía una hoja sobre las sábanas. Era sobre mi estado de salud. La pesadilla aún quería darme un último mordisco.
